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LOS CRÍMENES DEL COMUNISMO

La guerra de China contra el Falun Gong

Han pasado 20 años desde la masacre de la Plaza de Tiananmen, y el régimen comunista de China no se ha movido un milímetro.

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El Gobierno no tiene ningún motivo para lamentar sus crímenes durante "la tormenta política de finales de la década de los años 80," dijo el mes pasado a la prensa un portavoz del Ministerio de Exteriores en Pekín. "China ha logrado un éxito notable en su desarrollo social y económico. Los hechos han demostrado que la vía socialista con matices chinos que seguimos revierte en los intereses fundamentales de nuestro pueblo".

Como eufemismo de dictadura salvaje, "la vía socialista con matices chinos" puede que no llegue al nivel de, pongamos, el "Gran Salto Adelante" o "Gran Revolución Cultural Proletaria". Y ciertamente la abundancia material y el alboroto capitalista que caracteriza a buena parte de la China del siglo XXI han dejado muy atrás las hambrunas masivas y el caos inenarrable que devastaron el país durante el siglo XX. Pero no se lleve a error: la Junta de Pekín no es más amable ni agradable hoy de lo que lo fue en Tiananmen hace 20 años, y no está menos dispuesta a aplastar a cualquiera que se resista a su control absoluto del poder político.

Quizá nada demuestre mejor la implacabilidad totalitaria de los dictadores de China como su despiadada persecución del Falun Gong, una disciplina cuasi-religiosa de meditación y ejercicios de respiración, combinados con enseñanzas morales sobre la verdad, la compasión y la paciencia. Según cualquier estándar civilizado, sería incomprensible que algo tan pacífico e inocuo pueda despertar una represión sangrienta. Pero el incivilizado Gobierno de China teme a cualquier movimiento que no controle, y el Falun Gong –con sus elevados valores, tan distintos a la ética estalinista del régimen– ha atraído a decenas de millones de fieles, al margen del Partido Comunista.

Torturas cometidas contra los practicantes del Falun GongLa campaña de Pekín para suprimir el Falun Gong no tiene nada de sutil. El Centro de Información Falun Dafa describe varias de las técnicas de tortura que utiliza el Gobierno para lograr que se derrumben sus prisioneros. Las quemaduras, por ejemplo. En centenares de casos que se han dado a conocer, la policía o las autoridades de los campos de trabajo han utilizado cigarrillos, encendedores de coche o planchas al rojo para causar quemaduras a los fieles del Falun Gong en la cara, torso y genitales.

Otras víctimas han sido introducidas a la fuerza en mazmorras inundadas; encerrados en jaulas sumergidas en aguas fecales. "Algunas mazmorras acuáticas... tienen puntas afiladas que sobresalen en el interior de las reducidas jaulas," relata el centro. "Generalmente, las mazmorras son habitaciones o celdas ocultos en donde los fieles son obligados a permanecer durante días y noches sin final en la más absoluta oscuridad. El agua es la mayor parte de las veces extremadamente asquerosa, conteniendo basura y residuos del alcantarillado que causan úlceras en la piel de las víctimas." Otros métodos de tortura incluyen las cargas eléctricas, la "alimentación" brutal forzosa con agua salada concentrada o aceite de pimienta al rojo, o inyecciones de psicotrópicos que causan daños cerebrales y son capaces de inducir "horribles estados de dolor físico y angustia mental".

Colectivos independientes han hecho sonar numerosas alarmas con la inhumana guerra de China contra el Falun Gong.

CorazónEl ponente especial para ejecuciones extrajudiciales de Naciones Unidas ha citado informes de "horrorosas escenas" de presos Falun Gong que fallecen bajo custodia del Gobierno a causa de su tratamiento, y observando que "la crueldad y la brutalidad de estos presuntos actos de tortura desafía toda posible descripción". Amnistía Internacional y Human Rights Watch han destacado repetidamente la agonía provocada a los practicantes del Falun Gong. Lo mismo han hecho un puñado de valientes abogados chinos, entre ellos Gao Zhisheng y Li Heping. En el año 2007, el letrado canadiense David Kilgour, antiguo fiscal y parlamentario, fue uno de los autores de un detallado informe que documentaba la cosecha sistemática de órganos humanos procedentes de fieles del Falun Gong en prisión, destinados a abastecer la lucrativa industria del trasplante que tiene China.

Todas estas atrocidades, por supuesto, suponen sólo un pequeño carril de ese "camino socialista de matices chinos" que Pekín defiende con tanta firmeza. El Gobierno de China no es menos virulento en su persecución de los cristianos devotos, los budistas tibetanos o los disidentes democráticos que aspiran a una mayor libertad que con los periodistas que no siguen a rajatabla el discurso del Partido Comunista, los incontables reclusos esclavizados en los campamentos "de reeducación a través del trabajo" o las mujeres que quieren decidir por sí mismas cuántos hijos quieren tener.

Veinte años después de los gritos, la sangre y la carnicería de la Plaza de Tiananmen, la República Popular de China sigue siendo una colosal mazmorra. "China es sobre todo un régimen opresor," ha escrito el afamado académico de China Ross Terrill. "La inmutable clave de todas las políticas de Pekín es que la nación está gobernada por una dictadura leninista que pretende seguir siéndolo". Ésa era la verdad en 1989. Lo sigue siendo hoy.
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