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PENSAMIENTO ÚNICO

El opio latinoamericano

Hana Fisher

El resultado de las recientes elecciones en Nicaragua, donde volvió a ganar Daniel Ortega, nos obliga a reflexionar seriamente acerca de la idiosincrasia de los latinoamericanos. Un dicho popular afirma que “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. Me pregunto, ¿no es ese un razonamiento simplista? ¿Realmente puede alguien pensar, que alguna población merece vivir bajo la miseria, la opresión, la falta de justicia y la tiranía? ¿Nuevamente vamos a caer en el pensamiento falaz que atribuye a la propia sociedad los males que padece?

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No lo creo. Por el contrario, estamos persuadidos de que si los electores de esta parte del mundo vuelven a caer reiteradamente en los mismos errores no es por masoquismo sino por ignorancia. Es importante que hagamos una precisión: cuando hablamos de “ignorancia” no nos estamos refiriendo a la falta de educación. Nos estamos refiriendo a lo que se suele tildar de “oscurantismo”. Es decir, una formación que en vez de liberarnos de los errores, de enseñarnos a abrir los ojos, nos sumerge en un mundo irreal, que sólo existe en la fantasía de las personas.
 
Los latinoamericanos padecen de una deformación cultural tremenda. En la mayoría de los casos no es analfabetismo sino algo que podríamos definir como “incultura ilustrada”. Porque en el imaginario popular, el Estado ha tomado los atributos de Dios. Es decir, es algo todopoderoso e infinitamente compasivo. Los recursos que maneja, “caen del cielo”. Por lo tanto, si hay algún pedido de la población que no otorga es simplemente por maldad de sus gobernantes.
 
Esta concepción falaz es perpetuada por la enseñanza formal, la intelectualidad tanto latinoamericana como de otras latitudes y, sobretodo, por los propios políticos cuando desean conquistar los votos necesarios para alcanzar el poder. A su vez, la mayoría del los políticos ven al Estado como un botín. Un  tesoro que vale la pena apresar porque es la clave para conceder privilegios e incluso enriquecer indebidamente a los amigos, los familiares, los compañeros del partido y, al mismo tiempo, perjudicar a los enemigos. Creer en un Estado otorgador de favores es la otra cara de concebir los dineros públicos como una presa. Además, el pretender que los derechos de los ciudadanos dependen de otorgamientos y concesiones dados desde los poderes públicos y no por organismos independientes como las cortes judiciales tiene como consecuencia un orden social autoritario. Precisamente el que predomina en Latinoamérica.
 
Creemos que el “opio” que intoxica y mantiene en perpetuo estado de postración a nuestros pueblos es la cultura predominante. Aquella que pone como centro de la vida en sociedad no al individuo sino al Estado. Por eso observamos el énfasis otorgado a la “soberanía”, es decir, a los intereses del “país”, en desmedro de los derechos individuales.
 
¿Hay alguna solución para este problema? Sí la hay. La misma que ha liberado a otros países de la ceguera: que haya líderes  dispuestos a iluminar el camino. Guías que hagan ver lo obvio: que los Estados no pueden hacer nada, por la simple razón que sólo las personas pueden actuar o tener motivaciones. Y que la única forma que tienen los gobernantes de darle algo a algunos es quitándoselo a otros, según su arbitraria voluntad. Pero al entrar en ese jueguito, es humano que las autoridades quieran beneficiar a sus amigos.
 
Asimismo, que inculquen que la responsabilidad personal es el único camino  que conduce a afianzar la prosperidad. Para que esto  sea efectivo debe ir acompañado de ciertas medidas legales que limiten el poder de los políticos y burócratas. Entre las más importantes están la igualdad absoluta ante la ley que debe reinar entre todos los habitantes, incluyendo a los gobernantes, y la imposibilidad de que el Poder Legislativo ahogue con impuestos a la población. El recurrente problema latinoamericano es que, hasta ahora, cuando algún líder se “moderniza” no lo hace para que reine la libertad individual, sino para salvar el statu quo; es decir, a nuestros decrépitos Estados.
 
 
Hana Fisher, analista uruguaya.
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