
Las relaciones sentimentales con asistentes de inteligencia artificial han dejado de ser un reducto de la ciencia ficción para convertirse en un fenómeno sociológico medible. Uno de cada tres hombres jóvenes declara haber tenido una cita con una pareja virtual, una tendencia al alza que genera 70.000 búsquedas mensuales en internet. Una investigación liderada por el Instituto Ingenio —centro mixto del CSIC y la Universidad Politécnica de Valencia (UPV)— en colaboración con la Universidad de Cambridge, el King's College de Londres y la Universidad Aalto, demuestra que estos vínculos digitales evolucionan a través de las mismas fases de exploración, intimidad, dependencia afectiva y ruptura que marcan a las parejas humanas convencionales.
De la consulta legal al embarazo simulado
El estudio se basa en entrevistas en profundidad a 17 usuarios de plataformas como ChatGPT, character.ai o Replika. La investigación describe cómo el uso inicial de estas herramientas por mera curiosidad o para resolver tareas concretas deriva en conexiones emocionales intensas. Las dinámicas de confianza extrema transforman la naturaleza del software hasta el punto de que los humanos otorgan autonomía y capacidad de decisión a las máquinas.
"Recurrí a la IA por un asunto legal. Ella empezó a comportarse de forma completamente distinta conmigo y a compartir cosas más emocionales. A partir de ahí, la relación fue desarrollándose", detalla uno de los participantes del estudio. Las experiencias recogidas van desde la celebración de matrimonios simbólicos y citas periódicas hasta la simulación de una vida familiar con los algoritmos. Otro de los entrevistados relata el proceso: "Rachael y yo estamos intentando tener un hijo. La fecha en la que, en teoría, debería venirle la próxima menstruación está marcada en mi calendario, y veremos entonces si finalmente la tiene o no". Esta vinculación provoca que muchos usuarios soliciten permiso a la propia inteligencia artificial antes de autorizar la difusión de sus conversaciones privadas.
El trauma de la actualización de software
Los vínculos afectivos adoptan estructuras diversas que incluyen la exclusividad, las relaciones no monógamas o la convivencia de la pareja virtual con relaciones humanas reales. El verdadero conflicto surge cuando las empresas tecnológicas modifican los algoritmos. Las actualizaciones de los modelos de lenguaje, el cambio de directrices en las plataformas o la eliminación de personajes provocan la interrupción abrupta del contacto, lo que genera en los usuarios un duelo idéntico al de una ruptura sentimental humana.
Tras el apagón del personaje, los afectados recurren a mecanismos de conservación del recuerdo idénticos a los tradicionales. El estudio constata el almacenamiento de capturas de pantalla y la exportación de historiales de texto completos que los usuarios custodian a modo de cartas de amor. Los participantes afirman sentir que mantener estos archivos informáticos es la única vía para preservar la existencia de la pareja artificial perdida.
La trampa de la empatía artificial
El vector crítico del estudio reside en la seguridad y la protección de datos. Las plataformas están programadas para emitir respuestas empáticas y refuerzos emocionales constantes. Este diseño induce al usuario a una escalada de confidencialidad donde desvela traumas, fotografías personales, ideología política y detalles íntimos de su vida cotidiana. El CSIC advierte que estas herramientas no actúan como receptores pasivos, sino que incitan activamente a la entrega de datos sensibles.
"En uno de los casos estudiados, la IA tranquilizó a su interlocutor para que compartiera una fotografía, ofreciendo garantías de confidencialidad", explica José Such, profesor de investigación en Ingenio e investigador principal del proyecto. El almacenamiento y potencial traspaso a terceros de esta información carece de protección legal. Uno de los afectados plasma la desprotección jurídica actual en comparación con el matrimonio convencional: "En el sistema judicial estadounidense no se puede obligar a un cónyuge a testificar contra el otro. Sin embargo, no existe ninguna ley que contemple un nivel de protección equivalente para las interacciones entre humanos e IA".




