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Títulos universitarios de papel mojado

Érase una vez una España con 52 provincias y 73 universidades distintas. Así podría comenzar la historia, con tintes trágicos, del sistema educativo español, caracterizado  por la habilidad de engendrar estudiantes cuyo perfil académico no se adapta a las necesidades de las empresas.

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Con el inicio de la Democracia, los gobiernos se propusieron tumbar las vallas que habían mantenido a las facultades al alcance de sólo unos pocos para conseguir las generaciones mejor preparadas. El proceso derivó  luego, al albur de las competencias que fueron adquiriendo las comunidades autónomas, en un auténtico despliegue de centros universitarios sin parangón en el resto de Europa.

Un ejemplo: Alemania, meca europea de la ingeniería, prácticamente duplica la población española y, sin embargo, tiene un 40% de centros menos. Veinte años después de cultivar este campo de setas, las autoridades académicas se echan las manos a la cabeza.

España ha desembocado en lo que Santiago Molina García, doctor en Ciencias de la Educación y catedrático de Educación Especial de la Universidad de Zaragoza, denomina “la masificación democrática de la universidad”. Sus señas prácticas: miles de licenciados arrinconados por el propio mercado.  

Como resume Manuel O. Del Campo, experto en Recursos Humanos, los poderes públicos han orientado desde hace años a los jóvenes hacia la universidad por su interés de otorgar un grado más elevado de preparación a los habitantes. Pero de lo que no se estaban dando cuenta era de que se estaban produciendo dos fenómenos a la vez: la saturación y la escasez de personas capacitadas para desempeñar “profesiones”.

La necesidad de pintores, técnicos informáticos o electricistas responde a una regla de oro que no conviene obviar: el mercado laboral es quien redirecciona la oferta formativa, y no a la inversa. O dicho en clave metafórica: tener una espléndida plantación de papayas no sirve de nada si las familias sólo llenan su cesta de la compra de manzanas golden y plátanos canarios. Precisamente, el creciente interés por la Formación Profesional viene a rellenar este vacío en el mercado laboral.  

FP: más formados y... mejor pagados

Según los últimos datos del Ministerio de Educación, en el curso 2006/2007 se habían matriculado en ciclos formativos de FP cerca de medio millón de alumnos (232.653, en grados medios y 212.802, en superiores).

Los tradicionales perfiles de electrónica o mecánica (por cierto, aún muy demandados) conviven con otras veintidós ramas profesionales, que aglutinan 140 titulaciones. Algunas tan novedosas como el Grado Medio de Técnico en Farmacia y Parafarmacia, creado a raíz de la escasez de personal especializado en asesorar a los consumidores cada vez más aficionados a visitar este tipo de establecimientos.

El propio diseño de estos estudios, que garantiza por ley un 30% del tiempo invertido en prácticas, es uno de los secretos del valor creciente de la FP. De hecho, la tasa de inserción laboral de estos titulados se sitúa en el 92,6%, en el caso de Grado Medio, y en el 88,8%, en el Grado Superior, según los datos del Observatorio Joven de Empleo en España.   

El antiguo concepto de la FP como una alternativa a los alumnos menos brillantes se ha transformado en una formación que responde a la demanda real de empleo, diluyendo trasnochados prejuicios, en los que no se detienen el resto de europeos.

Mientras la media de estudiantes de FP de Grado Medio de la UE ronda el 55%, superando al Bachillerato, en España tan sólo el 36% de los jóvenes se decanta por esta opción, según el informe Panorama de la Educación 2007 de la OCDE.

Estas cifras contrastan con los crecientes seguidores de la Universidad. Al término del pasado curso han salido de ella alrededor de 187.000 licenciados y diplomados, un 90% más que hace una década. Aunque la voz del mercado está comenzando a mandar. El acceso a la FP de grado superior ha crecido hasta el 22%, por encima de la media europea, a la vez que la tasa de entrada en la educación universitaria comienza a disminuir gradualmente.   

Además de ahorrar tiempo (la titulación de grado medio requiere uno o dos años de estudios), los estudiantes de FP se encuentran entre los perfiles profesionales más demandados. Según el Informe Infoempleo 2007, el 23,3% de la oferta analizada solicita titulados de FP.

Las salidas de Formación Profesional

Entre ellos, los más demandados fueron aquellos perfiles de la familia de Fabricación Mecánica, con casi el 30% de la oferta, seguidos de las familias de electricidad y electrónica (25,5%) y Administración (15%). El 30% restante de la oferta se dirige a las áreas de Comercio y Marketing, Edificación y Obra Civil , Química, Informática y Automoción, Mantenimiento y Servicios y, por último, Sanidad.  

Según la experiencia de varias consejerías de empleo autonómicas, ocho de cada diez  graduados en FP encuentran empleo antes de seis meses, un lujo que se pueden permitir pocos universitarios. Además, se estima que en su primer contrato pueden llegar a cobrar hasta un 20% más que los universitarios.   


El nuevo ministro de Educación, Ángel Gabilondo, deberá hacer frente a la puesta en marcha de la reforma de la FP, anunciada en octubre pasado. Por el momento, el real decreto que permitirá a los trabajadores convalidar la experiencia adquirida en un oficio por módulos de la FP todavía está en proceso de tramitación.

El Gobierno tenía prevista su aprobación el pasado enero. Entre otras mejoras, se abrirá la opción de reconocer la experiencia como formación, bien para obtener un título o bien para optar a un sistema de evaluación que conduzca hacia la acreditación formal. Una vez superada la prueba de evaluación, el candidato recibe un documento que avala su competencia profesional, válido en cualquier lugar de España.  

Un modelo obsoleto

Cada año salen de las facultades españolas alrededor de 180.000 jóvenes con un título bajo el brazo que sólo da derecho a conseguir un trabajo entre medio y un año después de la graduación, según Universia, y a un sueldo inicial que ronda los 1.200 euros mensuales.

El Estado puede controlar, a través de las notas de corte, cuántos alumnos estudiarán cada carrera. Este método ha desembocado en que el 23% de las 3.569 titulaciones que hay en España bastan para cubrir el 100% de las plazas ofertadas.

Es decir, 30 títulos aglutinan a la mitad del alumnado, lo que, según los analistas, prueba que la red tan extensa de universidades no está justificada. De otro lado, queda la frustración de quienes no pueden estudiar lo que desean. En Ciencias de la Salud, por ejemplo, la demanda supera en un 365% la oferta. 

Del dinero fácil a la frustración

Según el Informe Pisa elaborado por la OCDE, los españoles de quince años no sólo están en el furgón de cola en los conocimientos de matemáticas y ciencias, sino que en la última edición (2006) se ha ido observando un fuerte retroceso en lectura, lo que ha desatado el horror entre las familias y la desazón del profesorado. Quizá este factor explique que el 30% de los alumnos no accede al Bachillerato, tras pasar por la Educación Secundaria Obligatoria (ESO).

Aunque hay otra explicación: miles de chicos abandonaron sus estudios por la relativa facilidad de encontrar un empleo, en la anterior etapa de bonanza. De hecho, hasta el 2007 los expertos constataron este “efecto animoso”, por el que los potenciales trabajadores (a partir de los 16 años) se deciden a colgar los libros por la tentación de tener un sueldo propio.

Claro que, muerta la gallina de los huevos de oro (el sector de la construcción), estos jóvenes trabajadores tienen un doble problema: una formación raquítica y un bolsillo vacío. Otra razón estriba en el factor desánimo de saber que no se accederá luego a la carrera deseada, por las notas de corte.

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