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Era la educación, estúpidos

Si consideramos que son los individuos quienes, con su esfuerzo, inteligencia y capacidad innovadora, pueden crear riqueza y hacer progresar la sociedad, no tendremos más remedio que admitir que la educación es un elemento clave para el desarrollo.

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El 13 de mayo de 1940 Chamberlain presentó ante el Parlamento británico su dimisión como primer ministro. La sucesión recayó sobre Winston Churchill, que desde hacía menos de un año ocupaba el puesto de Primer Lord del Almirantazgo.

Churchill formó un gobierno de coalición nacional de conservadores, laboristas y liberales. Su prioridad absoluta era ganar la guerra a Hitler así que no tuvo remilgo alguno en poner los asuntos internos del país bajo la supervisión del líder del partido laborista, Clement Attlee. Las únicas diferencias con Attlee, escribió Churchill en sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, se referían al socialismo, "pero se las tragó una guerra que pronto exigió la subordinación casi total del individuo al Estado".

En ese gobierno de coalición, Churchill nombró secretario de estado de Educación a un conservador por el que nunca había sentido demasiado aprecio, Red Butler, con el encargo de reformar el sistema británico de educación. Al comenzar la década de los cuarenta, apenas una quinta parte de la población británica tenía acceso a la enseñanza media. Churchill era consciente de que la sociedad sufriría una notable transformación después de la Guerra y que sería necesario dotar al sistema educativo de una estructura que permitiese el acceso de un sector mucho más amplio de la población a estudios secundarios.

Con la supervisión de Attlee, Butler elaboró la Ley de Educación de 1944 (Education Act 1944), con el principal objetivo de establecer un sistema que permitiera escolarizar a toda la población menor de 18 años. La nueva ley extendió hasta los 15 años la edad de escolarización obligatoria y estableció tres tipos diferentes de escuelas de secundaria, que se llamaron Grammar, Technical y Modern Schools.

La ley dispuso que a los 11 años, una vez terminados los estudios de Primaria, todos los escolares realizaran un examen, al que se llamó Eleven Plus (11+). Solamente aquellos que lo aprobaran podrían ingresar en una Grammar School. Estas escuelas, totalmente gratuitas, ofrecían una formación académica muy exigente y preparaban directamente para acceder a la Universidad.

Desde los años veinte, con el argumento de que sólo con una educación igual para todos se podía aspirar a una sociedad más igualitaria, los socialistas europeos habían defendido un modelo unificado de escuela desde la primaria a la universidad. Probablemente los laboristas consideraron el sistema tripartito de Butler demasiado elitista y segregador y presionaron para que la ley permitiera, además, la creación de unas Comprehensive Schools que ofrecieran los tres sistemas integrados sin necesidad de que los niños pasaran examen alguno. Desde entonces, la defensa de las Comprehensive Schools se convirtió en la esencia del proyecto educativo del Partido Laborista.

En los años sesenta se fueron abriendo cada vez más Comprehensive Schools a las que se incorporaron todas las experiencias pedagógicas con caché de progresistas e innovadoras de la época. Por el contrario, la enseñanza de las selectivas Grammar Schools se caracterizó por ser disciplinada, exigente y tradicional.

La coexistencia de los modelos se mantuvo mientras los conservadores ostentaron el poder. En 1965, tras el triunfo electoral de los laboristas, el nuevo primer ministro, Harold Wilson, nombró secretario de estado de Educación a Anthony Crosland, un hombre que se había distinguido por su ataque feroz a las Grammar School y su defensa a ultranza del modelo comprensivo.

Anthony Crosland (1918-1977) pertenecía a una familia de la aristocracia británica, había estudiado en los mejores y más elitistas colegios y universidades de Inglaterra y combatido heroicamente en la Segunda Guerra Mundial. Crosland ha sido considerado como uno de los intelectuales que más influencia tuvo el "nuevo laborismo". En 1956 publicó el libro The Future of Socialism, en el que sostenía que el pensamiento socialista sólo podría perdurar si se sometía a una profunda revisión. Explicaba que para alcanzar una sociedad más igualitaria era más importante reformar la educación que nacionalizar la industria. Crosland apostaba por un sistema de enseñanza integrador, uniforme y no selectivo ni elitista.

