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Los 150 años del nacimiento de María Guerrero

Se cumplen 150 años del nacimiento de María Guerrero, que no quiso nunca saber nada de su nieto, Fernando Fernán-Gómez.

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María Guerrero | Archivo

Se cumple este lunes, 17 de abril, el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de María Guerrero, la más eminente actriz de su tiempo, que da nombre a uno de los mejores coliseos madrileños. El Centro Dramático Nacional, que tiene su sede en dicho teatro, la honra estos días colocando una placa conmemorativa en una de las paredes del mismo, al tiempo que en esta fecha sus representantes harán una ofrenda floral ante la tumba de la eminente actriz en el madrileño cementerio de la Almudena. Se celebrará un acto cultural el miércoles en el Museo del Prado, evocando su figura, la que también será objeto de un programa especial el sábado en RNE. Un video evocador de la ilustre dama del teatro español puede consultarse en la web del CDN.

Hija de una familia acomodada, María Guerrero recibió una refinada educación que incluía clases de música y declamación, lo que la llevó a debutar en la escena con sólo diecinueve años, en el recién inaugurado teatro de la Princesa. En París fue alumna del célebre Coquelín. Y a su regreso, el premio Nobel de Literatura, José de Echegaray, escribió para ella el drama "Mariana". Los mejores autores de las primeras décadas del siglo XX fueron representados por la actriz madrileña, quien muy pronto tuvo compañía propia y a la que, aún no teniendo una provecta edad, se la distinguió con el tratamiento de "doña". Imponía respeto. Se preocupaba de dar oportunidad a los jóvenes dramaturgos, como Jacinto Benavente, al igual que a actores primerizos. No obstante cultivó la costumbre de mantener el mayor tiempo posible a sus galanes, es decir, sus primeros actores, entre los que se encontraba Ricardo Calvo. De su elenco, se enamoró un día de un curioso personaje, Fernando Díaz de Mendoza, cuyo porte llamaba la atención de las damas. Había nacido en Murcia en 1862, cinco años antes que ella, y poseía los títulos de marqués de Fontanar, conde de Balazote y de Lalaing, amén de ser dos veces Grande de España. Había enviudado de una hija del general Serrano y no teniendo patrimonio para vivir con cierto decoro, conforme a su rango como tampoco oficio aprendido, dio en solicitar un puesto de actor en la compañía de María Guerrero, aduciendo que en fiestas familiares siempre se le había dado bien remedar a los grandes de la escena española.

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scena final de Malas herencias, con María Guerrero (1903) | Archivo

Corría el mes de enero de 1895 cuando se inauguró en Madrid el Teatro Español, que ya existía pero en esa fecha lucía, remozado, sus mejores galas gracias a los arreglos que hizo el padre de María Guerrero, a la sazón célebre decorador teatral, que gastó ¡ciento cincuenta mil pesetas! en ese empeño, aunque consiguió del Ayuntamiento matritense presidido por el conde de Romanones la cesión del local durante varias temporadas. Y ese fue durante un tiempo el feudo de la gran actriz, quien al año siguiente, el 10 de enero de 1896, matrimonió con Fernando Díaz de Mendoza, que amén de esposo sentíase muy feliz como primer actor de su compañía. Tal fue la fama teatral de la pareja, extendida en todo el ámbito social, que sus estrenos constituían todo un acontecimiento, las temporadas a teatro lleno durante meses, extendidas luego a provincias, como se dijo durante mucho tiempo, y hasta con viajes a la América hispana, donde aquella compañía siempre fue muy celebrada, llevando el repertorio de Linares Rivas, Ángel Guimerá, Adriá Gual, Benavente y los clásicos españoles más conocidos. Como es natural también registraron algunos fracasos, pocos, pero sonados, como al estrenar las primeras obras de la condesa de Pardo Bazán, Valle-Inclán, Clarín, que si bien habían triunfado como novelistas eran unos noveles en el género de la dramaturgia. En cambio María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza fueron aclamados con obras de Eduardo Marquina (Las hijas del Cid, Doña María la Brava, En Flandes se ha puesto el sol) y sobre todo de Jacinto Benavente (La noche del sábado, Rosas de otoño y La malquerida). No siempre las obras que representaban tenían elevada altura literaria, pues atendían el gusto popular de algunos melodramas, como fue el caso de La Dolores, del que después se sucedería obras muy parecidas, coplillas, luego discos y también películas. Si María Guerrero incorporaba en escena mujeres de toda clase y condición, brillaba siempre por su naturalidad, aunque fue tendencia muy extendida entre todos los actores de la primera mitad del siglo XX abusar de ciertos excesos vocales y gestuales. Anotemos que en su compañía, sin que por parte de ella como empresaria y primera actriz mediaran celos y arbitrariedades, siempre procuró llevar los mejores elencos, con nombres tan acreditados como los de Emilio Thuillier, Irene López Heredia, Ernesto Vilches, Carmen Ruiz Moragas (amante de Alfonso XIII), María Fernanda Ladrón de Guevara (madre de Amparo Rivelles y Carlos Larrañaga)…

