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Columna publicada el 03-10-2001
Mi mujer me señala, hoy miércoles 3, un artículo del Internacional Herald Tribune, de John Vinocur, quien opina que el gobierno norteamericano sólo tiene una confianza absoluta y total en su aliado histórico, el Reino Unido, y algo menos en los demás países europeos. No es que éstos vayan a solidarizarse con el terrorismo islámico, no, desde luego, pero pondrían posiblemente sus dimes y diretes, y sobre todo no serían capaces de mantener el secreto absoluto que exigen las operaciones que, por lo visto, se preparan.
Esto se dijo en términos más diplomáticos que los míos, durante la reunión de Ministros de Defensa de la OTAN, en Bruselas, la semana pasada. “Si os necesitamos militarmente, ya os avisaremos”, así puede resumirse la postura de Washington. Pese al cabreo de ciertos gobiernos europeos, y aunque Schroeder y Fisher parezcan mucho más resueltos que los franceses, pongamos, yo creo que los norteamericanos tienen razón. Las guerras son siempre tremendas; principalmente porque hay muertos, pero también, particularmente en una guerra como ésta, aún no comenzada, que exige el secreto y limita por lo tanto, la libertad de expresión y la discusión pública de sus más importantes detalles, tanto en la prensa, como en los parlamentos. La historia nos enseña que si ganan, se les aplaudirá, y si pierden, se les echará en cara a los anglosajones su falta de democracia y de su solidaridad.
Menos mal que Henri Bourbon d’Orleans, hipotético, y casi patético heredero del trono de Francia, nos da la solución en una tribuna de Le Figaro este mismo miércoles, día 3. Empleando los términos de Pierre Bourdieu o Ignacio Ramonet, deletrea que... ”los ricos, son cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres” en nuestra “agonizante civilización”. Comienza así su artículo: “el símbolo del capitalismo triunfante y de la dictadura del dinero, ha desaparecido, como cuando se sopla la llama de una vela”.
Y ¿de qué vive ese señor? Parece que no sólo se alegra con los atentados, sino que dictamina que los sunitas, siendo todos buenos, y los chiítas todos infames asesinos, a Occidente le bastaría aliarse con las monarquías sunitas para que la paz y la felicidad reinaran por doquier. Y ¿qué pasa con las monarquías sunitas que subvencionan a terroristas chiítas, sunitas y nacionalcomunistas? Y además, aliarse ¿con qué objetivo? ¿El de destruir el capitalismo y su “dictadura del dinero de nuestras agonizantes civilizaciones”? A veces pienso que las repúblicas tienen sus ventajas.
El gobierno galo repite, y se repite, que en Tolosa lo tiene todo bajo control: ha enviado un equipo de psicólogos y de psiquiatras, a la que fue capital del Reino de Navarra. Esta es una manía socialburócrata francesa; a cada accidente de cualquier tipo, a cada atentado de cualquier tipo, envían fuertes equipos de “psicoatras”. Lo consideran como el nec plus ultra de la modernidad, pero demuestran que toman a los ciudadanos por infantiles cretinos, y sobre todo, gracias a medidas terapéuticas y tranquilizadores tranquilizantes (su modelo es la utilización en la URSS de los asilos psiquiátricos contra los disidentes), evitar todo gesto desesperado, todo cabreo políticamente inconveniente. Big Brother lo controla todo.
Lo mismo puede decirse de la última decisión del Gobierno para luchar contra el paro creciente. Si Martine Aubry fue modelo de ministra autoritaria, su sucesora E. Guigou, es un modelo de gafe desde que murió su padrino, Mitterrand. Ha decidido crear 30.000 nuevos lumpenfuncionarios. En cambio, y cuando hay un gravísimo problema de formación profesional en todos los sectores, trátese de trabajos manuales o de nuevas tecnologías, sólo proponen unas prácticas inadecuadas de formación a 20.000 parados. Otro aquelarre.

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