ESTRENO: 22 DE ENERO

La herencia Valdemar: Lovecraft, tentáculos y cine español sin subvención

El universo de órdenes herméticas, ritos demoniacos y criaturas cósmicas y tentaculares de Lovecraft es la fuente de inspiración de La herencia Valdemar, film patrio sorprendente, modesto pero logrado. Paul Naschy realiza su última aparición en un film cuyo desenlace se estrenará en Sitges.

JUANMA GONZÁLEZ

Como film que bebe de la mitología del terror clásico –ese logo de la Universal que la inaugura, no podía ser de otra manera-, La herencia Valdemar no podría ser calificada exactamente como una buena película –o como media buena película-, pero por sus fotogramas desfilan elementos que la salvan de la quema y la alejan de ese desastre que algunos andan vendiendo. La convicción de José Luis Alemán a la hora de confeccionar cine de género salva los trastos, mantiene el interés pese a ciertos problemas, y obsequia a todo aquel que quiera apreciarlo con un cine de terror cuya voluntad por parecer antiguo sorprende casi tanto como su apuesta por huir de subvenciones estatales.

Para empezar, es fenomenal la (casi omnipresente) música de Arnau Bataller, así como los títulos de crédito iniciales, capaces de hacer parecer La herencia Valdemar un film mucho más grande de lo que es en realidad. También funcionan las interpretaciones de parte de su elenco (no todo), y en definitiva la habilidad con la que Alemán gradúa algunos golpes de efecto clásicos. Todo esto, y el entusiasmado devenir de una trama que va de modesta,pero que tiene episodios de factura ciertamente lograda, consigue tapar algunas anomalías típicas de un debut, el de José Luis Alemán, que viste su film de terror gótico y ambiental de añejo atractivo, pero que en realidad se reserva todo tipo de ases en la manga.  

No representa ningún problema para el que esto suscribe que el tono del conjunto desprenda aroma de cine de videoclub, aunque sí incordie ese aire de miniserie que le imprime su falta de conclusión. Lo que sí falla es la estructura, que se olvida de la historia desarrollada en el presente para sumergirse, a media película, en un largo flashback de interés intermitente y en el que el director podría haber hecho gala de cierta capacidad de síntesis, y en la que permite algunas actuaciones demasiado teatrales que resienten la impresión general (mal que, de todas formas, parece connatural a la mitad del cine español). El interés logrado en su primera media hora se resiente, y Alemán no logra resolverlo del todo en un climax que, pese a adecuado, carece de la garra visual requerida.

La herencia Valdemar es de, de todas formas, una apreciable y modesta sorpresa y uno de los films patrios más agradables de los últimos meses. Su peor defecto es que hay que esperar a su desenlace para valorarla totalmente. Quedamos a la espera de que la conclusión del film no sólo resuelva la historia, sino que aporte a la misma todo aquello que de momento se ha quedado en el tintero.

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