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Ni española ni de vagos: el verdadero origen de la siesta desde Roma hasta la NASA

Lejos de la pereza, el reposo tras la comida responde a ritmos biológicos y fue impulsado por San Benito para facilitar la digestión monacal.

Lejos de la pereza, el reposo tras la comida responde a ritmos biológicos y fue impulsado por San Benito para facilitar la digestión monacal.
Hombre intentando dormir la siesta en el sofá. | Flickr/CC/Charlie Jiménez

Pocos hábitos están tan asociados a España como la siesta, aunque su origen real se remonta mucho más atrás. Lejos de ser una costumbre puramente española, este descanso breve tras la comida tiene raíces en la Antigua Roma, donde surgió como una necesidad práctica frente al calor y la organización del día.

La propia palabra lo revela: "siesta" proviene del latín sexta, en referencia a la sexta hora del día solar, es decir, el momento central de la jornada, aproximadamente entre el mediodía y las primeras horas de la tarde.

Recordemos que en la Antigua Roma, el día se dividía en doce horas de luz, cuya duración variaba según la estación. La "hora sexta" coincidía con el punto más alto del sol, cuando el calor era más intenso y trabajar al aire libre resultaba especialmente duro.

"Trabajar bajo el sol de la hora sexta no solo era incómodo, sino ineficiente e incluso peligroso, por lo que los romanos establecieron una pausa para comer y descansar antes de retomar la actividad". Este descanso no era un lujo, sino una estrategia de supervivencia térmica y energética en una sociedad eminentemente agrícola.

Del Imperio a los monasterios

Tras la caída de Roma, la costumbre no desapareció, sino que encontró continuidad en el ámbito religioso. En el siglo VI, San Benito de Nursia incluyó en su regla monástica la obligación de reposar tras la comida.

"Después del almuerzo, los monjes debían guardar silencio y descanso para facilitar la digestión y el recogimiento espiritual, consolidando así la pausa de la 'hora sexta' como parte estructural del día".

Con el tiempo, esta práctica se extendió más allá de los monasterios y se integró en la vida cotidiana de muchas sociedades europeas.

La consolidación en el mundo mediterráneo

La siesta arraigó especialmente en países del sur de Europa y América Latina, donde el clima favorecía una pausa en las horas centrales del día. En España, por ejemplo, se consolidó como hábito social durante el siglo XX.

"En la posguerra, muchos trabajadores tenían más de un empleo y utilizaban el mediodía no solo para comer, sino para descansar y poder afrontar una segunda jornada laboral con energía".

Aun así, el tópico de que España es el país que más duerme la siesta no se sostiene del todo. Diversos estudios indican que una mayoría de españoles no la practica de forma habitual.

La explicación biológica

Más allá de la historia, la ciencia explica por qué sentimos sueño tras comer. El cuerpo humano sigue un ritmo circadiano bimodal, con dos momentos de menor alerta a lo largo del día.

"Los seres humanos estamos biológicamente programados para experimentar un descenso de energía varias horas después de despertarnos, lo que coincide con el momento tradicional de la siesta".

Además, tras la comida, el organismo dirige más recursos al sistema digestivo, lo que contribuye a esa sensación de somnolencia conocida como bajón postprandial.

De hábito rural a estigma moderno

Con la llegada de la industrialización, la percepción de la siesta cambió. En muchas sociedades del norte de Europa, el descanso a mediodía comenzó a verse como una señal de pereza o falta de productividad.

"Mientras las economías industriales imponían jornadas continuas, la pausa para dormir quedó asociada a culturas menos 'eficientes', generando un estigma que aún persiste".

Sin embargo, esta visión está cambiando. En la actualidad, grandes empresas y organizaciones han comenzado a recuperar la siesta como herramienta para mejorar el rendimiento.

La siesta que recomienda la ciencia

Lejos de los largos descansos, los expertos apuestan por la llamada siesta corta o power nap. Diversos estudios han demostrado que dormir entre 20 y 30 minutos puede tener beneficios significativos.

"Una siesta breve mejora la concentración, la memoria y el estado de ánimo, sin provocar la sensación de aturdimiento que aparece cuando el sueño es demasiado prolongado".

Incluso investigaciones de organismos como la NASA han avalado su impacto positivo en el rendimiento cognitivo.

Un hábito más vivo que nunca

Hoy, la siesta ha superado en gran medida su mala reputación. Se reconoce como una práctica saludable que puede contribuir al bienestar general, reducir el estrés e incluso mejorar la salud cardiovascular.

"Más que una costumbre asociada a la pereza, la siesta es un legado histórico y biológico que responde a las necesidades reales del cuerpo humano". En un mundo cada vez más acelerado, recuperar ese pequeño paréntesis diario puede ser, paradójicamente, una de las formas más eficaces de avanzar.

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