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Una curiosa pasión

La política española va más rápida que las palabras. Los periódicos no consiguen tomarle el pulso a la actualidad política.

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La política española va más rápida que las palabras. Los periódicos no consiguen tomarle el pulso a la actualidad política. Las tomas de posiciones políticas de los diferentes partidos van por un lado y los periódicos y sus intelectuales, por desgracia para la democracia, van por otro. No hay opinión pública política fuera de la agenda de los partidos emergentes. Pero los creadores de opinión pública política carecen de criterios para mirar con los mismos ojos a los derrotados y a los victoriosos, a los amigos y a los enemigos. El asunto es serio, muy grave, cuando se pierde el mínimo grado de imparcialidad para analizar lo real. Es tan dramático el problema que, precisamente, por eso nacen viejos los periódicos. Abundan editoriales destrabados de la nueva situación política que han traído las elecciones del 24-M, son legión los periodistas e intelectuales incapaces de hacerse cargo de las aportaciones de los nuevos discursos políticos y, en fin, dominan los falsos cínicos que creen saberlo todo porque, en realidad, no saben nada.

Un ejemplo extremo de idiocia política, o peor, de diplopía intelectual sobre la política española la leí el martes en El País; uno de sus más conocidos columnistas, un intelectual de la cuadra de Prisa, Félix de Azúa, decía que "de Podemos sólo conocemos su impulso negativo, pero nada de lo afirmativo, si lo hay. De Ciudadanos sabemos un poco más, pero es insuficiente". Nadie estaría más en desacuerdo que yo con esta opinión. Es cierto que Podemos tiene el estro clave de su programa en la ira, la rabia y el odio a un sistema político basado en el bipartidismo, pero de ahí no se deriva que no conozcamos su fuerza afirmativa. Claro que está a la vista de quien tenga mirada limpia para descubrir la afirmación en la negación. Es obvio su impulso afirmativo en la crítica radical de un sistema político que trae, por un lado, terribles desigualdades sociales y, por otro lado, es incapaz de regenerar y limpiar de corrupción la vida democrática a través de la transformación de algunas de sus reglas básicas. Si eso no lo vemos en Podemos, por mucho que despreciemos su ideología y su forma de hacer política, entonces hemos perdido completamente el sentido de la imparcialidad homérica a la hora de relatar lo real. Estaríamos perdiendo uno de los logros más grandes de nuestra civilización: la pasión de la objetividad.

Y de Ciudadanos también sabemos mucho, muchísimo, o acaso no es sabiduría que, durante diez años, hayan mantenido una misma idea sobre la unidad de España a través de su impulso negativo, o sea, su crítica contundente a los nacionalismos vasco y catalán, partidos con los que han estado negociando, durante más de treinta años, el PSOE y el PP. Sólo por eso, por esa voluntad negativa, ese nihilismo extremo practicado por Ciudadanos contra el independentismo nacionalista, merece ser votado este partido, llamado Ciudadanos, en toda España.

Las exclamaciones impostadas y las hipérboles comparativas nunca son buenas fórmulas para combatir esa curiosa pasión, como la llamaba Hannah Arendt, que se conoce en Occidente con el nombre de "objetividad por la integridad a cualquier precio. Sin ella jamás habría nacido ninguna ciencia". Sí, queridos lectores, me parece hiperbólica e impostada la conclusión de la columna de Azúa: "¡Qué bien, ya estamos un poco más cerca de Grecia!".

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