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Lecciones de la historia I

¿Acabó el intervencionismo de Roosevelt con la Gran Depresión?

Setenta años después, la Gran Depresión sigue siendo motivo de acalorado debate. Fue un episodio único en el siglo XX, tanto por su gran extensión en el tiempo -más de una década- como por la reacción de los políticos, quienes intervinieron masivamente. Pero, ¿sacó el intervencionismo a EEUU de la Gran Depresión?

El ex presidente de EEUU Franklin Delano Roosevelt | Archivo
Ángel Martín

La Gran Depresión podría dividirse en tres episodios o fases:

1) La Gran Contracción, que tuvo lugar entre 1929 y 1933, donde se produjo un colapso de la actividad económica y el empleo.

2) La Gran Duración, el periodo siguiente en el que explicaría por qué tras 1933 no se produjo una recuperación vigorosa que pusiera fin a la crisis.

3) El Gran Escape o la salida efectiva de la depresión, que para algunos se sitúa en 1941 con la entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial, y para otros cuando ésta acaba.

Cada uno de estos episodios tiene su debate particular acerca de las causas que los desencadenaron. En el momento actual en el que se encuentra la economía norteamericana, quizá el episodio que más interés despierte sea el de la Gran Duración, el periodo de estancamiento en el que la economía no acaba de despegar hacia la recuperación definitiva. Conocer las causas que están detrás de ese periodo no es un mero ejercicio histórico-intelectual, sino que nos puede servir para aportar luz a los acontecimientos actuales.

Primero, echemos un vistazo a los datos de las variables económicas relevantes. Empecemos por el indicador por antonomasia de la coyuntura, el Producto Interior Bruto. Tras caer casi un 50% desde 1929 a 1933, experimentó una recuperación hasta niveles muy cercanos a los de 1929. Para algunos, esto puede ser señal de que las políticas que se aplicaron a partir de 1933, empaquetadas en el llamado New Deal de la Administración de Franklin Delano Roosevelt, fueron exitosas.

El New Deal consistió en un conjunto de programas gubernamentales de estímulo -a través de gasto público principalmente en obras públicas-, y nuevas regulaciones, medidas y leyes intervencionistas dirigidas especialmente contra la libertad de empresa y el sector empresarial, favoreciendo además los intereses de los sindicatos y otros grupos de interés.

Conviene, no obstante, mirar más allá del PIB para evaluar el estado de la recuperación tras 1933. Aún así, en 1939 (año en el que comienza la Segunda Guerra Mundial en Europa, lo que supuso un impulso a la economía norteamericana) el nivel de PIB todavía estaba por debajo del de 1929. La caída que se produjo entre 1929-1933 no fue compensada totalmente por el crecimiento de 1933-1939.

En primer lugar, relativicemos la utilidad del PIB como indicador preciso de la riqueza de un país, y las tasas de crecimiento de un país como indicador de la creación de riqueza que se produce en un país en un periodo concreto de tiempo. Así, por ejemplo, viendo los excelentes datos de crecimiento del PIB de la economía de la Unión Soviética, hubo economistas que predijeron que ésta iba a superar a la norteamericana, y que las cosas en el paraíso comunista marchaban bien económicamente. Un crecimiento bastante bueno del PIB también lo tuvimos en España en esta década hasta 2007, y ahora resulta difícil sostener que fuera un periodo de una creación de riqueza extraordinaria.

Y es que, poco puede decir el PIB de lo productivo y demandado realmente por la gente que es lo que entra dentro de éste agregado. En términos de contabilidad nacional, por el lado de la demanda, el PIB se calcula como la suma entre Consumo + Inversión + Gasto público + Exportaciones netas. Así, metemos tanto inversión privada productiva como gasto público improductivo en el mismo saco.

Veamos con datos de la Reserva Federal de St. Louis la evolución entre 1929 y 1940 del PIB y el gasto público (en miles de millones de dólares).

Del cuadro, se podría deducir que algún papel jugó el aumento del gasto público en el aumento del PIB. Entre 1933 y 1939, el PIB aumentó un 63%, y el gasto público lo hizo en un 70%. Un dato destacable es que en 1940 todavía no se habían alcanzado los niveles de PIB de 1929, mientras que el gasto público había aumentado un 60%.

También es destacable el hecho de que, si ampliamos datos hasta 1950, entre 1944 (año en que toca techo el gasto público por la guerra) y 1950, el PIB aumentó un 33% mientras que el gasto público cayó un -55%. Esto pilló por sorpresa a numerosos economistas del momento, que con un enfoque keynesiano, esperaban una fuerte recesión derivada de la retirada del masivo gasto militar del gobierno.

Quizá el indicador más ilustrativo de que la Gran Depresión todavía no había acabado en 1940 fue la elevada tasa de desempleo, de algo más del 15% o de casi el 10%, dependiendo si se cuentan como empleados aquellos empleos creados y sostenidos por los programas públicos de estímulo. La tasa de desempleo máxima mensual que se había llegado en la década fue de casi el 30%, partiendo del 5% en noviembre de 1929.

El economista y especialista en la Gran Depresión, Robert Higgs, trata de aportar luz sobre esta cuestión mediante un enfoque alternativo: contabilizando las horas trabajadas por el sector privado no agrícola. Resultado: sólo en 1942, cuando la población americana comenzó a trabajar masivamente para la Segunda Guerra Mundial, este indicador superó la cifra de 1929. Para Higgs es evidencia de que la imagen que se transmite de que tras 1933 la economía experimentó una rápida recuperación no es tan adecuada como podría parecer.

Vayamos ahora al comportamiento de la inversión privada, factor muy importante del crecimiento económico.

Observamos que esta variable empezaba a recuperarse -alcanzando niveles de 1929- a principios de los años 40, para caer hasta que acaba la guerra y aumentar notablemente de nuevo.

Si ponemos la inversión privada bruta en términos del PIB -para ver la participación de aquélla en éste-, lo que observa Higgs es que "la inversión privada bruta pasó de casi el 16% del PIB en 1929 a hundirse a menos del 2% en 1932; se recuperó al 13% en 1937 antes de caer de nuevo en la recesión de 1938; y todavía en 1941 estaba sólo en el 14%." Este indicador sólo alcanzó niveles de 1929 cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial.

Además, como también señala este investigador, la inversión en términos netos -inversión bruta descontando la amortización del capital, es decir, la parte que realmente contribuye a generar nuevo crecimiento- estuvo la mayoría de años de la década del 30 en negativo.

Difícilmente podía ponerse en marcha un proceso de crecimiento sólido y sostenido sin el impulso de la inversión privada. Por tanto, añadiendo a este hecho la elevada tasa de desempleo que existía todavía en 1940, podríamos concluir que las políticas del New Deal no sacaron a la economía norteamericana de la Gran Depresión.

Pero esto no quiere decir necesariamente que el New Deal fuera nefasto para la economía. Como argumentan algunos, no podría descartarse en este momento del análisis, que el intervencionismo de Roosevelt hubiera evitado una caída más profunda.

¿Fue esto así, o por el contrario, fueron las políticas gubernamentales las que precisamente alargaron la depresión? Para ello debemos preguntarnos lo siguiente: ¿Por qué no se produjo una recuperación vigorosa que permitiera reducir el desempleo y sostener niveles elevados de inversión privada?

A estas cuestiones dedicaremos el próximo artículo.

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