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Oriente Próximo

La paciencia de Israel

Desde un punto de vista puramente analítico, el Estado de Israel, entre otras cosas y Start Up Nation mediante, debería ser calificado como uno de los países más pacientes. Desde el año 2001, los grupos terroristas palestinos, encabezados por Hamás y la Yihad Islámica, han lanzado sobre el sur de Israel 12.800 cohetes... y subiendo. Desde el modelo Qassam –que la prensa europea siempre calificó de "artesanal"– hasta el Grad, en su versión iraní, la lluvia de cohetes ha sido incesante. En los últimos dos días han caído más de 351, llegando a alcanzar Tel Aviv, el centro económico del país, y las afueras de la capital, Jerusalén.

La desolación dejada en estos once años se respira, por ejemplo, en Sderot, ciudad situada apenas a un kilómetro de la Franja de Gaza, donde hay refugios por doquier, situados estratégicamente para que cualquier ciudadano pueda llegar a ellos en menos de 15 segundos, el tiempo que tarda en llegar el proyectil desde que la sirena lanza el aviso. Encontramos refugios incluso en los parques infantiles.

Israel abandonó Gaza en 2005, una vez concluida una Segunda Intifada que sembró de terroristas suicidas todo el país durante cuatro años, y después de que un cohete se cobrara sus primeras víctimas, en junio de 2004: un niño de cuatro años, Afik Zahavi, y su abuelo de cuarenta y nueve, Mordejai Yosepov. El ejército sacó de la Franja a sus propios ciudadanos a punta de fusil, y a su salida vieron cómo las sinagogas fueron quemadas; los miembros de Hamás y Al Fatah se ocuparon también de saquear los invernaderos.

Tras la desconexión de Gaza, el lanzamiento ininterrumpido de cohetes contra los ciudadanos israelíes se intensificó, sobre todo desde que Hamás, tras una lucha fratricida contra las fuerzas de Al Fatah, se hiciera con el control de la Franja en el verano de 2007. Israel, ante esta situación, inició en los últimos días de 2008 la operación Plomo Fundido, que incluía una ofensiva terrestre para minimizar las víctimas civiles entre los palestinos –a diferencia de lo que, por ejemplo, hizo la OTAN en Belgrado, que bombardeó desde el aire y sin sacrificar hombres en tierra–.

Por otro lado, desde el verano de 2006, la sociedad israelí languideció por el secuestro de uno de sus soldados, Gilad Shalit, que estuvo cautivo cinco años, durante los cuales Hamás no permitió que lo visitara nadie, ni siquiera la Cruz Roja. Finalmente, el Gobierno de Israel intercambió a Gilad Shalit por 1.027 terroristas palestinos, 200 de ellos responsables de los más terribles atentados, como el de la pizzería Sbarro en Jerusalén (2001) o el del Hotel Park, en Haifa (2002).

En relación con lo que sucede en Gaza, cabe recordar que Israel fue objeto de un asalto internacional a su legitimidad en mayo de 2010, cuando la Flotilla de la Libertad, autocalificada de humanitaria y organizada por la ONG islamista IHH, forzó un choque violento contra la Marina israelí, recibiendo a los soldados israelíes que abordaron el buque Mavi Marmara con balas y cuchillos, mientras el premier gazatí y líder de Hamás, Ismail Haniye, les esperaba en las playas de la Franja con los brazos abiertos. Es cierto, nos quedamos sin la foto de los activistas humanitarios abrazados al líder de un movimiento islamista, terrorista y misógino.

Dichos activistas también intentaron, en los últimos dos años, con la llamada flytilla, colapsar el aeropuerto internacional Ben Gurion. Las autoridades israelíes les entregaron una carta agradeciéndoles que visitaran la única democracia de Oriente Medio, y les aconsejó que, si se preocupan tanto por los derechos humanos, se dejaran caer por Damasco.

Los ciudadanos del sur de Israel llevan once años corriendo, interrumpiendo su vida día y noche para buscar la salvaguarda bajo un techo reforzado. Han muerto 61 y 1.791 han resultado heridos, sin mencionar los síndromes de estrés postraumático, los desplazados y el impacto socioeconómico.

Es una situación que ningún país puede, ni debe, soportar.

Durante los últimos años El Estado de Israel y sus ciudadanos han demostrado una paciencia increíble ante el terrorismo de Hamás. Sin embargo, parafraseando a la mítica líder sionista Golda Meir –"el único hombre de mi Gobierno", dijo un día de ella Ben Gurión–, los israelíes no tienen otra alternativa: su continuidad depende de su lucha y de su resistencia.

Elías Cohen, analista político. Autor del blog carreterabirmania.com.

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