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DESDE GEORGETOWN

En la oposición: 1995-2005

El día 22 Karl Rove se despachó contra los progresistas acusándoles de preconizar terapia y comprensión con los terroristas después de los atentados del 11-S. Rove se refirió muy precisamente a los progresistas, en particular a los radicales de moveon.org. Si se recuerda el titular de El País sobre el 11-S (aquello de que el mundo entero contenía el aliento ante las represalias de Estados Unidos), hay que reconocer que Rove no andaba descaminado en sus declaraciones, realizadas en un acto de recogida de fondos para el Partido Republicano.

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Las palabras de Rove provocaron la reacción inmediata de la plana mayor del Partido Demócrata. Si no de toda, en cualquier caso de sus cabezas más visibles. Hillary Clinton y John Kerry, entre otros, exigieron una rectificación fulminante. Está claro que han querido aprovechar la situación.
 
Efectivamente, los republicanos no están en su mejor momento. Los índices de popularidad del presidente han bajado. El respaldo a la presencia de tropas norteamericanas en Irak se sigue reduciendo. Algunos eminentes republicanos, entre ellos el senador John McCain, se han distanciado de la posición oficial. La oposición está consiguiendo que Guantánamo empiece a ser visto como una especie de campo de concentración. El nombramiento de Joe Bolton como embajador de Estados Unidos en la ONU ha sido torpedeado en el Senado, después de que se pusieran serias dificultades a otros nombramientos previos. El CAFTA lleva camino de atascarse en el Congreso, y el gran proyecto de Bush en esta legislatura, la reforma de la Seguridad Social, ha pasado a mejor vida.
 
En resumen, Bush parece haber perdido la iniciativa y los demócratas han visto la oportunidad de hacer daño.
 
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Bill Clinton.Algunos demócratas están pensando en una situación relativamente reciente de la vida política norteamericana. Cuando Clinton fue elegido, en 1992, los demócratas tenían mayoría en el Congreso. Clinton se embaló con la victoria y propuso casi de inmediato algunas medidas claramente progresistas. La más famosa fue la reforma del sistema sanitario. Clinton se propuso que esa sería su gran imagen de marca, su reforma estrella. Puso a trabajar a un considerable grupo de expertos, que produjeron un monumental documento de 1.342 páginas.
 
El mamotreto proponía un sistema sanitario completamente nuevo, centralizado y controlado por el Estado, al modo de los sistemas de salud de los países europeos. En Estados Unidos, un sistema como los europeos es difícil de concebir. Los empresarios no están dispuestos a pagar una cobertura sanitaria universal; las compañías de seguros tienen en este campo uno de sus principales negocios; la libertad en la práctica médica ofrece oportunidades que apenas conciben los profesionales de la medicina en Europa, casi completamente funcionarizados en un campo en que el mérito, la iniciativa y la creatividad tienen poca importancia o son mal vistos. El principal líder de la oposición republicana en el Congreso, Newt –por Newton– Gingrich, la llamó una "ley ajena a la cultura norteamericana".
 
Era un poco exagerado, pero no del todo. Todavía se cuenta la anécdota del director general –negro, por más señas– de Godfather's Pizza, una popular cadena de restaurantes, que le preguntó a Clinton en un debate cómo iba a pagar el seguro médico de sus empleados. Clinton le contestó que subiendo el precio de las pizzas. No era la mejor respuesta.
 
Aparte de introducir costumbres y regulaciones inusuales, además de costosas, la nueva ley requería la puesta en marcha de una gigantesca burocracia y probablemente, a medio plazo, una subida de impuestos. La propuesta de ley se empantanó en el Congreso. A pesar de contar con mayoría demócrata, Clinton no consiguió que se aprobara. La opinión pública, favorable en un principio, cambió de opinión.
 