Fiel a sus principios, cuando fue nombrado secretario de estado de Educación, Crosland decidió implantar en todo el Reino Unido, y de una forma definitiva, las Comprehensive Schools. A él se ha atribuido una cita que permite comprender la importancia que el gurú del nuevo laborismo daba a la educación: "Aunque sea lo último que haga en mi vida destruiré todas las fucking Grammar Schools en Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte".

Pocos meses después de ocupar su cargo, Crosland publicó la Circular 10/65 que obligaba a todas las autoridades locales a modernizar sus escuelas con el sistema "comprensivo". En los años siguientes sólo se construyeron Comprehensive Schools y las autoridades educativas obligaron a integrar los tres modelos, Grammar, Technical y Modern School, en uno único.

La Circular 10/65 fue suspendida por Margaret Thatcher en 1970 cuando el conservador Edward Heath ganó las elecciones y la nombró ministra de Educación. Pero la situación era ya irreversible. La filosofía igualitaria estaba tan extendida en la educación que hasta los conservadores creían en la superioridad moral del modelo de escuela comprensiva. La selección, la competencia, el reconocimiento del mérito escolar, la disciplina y el esfuerzo eran expresiones asociadas a un elitismo académico que se consideraba perjudicial para la educación de los futuros ciudadanos de una sociedad democrática.

Esa filosofía igualitaria no sólo inspiró la educación británica sino también la de una gran parte de Europa occidental. La extensión de la edad obligatoria de escolarización se fue haciendo sobre la base de una misma formación para todos. La selección de los mejores estaba reñida con el principio democrático de escuela. Esta idea, que era puramente socialista, caló profundamente en la sociedad y sólo un político suicida podía ser capaz de cuestionarla.

Alemania, y algunos países de su entorno cultural como, por ejemplo, Luxemburgo, han sido los únicos en mantener un sistema tripartito similar al de la Ley Butler del 44. Resulta curioso observar cómo, desde que la crisis económica se ha apoderado de Europa, políticos, incluso de izquierdas, empiezan a sentir cierta curiosidad por ese modelo educativo germánico que hasta ahora había sido el símbolo de la más pura incorrección pedagógica y política. Suele alabarse la eficacia de la formación profesional alemana, pero eso sí, tratando de ignorar el hecho de que para algunos niños esa formación profesional empieza a los 12 años.

En 1992, Bill Clinton arrebató a George Bush, padre, la presidencia de Estados Unidos gracias al feliz eslogan inventado por James Carville, uno de los estrategas de su campaña, The economy, stupid. Se pretendía que la atención de los electores se fijara en los aspectos prácticos de la vida diaria para los que Clinton preparó una batería de medidas que, según se anunciaba en la campaña, repercutirían en su bienestar. Veinte años después, el mundo occidental contempla asustado la crisis económica que se le ha venido encima sin que nadie realmente sepa cuándo ni cómo podrá salirse de ella.

Los efectos de una buena o mala política educativa no se perciben hasta que han pasado muchos años, de ahí la gran dificultad de analizar la relación entre la economía de un país y su sistema educativo. Pero si consideramos que son los individuos quienes, con su esfuerzo, trabajo, inteligencia y capacidad innovadora, pueden crear riqueza y hacer progresar la sociedad, no tendremos más remedio que admitir que la educación es un elemento clave para el desarrollo económico y social de las naciones.

Esa formación en la responsabilidad individual, en el trabajo, la disciplina personal y el esfuerzo sólo se conseguirá con una educación muy diferente a la que se imparte en nuestros colegios, institutos y universidades. Quizás haya llegado el momento de fijar la atención de los españoles en la educación y decirles: "Era la educación, estúpidos".

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