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Recesión y recuperación: seis errores básicos II

Robert Higgs

&quote&quoteCon la Administración Obama en el poder, las perspectivas parecen favorables para una continuación de este tipo de desesperado activismo político. No puede mejorar las cosas, pero sí que puede causar mucho daño.

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Continuación del artículo Recesión y recuperación: seis errores básicos I

4. El capital y su estructura

Como ya hemos dicho, el Keynesiano vulgar ve el stock de capital como "dado". Lo considera una especie de masiva herencia del pasado y asume que nada que pudiera añadirse o substraerse en el corto plazo del capital, cambiará lo suficiente como para que merezca la pena preocuparse por él.

Pero si le da poca importancia al capital, aún le da mucha menos, ninguna de hecho, a su estructura: los complejos patrones de especialización e interrelación entre la infinidad de específicas formas de bienes de capital en que el pasado ahorro e inversión se han materializado. En este marco de análisis keynesiano, no importa si las empresas invierten en teléfonos nuevos o en nuevas presas hidroeléctricas: el capital es capital, y punto.

Debido a que en este marco teórico la estructura del stock de capital es ignorada -incluso economistas sofisticados, como Frank Knight, han insistido en que el stock de capital es esencialmente una masa indiferenciada de valor monetario, de la que cualquier parte de ella puede sustituirse perfectamente por cualquier otra parte de igual valor monetario- no se presta atención a cómo cambios en la tasa de interés generan cambios en esa estructura del stock de capital.

Al fin y al cabo, ¿qué posible diferencia puede generar tal cambio? Esta terca ceguera ha hecho que muchos economistas, incluido el Premio Nobel de economía de 2008 Paul Krugman, hayan malinterpretado la Teoría Austriaca del Ciclo Económico como una teoría de la "sobreinversión", algo que es erróneo.

En cambio, la teoría de la que fueron pioneros Ludwig von Mises y F.A. Hayek en la primera mitad del siglo XX -una teoría que cayó casi completamente en el olvido tras la revolución Keynesiana en la macroeconomía- es una teoría de la malainversión, o lo que es lo mismo, una teoría de cómo una tasa de interés artificialmente baja conduce a las empresas a invertir en erróneos tipos de capital; en particular, en bienes de capital muy a largo plazo, como edificios industriales y residenciales, en contraste a invertir en inventarios, equipamiento, y software, con una vida relativamente corta.

Así, desde el punto de vista Austriaco, los tipos de interés demasiado bajos inducidos por la Reserva Federal (Fed), como los que existieron entre 2002 y 2005, condujeron a las empresas a sobrevalorar los proyectos de inversión en capital más a largo plazo y a trasladar su gasto en inversión en esa dirección -produciendo un auge en la construcción inmobiliaria, entre otras cosas-.

Este cambio tendría sentido económico si la tasa de interés hubiera caído en un mercado libre, donde se señalaría que la gente prefiere renunciar a más consumo ahora mediante el ahorro adicional de sus ingresos actuales. Pero si la gente no ha cambiado sus preferencias y continúan prefiriendo el consumo presente en términos relativos tanto como antes, entonces las empresas cometerán errores escogiendo este tipo de proyectos de inversión, que son, en efecto, intentos de anticipar futuras demandas que nunca se materializarán.

Cuando los proyectos comienzan a fracasar en última instancia, el auge que habían generado los tipos de interés artificialmente bajos colapsará en una recesión, con incrementos de quiebras y desempleo, puesto que los proyectos insostenibles son liquidados y los recursos trasladados, de manera dolorosa en muchos casos, hacia usos más rentables.

Dado que el Keynesiano vulgar está cegado a estas microdistorsiones y a la necesidad de su corrección, no ve ninguna necesidad en que haya quiebras y desempleo que necesariamente sirvan para acometer una sustancial reestructuración económica.

Supone lo siguiente: si el gobierno entrara en acción y usara su propio gasto público deficitario para compensar la reducción de inversión privada y gasto de consumo, entonces las empresas volverían a ser rentables y los trabajadores serían nuevamente empleados sin ningún tipo de reestructuración económica.

No es sorprendente, pues, que las personas que piensan de este modo estén actualmente trabajando para continuar con una política que contribuyó considerablemente a generar el auge insostenible de 2002-2006, a saber, la subvención de préstamos a personas que quieren adquirir en propiedad una vivienda y que no pueden cumplir las condiciones normales que les imponen los bancos comerciales para tales préstamos.

