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Los insultos que Raphael se tuvo que tragar en sus inicios

Raphael ha tenido que sufrir lo suyo para ser el que es ahora. 

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Raphael, en concierto | Efe

Fuera de sus últimos alifafes de salud, Raphael mantiene una vitalidad extraordinaria, como en sus buenos tiempos, o después del trasplante al que fue sometido satisfactoriamente. Si nos atenemos a sus primeras grabaciones discográficas, su carrera alcanza cincuenta y cinco años como profesional. Si es por sus comienzos, enrolado en una compañía folclórica, algunos más, lo que nos lleva a cifrar en casi seis decenios los que lleva cantando, con su extraordinaria voz, que no ha perdido ni potencia ni capacidad para adaptarse a un repertorio en el que queda demostrada su elevada tesitura, su afinación, el sentido del ritmo. Y su talento también para elegirlo, su intuición para no quedarse atrás e interpretar a dúo con jóvenes colegas que, por edad, podían ser perfectamente –algunos- sus propios hijos (uno de los cuáles, por cierto, integrante de un conjunto).

Llega Raphael a las postrimerías de 2017 aún sin concluir su última gira. "Loco por cantar", dice él. Está dos horas largas y media en el escenario, como hizo siempre. Un alarde. Y en el programa especial de Televisión Española lo tendremos una noche más, la del 24 de diciembre. Es un fijo, un clásico, como el "spot" de la muñeca que se acerca al portal del belén, o el hijo que vuelve a casa por Navidad mientras nos anuncian una conocida marca de turrón. Por no recurrir a esas pilas del estribillo "… y duran, duran…". Con críticas negativas que no superan los halagos de sus incombustibles "fans", él seguirá siendo aquél, el de las poses, los gestos, los movimientos de cintura y de brazos… La teatralidad siempre. Como un homenaje perpetuo a su adorada Piaf.

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Hay que reconocerle sus méritos, su amplísimo bagaje, sus premios, como ese sorprendente Disco de Uranio que le entregaron un año. Por su tesón y por su arte, discutido todavía por algunos, desde luego, a estas alturas. Lo que nunca ha sido nuevo para él, que procuró siempre hacer oídos sordos de la cantidad de insulltos y barbaridades que le decían cuando empezaba. Recogemos sus propias confesiones, a partir del debut en un pueblo al que acudió como sustituto de otro artista en una compañía segundona: "Fui el encargado de abrir el espectáculo, el telonero… Allí me insultaron por primera vez con esa palabra, maricón, un insulto muy español, en lugar de gritarte vete a tu casa, desgraciao, o eres un mierda, o lo que sea, pues no, te llaman maricón. Fue la primera de las tres veces que he tenido que oírla en mi vida. La segunda fue a la salida de "Pavillón", en Madrid, al entrar en mi "Lincoln". Un señor envalentonado al sentirse oculto entre la gente, lo gritó (lo de maricón). Intenté echarme encima pero la policía me lo impidió. La tercera fue años después en el anfiteatro romano de Tarragona. Esta vez me lo gritaron (maricón) cuando acababa de aparecer en el escenario. Mandé encender las luces. Y, muy despacio, con la mano izquierda metida en el bolsillo, en medio de un silencio sepulcral, recorrí toda la grada hasta llegar a la otra esquina del escenario. Volví a subir, llegué al micrófono y, ante toda esa multitud expectante, dije:" ya me parecía que había oído mal". Me brindaron una ovación espectacular. La verdad es que yo no cantaba copla ni las canciones del estilo que impuse después y lo que aquel público se esperaba era un flamenco pero salió este servidor y el cabreo de algunos llegó hasta el insulto".

Era la España de los últimos años 50 y hasta casi finales de los 60, cuando se imponía el machismo –aún quedan rastros- por encima de todo y la homofobia, aunque aún no se estilaba tal vocablo, era el modo con el que cierto público reaccionaba ante algunos artistas que, por su arte y estilo, se mostraban en el escenario con determinados vestidos o movimientos acaso más propios del sexo femenino. Amaneramiento pudiera llamarse eso, cultivado por cantantes que o estaban casados o luego contrajeron matrimonio y tuvieron hijos. Fue el caso, entre otros, de Raphael.

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De un modo más divertido pero no por ello algo cruel, o al menos de pésima educación, fue lo que asimismo recordaba Raphael, cierto día que se encontraba ensayando en la academia del maestro Gordillo, donde también iba a probar canciones una principiante llamada María de los Ángeles de las Heras, luego artísticamente conocida como Rocío Dúrcal. Esta se encontraba acompañada por su descubridor, Luis Sanz, que hacía los preparativos para lanzarla como nueva estrella del cine español. En un momento en el que no ensayaban ni Rocío ni Raphael, el maestro Gordillo le dijo a Sanz que por qué no le echaba un ojo al chico de Linares. Anécdota que éste comentaba así: "Y me lo echó. ¡Vaya si me lo echó! Me miró y me dijo el tío: "No, tú no, que eres muy feo". Pensé para mí –mientras trataba de encajar el golpe con la mayor elegancia posible-: "Pero ¿qué tendrán que ver la fealdad o la guapura con cantar bien?" Además, puede que yo no fuera Marlon Brando, pero tampoco era como para soltarme lo de feo con tanto desprecio. Con tan poco miramiento ¡digo yo!". Quien le dijo aquel exabrupto luego fue amigo de Raphael, ya siendo ídolo de la canción. Y llegó a proponerle un contrato cinematográfico. A eso se negó tajantemente el cantante, retrucándole: "¡No, Luis, ya sabes que soy muy feo!" Digamos que amén de su prolongada carrera musical, Raphael llegó a protagonizar una decena de películas. Con otra productora, claro. Esa actitud le honraba. La de no ser vengativo, pero tampoco olvidadizo. Muy en su estilo y carácter, seguro siempre de cuanto hace y con una personalidad que ya apuntaba en sus principios

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