Vivían los Guerrero-Díaz de Mendoza en la opulencia, en viviendas de lujo (hoy se diría con el anglicismo "de alto standing") como la última, que sería su propio teatro, el de la Princesa. Y en todas ellas, además de la rica decoración en muebles, pinturas, objetos de gran valor, disponían de una abundante servidumbre, que llegó a alcanzar la cantidad de quince criados. Luego, daban cenas continuamente, a los representantes de la mejor sociedad española. Tanto en esas casas como en el propio teatro donde se habilitaba el llamado "Saloncillo", predominaban las tertulias con escritores, como Echegaray, que se comía los bombones que alcanzaba desde su butaca; o el ya casi ciego Pérez Galdós, quejándose de que nadie quería estrenarle El abuelo, función que acabaría dando a conocer Fernando Díaz de Mendoza; y Muñoz Seca, que no paraba de contar interminables y divertidas historietas. Nada que ver, como se advierte, con las costumbres que siguieron después en el mundo teatral madrileño.

Con aquel ritmo de vida no era de extrañar que les vinieran crudas algún día, lo que sucedió a poco de empezar la segunda década del siglo XX. Viéronse en la necesidad de desprenderse de su mansión de la calle de Zurbano, palacete cargado de hipotecas. El marqués de Castelar los sacó del apuro, pagándoles en la transacción cuatrocientas mil pesetas. Entonces, el matrimonio acondicionó el piso superior del teatro de la Princesa, y allí comenzaron a residir. Mayor comodidad, imposible. Desde él, llegada la hora de levantar el telón, bajaban al piso inferior, que era su teatro. Aun aguantaron unos años con el mismo tren de vida. Disponían de criados que les llevaban diariamente la cena para una docena de comensales, miembros de la aristocracia madrileña, generalmente. Un último viaje a tierras sudamericanas los llevó casi a la ruina. Travesía por otra parte penosa pues María Guerrero ya estaba seriamente enferma del hígado. Conocedores de su desdicha se les tributó un homenaje popular, con una tribuna llena de flores en el paseo de la Castellana ocupada por el matrimonio ante el que desfiló medio Madrid. Algo nunca visto, ni entonces ni nunca, en una pareja de la farándula. Pero el crédito que ellos tenían no podía igualarse al de otros cómicos.

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Como Doña Inés, por Raimundo de Madrazo | Museo Nacional del Teatro (España)

No mucho tiempo después María Guerrero se fue de este mundo: el 30 de enero de 1928. El Ayuntamiento de Madrid pagó la sepultura de la gran actriz y por suscripción popular se erigió una estatua en su memoria. Su viudo, Fernando Díaz de Mendoza, que tanto lloró la desaparición de su querida esposa, se reunió pronto con ella, un triste día de 1930. Tuvieron un hijo, Fernando, también actor. De los amores de éste (quien ya estaba casado con una sobrina de doña María, Mariquita Guerrero) con la actriz Carola Fernán-Gómez, nació quien también alcanzaría el éxito como extraordinario actor. Pero al no ser reconocido por su progenitor, hubo de llevar los apellidos de la madre. Era, naturalmente, Fernando Fernán-Gómez. María Guerrero, enterada de que tenía un nieto, no quiso saber nada de él y así se lo hizo saber a Carola. En todo caso, insinuaría que podía quedarse con el bebé, pero adoptándolo como hijo propio, lo que significaba que la madre verdadera, Carola, ya podía despedirse del pequeño, y se negó. Durante mucho tiempo, Fernando Fernán-Gómez ocultó la identidad de su padre, aunque algunos de sus íntimos lo supieran y como puede suponerse también profesionales del teatro. Aquel Fernando Díaz de Mendoza (hijo) pereció en un naufragio cuando viajaba en un transatlántico desde Argentina a España en 1942.

Y aquel teatro de la Princesa, testigo de tantos acontecimientos artísticos y sociales, gracias a Primo de Rivera y por intercesión de la familia Luca de Tena, fue adquirido por el Estado en 1929. El que hoy es uno de los teatros Nacionales y lleva el glorioso nombre de María Guerrero.

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