Al Keynesiano vulgar no se le ocurre que demasiados recursos ya han sido dirigidos hacia la construcción de viviendas y urbanizaciones, y que prestar a los propietarios que no pueden permitirse adquirir viviendas a no ser que sean subvencionados, representa un uso no económico de los recursos, a expensas de los contribuyentes que directa o indirectamente financian estos subsidios.

5. Malas inversiones y expansión monetaria

Con su amplia y simplista fe en la eficacia del gasto público como una forma de arreglar los desaguisados macroeconómicos, los keynesianos vulgares desprecian la cuestión de las malas inversiones, pasadas y futuras, y favorecen un gasto público que exceda los ingresos públicos, cubriéndose la diferencia (déficit) mediante deuda. Por supuesto, apoyan las acciones de la banca central para hacer ese endeudamiento más barato para el gobierno.

De hecho, ellos crónicamente prefieren el "dinero fácil" a unas políticas de los bancos centrales más restrictivas. Como se ha dicho anteriormente, prefieren el dinero fácil no solo porque reduce los costes visibles de financiar el déficit del gobierno, sino también porque induce a los individuos a pedir prestado más dinero y gastarlo en bienes de consumo -viendo tal incremento en el gasto de consumo como algo siempre benigno, a pesar de que los americanos en los años recientes han mantenido una tasa de ahorro cercana a cero-.

Reflexionando sobre esta actitud hacia las políticas de la Fed, sigo acordándome de una vieja canción country cuyo estribillo era: "caballos más rápidos, mujeres más jóvenes, whiskey más viejo, más dinero" (faster horses, younger women, older whiskey, and more money).

Los keynesianos vulgares no pasan mucho tiempo pensando con preocupación acerca de una inflación potencial; por el contrario, están obsesionados con un miedo irracional a, incluso, la señal más leve de deflación.

Si la inflación llegara a ser un problema innegable, podemos contar con ellos para apoyar los controles de precios, los cuales, basados en un conocimiento superficial de tales controles durante la Segunda Guerra Mundial, pueden funcionar bien, sostienen convencidos.

6. Incertidumbre de régimen

Los keynesianos vulgares son, sobre todo, activistas políticos. Como Franklin D. Roosevelt, piensan que el gobierno debería "intentar algo", y si no funciona, intentar algo diferente. Aún mejor es que el gobierno intente un puñado de cosas a la vez, y que si no funcionan, entonces continúen inyectando más dinero e intentar algo más. Las épocas que consideran más gloriosas en la historia político-económica de los Estados Unidos son la primera legislatura del presidente Roosevelt, y los primeros años de Lyndon B. Johnson en la presidencia.

En estos periodos, fuimos testigos de un enorme flujo de nuevas medidas gubernamentales para gastar, gravar, regular, subsidiar, y generalmente crear daños económicos a gran escala. Los planes ambiciosos de la administración Obama para avanzar la acción del gobierno en muchos frentes llena a los keynesianos vulgares de esperanza de que un tercer Gran Salto Adelante haya ahora comenzado.

El keynesiano no entiende que el extremo activismo a favor de distintas políticas puede perjudicar a la prosperidad económica creando lo que he denominado como "incertidumbre de régimen", una profunda incertidumbre sobre la misma naturaleza del inminente orden económico, especialmente, en lo que respecta a cómo el gobierno tratará los derechos de propiedad privada en el futuro.

Véase mi trabajo, en el que aplico este concepto para analizar por qué la Gran Depresión fue tan prolongada. Este tipo de incertidumbre especialmente desanima a los inversores para poner dinero en proyectos de largo plazo. Tal inversión, que prácticamente desapareció después de 1929, no se recuperó completamente hasta después de la guerra.

Más de un observador (ver 1, 2 y 3) ha comentado en los meses recientes acerca de la situación actual, que se ha generado incertidumbre de régimen a partir de las frenéticas acciones del gobierno como los rescates públicos, inyecciones de capital, préstamos de emergencia, compras de empresas, planes de estímulo, y otras medidas extraordinarias aprobadas en menos de un año.

Con la Administración Obama en el poder, las perspectivas parecen favorables para una continuación de este tipo de desesperado activismo político. No puede mejorar las cosas, pero sí que puede causar mucho daño.

Artículo publicado originalmente en la revista The Independent Review, Volumen 14, Número 3, Invierno 2010.

Robert Higgs es economista, Investigador Senior en Economía Política del Independent Institute, además de editor de la revista académica The Independent Review. Reconocido experto en historia económica de los EEUU, especialmente del periodo de la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Es autor de, entre otros, Crisis and Leviathan y Depressión, War, and Cold War.


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