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Adiós a José Miguel Ullán

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José Miguel Ullán, en una imagen de archivo.

(Javier Rubio Navarro) Para quienes tuvimos la fortuna de tratarle, hoy es un día muy triste. Se nos ha ido José Miguel Ullán y es obligatorio reprimir las lágrimas para hacerle el obituario, por difícil que resulte. Ha sido un personaje muy importante en la vida cultural española, aunque es muy probable que su influencia no encuentre lugar en los resúmenes y en los manuales.

Ante todo escritor, hace poco se editó reunida su poesía, lo más pensado y cuidado de su obra, elaborada durante cuarenta años. Asumió la condición de poeta como un destino aciago, que determinaba el resto de su vida. Para la poesía reservó el mayor rigor, rayano con frecuencia en el hermetismo, llevando hasta el límite el testigo recogido de sus hermanos mayores en el oficio: Octavio Paz y José Ángel Valente, sus pares en el Parnaso.

La severidad autoimpuesta que lastra para un público amplio su poesía, se tornaba desparpajo ingenioso, malicia deslumbrante en sus crónicas frívolas, como las dedicadas a la copla en El País, antológicas. Pero fue tacaño con el periodismo, acaso por miedo a que la frivolidad relajara su disciplina poética.

Otra dimensión importante de su obra, no sólo por volumen, son las glosas, críticas y catálogos de exposiciones de pintores, en las que la generosidad admirativa relajaba el rigor de su poesía. La nómina de artistas a los que glosó y elogió es muy amplia: Saura, Peinado, Brinkman. Tàpies, Zóbel, Cuevas, Rojo, Broto, etcétera.

Nacido en un pequeño pueblo de Salamanca lindante con Portugal, Villarino de los Aires, vino a Madrid a estudiar Filosofía y Letras. Huyendo del servicio militar se fue a París, donde se formó, trabajó en programas culturales para la radio y escribió poesía. Regresó a España para volver al cuartel y acabar la mili en Tenerife con 35 años, reflejado en su libro Soldadesca. Trabajó para TVE, El País, para el Grupo 16, junto a Juan Tomás de Salas, llegando a subdirector del Diario, y también pasó por el ABC de Ansón. Todos los medios por los que estuvo, mejoraron con sus textos y su influencia. Él puso a César Antonio Molina al frente del suplemento cultural de Diario 16. En los años noventa, con Manuel Fernández, dedicó lo mejor de su tiempo a organizar exposiciones y ediciones muy cuidadas.

Acaso su obra de arte mayor era la más efímera, su conversación. Era el mejor narrador de chismes, intrigas y sucedidos, con un sentido del humor muy afilado, que explotaba allí donde lo sublime se confunde con lo ridículo.

Fue un honor gozar de su amistad.

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