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Profesionales ... ¿de verdad necesitáis el coaching?

La eficacia del proceso de coaching depende de la formación y habilidades del entrenador, por eso es imprescindible valorar su impacto negativo.

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Para muchos el coaching puede parecer una sencilla conversación. Para otros este diálogo es un difícil trabajo de contextualización que trata de interconectar la trayectoria laboral del directivo, la organización y el negocio (y también su vida personal, familiar y social) para desarrollar capacidades y aumentar la eficacia en determinados ámbitos. La clave está en determinar cuándo será realmente eficaz.

Está claro que, en un entorno tan competitivo como el que nos rodea, muchas veces es necesaria una sutil orientación que nos ayude a sacar lo mejor de nosotros mismos, a aprovechar nuestro potencial. Ésa es precisamente la esencia del coaching: ayudar a otros a alcanzar sus metas. Cada coach es un entrenador personal. No sólo acompaña, sino que trabaja al mismo tiempo que el empresario para observar su ‘juego’, escuchándole y definiendo metas concretas, ayudándole a poner en marcha acciones que mejoren su rendimiento y el de la empresa.

Como indica la International Coach Federation, que tiene su sede española en Barcelona, el coaching es "una relación profesional continuada que ayuda a obtener resultados extraordinarios en la vida, profesión, empresa o negocios de las personas. Mediante el proceso, el cliente profundiza en su conocimiento, aumenta su rendimiento y mejora su calidad de vida".

Eso mismo explica María García, coach internacional de altos directivos y socia del área de Consultoría de la empresa de búsqueda de directivos Seeliger y Conde. Para ella "el coach no es un consejero, ni un consultor, ni un psicólogo. Es alguien que asiste al individuo o a los equipos para que logren sus compromisos". Insiste en que "más allá de una moda pasajera, el coaching ha demostrado su utilidad para el desarrollo de las personas y las organizaciones y, por ello, se ha instalado en las empresas para quedarse".

Y aunque el coste del coaching (hasta 14.000 euros por seis meses de trabajo) es un factor a tener en cuenta, no es el único. Así lo afirma un estudio realizado por los investigadores Derek Steinbrenner, de Cambria Consulting, y Barry Scholosser, de Strategic Executiv Advisors, en empresas que utilizan coach habitualmente, como Wachovia, Credit Suisse, Deloitte o Citi. Según estas compañías, el coaching "potencia el compromiso del empleado, hace aumentar su productividad, lo alinea con la estrategia de la empresa y mejora la capacidad de comunicación".

Pero, ¿por qué el coaching es eficaz sólo en algunos casos? ¿De qué depende que unos directivos se sientan mucho más satisfechos con los resultados del proceso de coaching que otros? Y lo más importante, ¿cómo sabremos si nuestro coach es un buen entrenador personal?

¿Coaching o ayuda psicológica?

El ánimo de lucro –hasta 500 euros por una sesión de hora y media– es uno de los atractivos que ha favorecido la proliferación de coaches de todo tipo. Muchos de ellos son consultores, expertos en otros campos que han conseguido certificarse como coach pero que no cuentan con los instrumentos y el bagaje necesarios para desarrollar sus tareas, y que hacen más bien un flaco favor al prestigio de la profesión.

Tampoco ayudan al desarrollo empresarial de un directivo y su equipo de trabajo. Por eso, antes de emprender un proceso de coaching, es imprescindible valorar si es realmente necesario para la empresa y cuáles serán sus consecuencias.

La elección de un buen coach es la clave para que el proceso sea eficaz. También es necesario realizar un análisis de las dificultades que el directivo necesita superar, porque hay quien prefiere contratar a un coach que reconocer que precisa ayuda psicológica.

Eso es precisamente lo que señalan sus detractores, que califican la disciplina de auténtico timo. Algunos afirman que la inexistencia de una regulación académica adecuada dificulta el control y la calidad de esta práctica. Otros, que el método es superficial y que, aunque estimula los sentimientos de superación y competitividad a corto plazo, a la larga no proporciona ningún beneficio. Y cuando el coach no tiene la formación adecuada, no utiliza una metodología definida, no trabaja con objetivos a largo plazo y no guía correctamente el proceso, las consecuencias del coaching pueden tener un importante impacto negativo en la empresa.

La experiencia, principa, aval

Para ser coach es necesario contar con la técnica, que sólo se obtiene a través de una formación adecuada, pero también son imprescindibles otras cualidades. La experiencia empresarial es un aval de calidad, y también son necesarios valores como la empatía, la intuición, y la capacidad de generar una relación de confianza con el directivo que asume el papel de coachee.

Un buen coach es capaz de redireccionar al directivo y hacerle ver las cosas desde otro punto de vista, y su capacidad de escucha es clave. El coachee es el protagonista de las sesiones de entrenamiento, en las que el coach ha de ser capaz de ponerse en su piel para entender la importancia de la gestión de su trabajo en equipo y aportar valor en temas estratégicos.

Es muy fácil cazar a un falso coach porque carece de método: no reflexiona, es indiscreto, no establece objetivos ni realiza un seguimiento de la evolución del directivo. Si quiere influir el proceso y crear una relación de dependencia para alargarlo innecesariamente, no está haciendo bien su trabajo. El coach debe además suspender las sesiones de coaching si surge algún problema que supere su capacidad de resolución, sugiriendo al cliente que cambie de profesional si no cuenta con la especialización necesaria para tratar un tema concreto.

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