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Columna publicada el 13-04-2003
El Fondo Monetario Internacional no sólo necesita una reforma en profundidad en lo que se refiere a su papel en el mundo –debería desaparecer pero, por lo visto, esa es una de esas ideas que todos tienen en mente y nadie quiere ejecutar. Necesita también, y ante todo, un cambio espectacular en la plantilla que elabora los estudios e informes de la institución financiera multilateral. Las recomendaciones que realiza el FMI se basan en paradigmas y análisis de política económica de la primera mitad del siglo XX, cuyos errores se ha encargado de demostrar la historia y que la Ciencia Económica superó hace tiempo.
De entrada, el FMI lleva años en los que sus previsiones macroeconómicas fallan más que una escopeta de feria. No es que no acierten, es que son de los que más lejos se quedan de la realidad, tanto cuando se refieren a la economía mundial en su conjunto como cuando hablan de zonas o países concretos. Solamente por la magnitud de estos fallos ya habría que tomarse con bastante precaución lo que dice el Fondo en sus informes.
Más grave aún es lo de sus recetas económicas. Después de que Milton Friedman demostrara en los años sesenta que las bajadas de los tipos de interés no tenían efecto alguno de reactivación sobre economías en crisis más que a muy corto plazo y, por el contrario, frenaban el crecimiento a medio y largo plazo porque había que endurecer la política monetaria para combatir la inflación creada por su laxitud previa, el FMI acaba de descolgarse con la recomendación de reducir el precio oficial del dinero en Estados Unidos y en la zona del euro para reactivar sus economías. Gran error. Los tipos de interés a ambos lados del Atlántico se encuentran en niveles históricamente bajos y, aún así, la actividad productiva no remonta el vuelo por diversas razones, algunas de ellas generales –caída de la confianza de consumidores y empresarios como consecuencia de las incertidumbres geopolíticas– y otras particulares –falta de reformas estructurales en Alemania. Además, la experiencia de Japón, donde los tipos de interés reales son negativos desde hace bastante tiempo demuestra la inutilidad de esta medida: el Archipiélago lleva más de diez años en crisis, incluyendo cuatro recesiones, y no se sabe cuando saldrá de ella. Y, por si fuera poco, el propio Keynes, cuyas ideas inspiran a los técnicos del FMI, ya advirtió en su Teoría General que cuando los tipos de interés son tan bajos como los de ahora y se reducen aún más, la medida no tiene impacto alguno sobre la actividad productiva porque como todo el mundo piensa que, en breve, volverán a subir, nadie pide créditos para consumir o invertir. Es lo que el propio Keynes bautizó como “la trampa de la liquidez”.
Por si no fuera bastante con esto, el FMI ha recomendado, además, una política fiscal expansiva, esto es, más gasto público aunque aumenten los déficit presupuestarios. Eso es un gran error porque semejante medida crea inflación y fuerza una subida de los tipos de interés para controlar las tensiones sobre los precios y obtener los recursos necesarios con los que financiar ese déficit. Dicha subida de tipos va contra el crecimiento, no a favor, y tiene el problema añadido de que, al detraer recursos del sector privado para financiar el desequilibrio presupuestario, limita la capacidad de inversión de las empresas y, con ello, la de la economía para crecer, generar puestos de trabajo y crear bienestar social.
El FMI, sin embargo, sigue defendiendo estas recetas trasnochadas, y lo hace, además, con ahínco y entusiasmo. Con estas posiciones, no es de extrañar el rechazo que suscitan sus recomendaciones, sobre todo en los países que se ven obligados a aplicarlas para poder mantener abierto el acceso a los mercados financieros internacionales. ¿Qué credibilidad va a tener el Fondo diciendo lo que dice y haciendo lo que hace? Ninguna.

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