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¿Hay salida? (VIII): Mentir sí es un pecado y grave

En aquellas naciones donde triunfó la Reforma del siglo XVI o que nacieron bajo su impulso, como los Estados Unidos, la mentira siempre se ha considerado una cuestión muy seria

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Otra de las consecuencias de que España se quedara en el campo de la Contrarreforma fue que, al igual que naciones como España, Portugal o Italia, la mentira fue contemplada no como una lacra que resulta intolerable en el trato político y profesional sino como algo de escasa importancia – pecado venial – si no incluso motivo de alabanza social.  Esa visión se mantiene hasta el día hoy causando unos daños de incalculable magnitud.

Me lo decía hace unos días el director de la sucursal española de una importante multinacional presente en ochenta naciones.  "El problema que tenemos en España es que los españoles no cumplen lo pactado.  Te mienten.  Te engañan.  Piensan en cómo jugártela.  Ni siquiera lo acordado por escrito tiene valor.  Por supuesto, no todos son así, pero el resultado es que nuestro presidente cuando se le habla de españoles piensa que esto es como Guinea Ecuatorial…".  El relato era triste, pero - ¡ay! – nada inhabitual.  Aún recuerdo la sorpresa que experimenté hace más de treinta años cuando un compañero del colegio que se dedicaba a la topografía me contó cómo su empresa, una importante multinacional española, se dedicaba a engañar a cierto gobierno del norte de África.  "El caso es que estamos quedando fatal" – me dijo – "Luego nos extrañará si se nos cierran los mercados…"
 
Se alegará – con razón – que hay españoles serios, cabales, formales, honrados y es verdad, pero no puede negarse que la sociedad española, como todas las católicas, es indulgente con la mentira.  En esta cuestión, como en tantas otras, la moral católica es más heredera de ciertas concepciones procedentes del paganismo que de las páginas de la Biblia.  Un derecho romano que consideraba irrelevante ciertas mentiras que no influían en el tráfico jurídico acabó teniendo más peso en la visión de la católica de la mentira que el contenido del Decálogo y, al fin y a la postre, la mentira acabó situada en el estante, ciertamente liviano, de los pecados veniales esos que no precisan de acudir al tribunal de la penitencia para ser lavados y que pueden verse disueltos, por ejemplo, mediante el sencillo expediente de santiguarse con agua bendita.
 
El resultado de esta peculiar visión es que un pecado venial – por mucho que nos moleste cuando somos sus víctimas – no puede ser, en buena lógica, la causa de la caída de un político o de una derrota electoral.   Por supuesto, me consta que la izquierda utilizó la referencia a la mentira para cambiar la intención de voto tras los atentados del 11-M, pero todos sabemos que quien más se refirió a los peligros de “un gobierno que les mienta” fue uno de los mayores embusteros de los últimos tiempos, llamado Rubalcaba, y que esa característica que tan bien lo define no ha sido obstáculo para su propio medro político.   Pero ¿por qué no iba a suceder todo eso si, a fin de cuentas, sólo ha ido enhebrando un pecado venial con otro?
 
No se trata de un problema vinculado sólo a la política.  Un personaje que dirigiera un programa de radio donde se diera una noticia falsa sobre terroristas suicidas durante unos atentados como los del 11-M estaría acabado profesionalmente en Estados Unidos, en Noruega, en Holanda o en Gran Bretaña.  En España, por el contrario, un sujeto así continuó su carrera – aunque fuera a trompicones – y, si no me he quedado atrasado en mi conocimiento de su trayectoria, sigue cobrando pingües cantidades como consejero de un importante grupo mediático.  Pero ¿por qué no iba a ser así si tan sólo cometió un pecado venial?
 
La mentira no impidió, desde luego, a Felipe González o a ZP revalidar sus éxitos electorales y lo mismo podría decirse de otros personajes ubicados en otros puntos del arco electoral.  Es más.  Dado que las acusaciones – no pocas veces correctas – vienen desde el otro lado suele ser habitual que incluso refuercen al embustero entre los de su tribu.  Pero ¿por qué habría de ser de otra manera tratándose de un pecado venial?
 
