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La canasta que cambió la historia del baloncesto europeo

En un momento de máxima tensión el entrenador del Real Madrid no dudó en obligar a sus hombres a anotar una autocanasta que valió una final europea.

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Ferrandiz posando en el Salón de la Fama del Baloncesto, para el que fue elegido en 2007. | EFE

Dicen que cuando algo nos parece una trivialidad, hay que buscar el origen de esa acción para ver por qué es así, y ahí es donde radica el mérito de la misma, en el pionero, en el primero que, sin tener un precedente, pensó que podía sacar un beneficio de ello, para sentar cátedra y que los demás le imiten. Eso es precisamente lo que hizo Pedro Ferrándiz, entrenador de baloncesto del Real Madrid, en los años 60. Aunque en su caso no le pudieron imitar: la FIBA decidió sancionar la inteligente estrategia del técnico y cambiar las reglas. Pero él, listo como pocos, ya se había adelantado.

Nos situamos en 1962. Octavos de final de la Copa de Europa, una competición que acaba de nacer y que, por entonces, estaba dominada por los conjuntos de la Europa del Este -sólo equipos soviéticos se habían proclamado campeones-. El Real Madrid, que imperaba en España pero aún buscaba su hueco en la elite europea (la plantilla estaba formada por Emiliano Rodríguez, Sevillano, Cortés, Hightower, Stan Morrison, Lolo Sáinz, Descartín, José Ramón Durán, Llopis y Alocén, con Pedro Ferrándiz al mando), se enfrentaba al Ignis de Varese, a quien le sucedía algo similar en Italia.

El primer partido de la eliminatoria, a ida y vuelta, se disputaba en el país de la bota. Con tal de que pudiera acudir más gente al Ignis le ofrecieron jugar en el pabellón de Milán, con capacidad para unos 6.000 espectadores. Sin embargo, el Commendatore Borghi, fundador y propietario del club, declinó la oferta. Su idea era la de que el partido se disputara bajo la presión asfixiante del pabellón de Varese, una pista lúgubre, de cemento y, sobre todo, con los aficionados muy cercanos al campo.

Como era de esperar, ya desde antes de comenzar el encuentro el ambiente era una auténtica olla a presión. Los tifossi no paraban de cantar, animar, encender bengalas... tanto para alentar a los suyos como para amedrentar a los blancos. Y en esas circunstancias arrancó el choque, aunque el dominio madridista fue claro desde el inicio, llegándose al descanso con el marcador de 36-44.

Pero en el segundo acto la cosa cambió. De Redevilher, el colegiado, sí se dejó influenciar por el ambiente hostil, y señaló varias jugadas polémicas a favor de los locales, lo que fue crispando los ánimos de los blancos. A medida que se llegaba al final el Ignis se iba acercando en el marcador, mientras que el Madrid veía cómo Carlos Sevillano y Stan Morrison, dos de sus mejores hombres, eran expulsados. Y a falta de dos segundos cinco puntos casi consecutivos pusieron la igualada en el marcador.

Los italianos estallaron de júbilo, viendo que habían llevado hasta la prórroga un partido que tenían prácticamente perdido. Pero entonces apareció la genialidad de Ferrándiz. El técnico blanco pidió tiempo muerto. El Real Madrid regresó a la pista. Sacó de fondo, Alcocén recibió el balón, se giró, y anotó en su propia canasta. Los jugadores blancos se marcharon corriendo hacia el vestuario, mientras los italianos se quedaron sin reaccionar, incluso algunos celebrando la victoria, hasta que que alguien comprendió lo que había pasado, y se montó. Vaya si se montó. Pero el marcador ya era definitivo: 82-80 a favor del Ignis Varese.

Pedro Ferrándiz lo tuvo claro en todo momento. "Más valía perder por dos puntos, que se podían remontar en casa, que ceder una prórroga en la que podíamos recibir un revés importante". "El asunto era que si le dábamos el balón al adversario, como si nos hubiésemos equivocado, a lo mejor no querían o no acertaban a meter canasta. Había que hallar un método infalible y yo creía tenerlo. La solución me parecía obvia: se trataba de romper el empate con una canasta introducida en el aro propio". Eso sí, durante el tiempo muerto ya advirtió a los suyos: "nada más anotar la canasta salid corriendo por si hay problemas".

No hay duda de que la decisión, sin un antecedente y que iba a sembrar polémica posteriormente, fue más que acertada. A las expulsiones de Sevillano y Morrison había que sumar que Emiliano y Sáinz estaban con cuatro personales, y que Wayne Hightower estaba en el banco por lesión después del duro marcaje recibido. Además, los italianos llegaban eufóricos, y el árbitro se había decantado de cada vez más a su favor. Pensar en ganar aquella prórroga era una quimera, y lo más probable hubiera sido perder por una renta difícil de remontar en el partido de vuelta.

Días después los italianos clamaron ante la FIBA, pero sin nada que hacer. Pese a que había sido una acción cuando menos reprobable desde el punto de vista moral, estaba dentro de la ley, no se había vulnerado ningún artículo del reglamento. Eso sí, pocos meses después, durante una reunión de la FIBA, se decidió que una autocanasta anotada en los últimos instantes para evitar el empate comportaría la inmediata descalificación del equipo al que perteneciera el autor de la autocanasta -hoy día, a no ser que ésta sea involuntaria, se señala una falta técnica-.

Pero eso ya llegó tarde. En cuanto se tomó por primera vez esa decisión nada se pudo hacer contra ella, y muy bien que le salió la jugada a Ferrándiz. En el partido de vuelta la superioridad blanca fue patente y, ayudados por una afición enrabietada después del tratamiento recibido en Italia, el Real Madrid se alzó con una clara victoria, por 83-62. De ahí a cuartos, en los que se eliminó al Legia polaco; a semifinales, donde se superó al Olimpija yugoslavo, y a la final, en la que se cayó ante el Dinamo Tblisi. Pero el conjunto madridista se convirtió ese año en el primer equipo de la Europa Occidental en llegar a una final -de hecho, ningún otro había llegado siquiera a semifinales- y, aunque al año siguiente volvería a proclamarse subcampeón, esos fueron los cimientos para que entre 1963 y 1968 el Real Madrid consiguiera 4 Copas de Europa.

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