Esa concepción venial de la mentira se halla tan arraigada en nuestra cultura que un héroe noble como el Cid engaña en el Cantar a dos judíos en lo que se considera una acción admirable y digna de imitar; que el Gran Capitán sigue provocando nuestro aplauso por haberle presentado a Fernando el Católico unas cuentas que recuerdan a los EREs de la Junta de Andalucía; que nuestra literatura cuenta entre sus aportes más geniales una serie de novelas protagonizados por los embusteros por antonomasia que son los pícaros o que todavía seguimos aplaudiendo a los que, de una manera u otra, se las ingenian para eludir su obligación recurriendo al embuste.  Como diría un conocido cómico refiriéndose al timo de la estampita: "el verdadero timador es el que acaba siendo timado.  Los otros son sólo dos pillines". Pillines de código penal podría haber añadido. En aquellas naciones donde, por el contrario, triunfó la Reforma del s. XVI o que nacieron bajo su impulso como los Estados Unidos, la mentira siempre se ha considerado una cuestión muy seria. Para llegar a esa sencilla conclusión, se partía de la base de que se encuentra entre las diez normas contenidas en el Decálogo al lado de mandamientos como la prohibición de asesinar, de cometer adulterio, de rendir culto a las imágenes o de adorar a otros dioses (Éxodo 20: 1-17).  Se podrá decir que un asesinato es peor que mentir, pero, desde luego, lo que no puede ser la mentira es materia venial cuando la prohibición va acompañada de prohibiciones tan graves.  En ese sentido, no sorprende que cualquier acto tiznado por la falsedad sea considerado enormemente grave en esas naciones.  No se trata sólo de que un político embustero no es digno de confianza y que, descubierto, puede ir tomando el camino del retiro sino que, por ejemplo, entregar un cheque sin fondos se paga con la cárcel.  Me consta que para no pocos españoles, semejante visión es demasiado rigorista, pero ¿de verdad es así?  En otras palabras, ¿si un político, por ejemplo, engaña a su esposa con la que le une un voto si no sagrado al menos claramente solemne por qué iba a ser más de fiar en sus tratos con unos ciudadanos que no están vinculados con él por ceremonia semejante?  O por seguir con los dos ejemplos citados, ¿le puede extrañar a alguien que en España los comercios no acepten generalmente cheques en pago mientras que en Estados Unidos incluso se dan por buenos los endosados por un tercero?  En el primer caso, nos encontramos – como en Italia o Portugal – con una sociedad que no se fía de si misma porque sabe que los embusteros no son materia escasa y porque además es consciente de que no hay castigo para ellos y, en el segundo, con otra en que los instrumentos del tráfico comercial son normalmente aceptados porque la verdad es un principio de comportamiento esencial cuyo quebrantamiento recibe rápida y general sanción.
 
Me refería antes a los embustes del Cid, del Gran Capitán o de nuestros pícaros.  Durante siglos, el referente para los niños estadounidenses fue un George Washington infantil que destrozó un cerezo a hachazos, pero que, preguntado acerca de quién había perpetrado aquella mala acción, no osó mentir sino que prefirió decir la verdad y recibir un castigo merecido. Sea o no apócrifo el relato, el modelo no era el del espabilado mentiroso sino el de aquel que siempre dice la verdad aunque le cueste arrostrar sus consecuencias. La venialidad de la mentira había sido sustituida, como en cualquier cultura puritana, por el seguimiento de la verdad con todas sus consecuencias.
 
Escribía Solzhenitsyn a inicios de los años setenta del siglo pasado que había decidido adoptar como arma – la más eficaz – contra la dictadura soviética el rechazo total y absoluto de la mentira.  Estaba convencido el genial escritor de que si los ciudadanos de la URSS, en un número importante, se negaban a escuchar mentiras, a seguirlas, a respaldarlas, el sistema acabaría desplomándose.   Ciertamente, la URSS se colapsó, un acontecimiento que, como en cierta ocasión me confesó Antonio López Campillo, sería suficiente por si solo como para creer en la existencia de Dios.  Pero, fueran cuáles fueran las razones de su final, lo cierto es que si los españoles desean ver desplomarse algunos de sus peores males, previamente, necesitan abandonar el concepto secular de que la mentira es un pecado venial y asumir que la mentira es reprobable.  No sólo eso sino que nunca debe quedar impune.
 
Si, siguiendo el consejo de Solzhenitsyn, nos apartáramos de la mentira, convirtiéramos la veracidad en nuestra norma de conducta, hiciéramos honor a nuestra palabra y contempláramos con auténtico horror la simple idea de que faltar a la verdad puede ser un pecado venial, el cambio que experimentaría nuestra nación resultaría espectacular.  Los efectos en la economía – dotada de una enorme seguridad indispensable para la prosperidad – en la política – mucho más higienizada tras verse libre de embusteros - y en la vida cotidiana resultarían, sin duda, no sólo beneficiosos sino, por añadidura, gigantescos. Con todo, a pesar de la importancia de ese paso, resultaría insuficiente.
 
(Continuará)

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