El fracaso de su propuesta de reforma del sistema sanitario marcó la presidencia de Clinton, incluido su segundo mandato. En Clinton convivían el demócrata moderado y centrista, el mismo que en la campaña electoral había proclamado el fin del gran gobierno intervencionista, con el activista de los años 60 criado en la época del radicalismo que simbolizó la candidatura de McGovern en 1972. La reforma del sistema sanitario era el fruto de este último. De hecho, estaba directamente inspirada por Hillary Clinton, una militante política que en su muy primera juventud había apoyado al derechista Goldwater para pasarse luego, en el turbulento final de la década de los 60, a las filas de los demócratas en trance de radicalización.
 
Después de aquel episodio Clinton gobernaría como un pragmático en estado puro, sin atenerse a ideologías.
 
Su principal rival en aquel momento fue el republicano Newt Gingrich. De la misma edad, Clinton y Gingrich comparten un origen social modesto, los fracasos en los principios de sus respectivas carreras, el interés por la universidad (los dos tienen un doctorado) y una ambición política fuera de serie. Los dos son sureños, lo que indicó en su momento el creciente peso del Sur en la política norteamericana. Los dos consiguieron librarse de la guerra de Vietnam, ambos han tenido problemas matrimoniales y fueron sometidos a exhaustivas investigaciones de carácter ético y legal.
 
Gingrich había llegado al Congreso como representante de Georgia en 1978. Tenía la intención –o mejor dicho, la misión– de restaurar la pureza del ideario republicano, averiada por aquel entonces con los escándalos de la presidencia Nixon, su tibieza frente al comunismo y su escaso interés por restaurar los principios del republicanismo, es decir el gobierno austero y limitado. Gingrich, que respaldó a Reagan, no estaba del todo satisfecho con él. Para Gingrich, Reagan era demasiado amable con los demócratas, en particular con los que se sentaban en el Congreso.
 
Cuando Clinton llegó a la Presidencia, Gingrich vio una gran oportunidad para el nuevo republicanismo que él quería representar. Atribuyó la derrota de Bush padre a su deslealtad al principio conservador de no subir nunca los impuestos. Su oposición de principio a Clinton le permitía al mismo tiempo empezar a remodelar el Partido Republicano. Así, con el triunfo que para Gingrich y los conservadores supuso la retirada de la ley de reforma sanitaria, llevó a la realidad su idea del Contrato con América.
 
Gingrich es un hombre hiperactivo y apasionado con lo nuevo, a pesar de su ideología conservadora. Desde muy joven había dedicado buena parte de sus al parecer incansables energías al diseño de planes, memorandos y estrategias que permitieran restaurar la pureza del conservadurismo en el Partido Republicano. El Contrato con América fue la culminación de muchos años de trabajo. Para las elecciones legislativas de 1994 Gingrich consiguió que 300 candidatos republicanos firmaran, en una ceremonia espectacular escenificada en el Capitolio, un compromiso para introducir diez grandes medidas de austeridad y liberalización.
 
La estrategia culminó con el éxito conseguido en las elecciones de 1994. Los republicanos recuperaron el control del Congreso, que llevaba cuarenta años en manos de los demócratas. Gingrich fue elegido nuevo speaker, o presidente, de la Cámara de Representantes y se convirtió en la gran figura del nuevo republicanismo. En sus cien primeros días consiguió unificar al Partido Republicano, y que éste respaldara muchas de sus propuestas de cambio, entre ellas la reforma de los programas de bienestar, el equilibrio presupuestario, los recortes de impuestos y las medidas de austeridad en el propio Congreso.
 
La historia no acabó como había empezado. Clinton, que por un momento se dejó llevar por la ideología, se reconvirtió al pragmatismo. Se enfrentó con dureza al Congreso, como cuando vetó el presupuesto republicano, lo que llevó al cierre de las oficinas del Gobierno en las Navidades de 1995, una medida impopular que la opinión pública atribuyó a la intransigencia de los republicanos.
 
Newt Gingrich.Gingrich minusvaloró la capacidad de seducción y de maniobra de Clinton. Por si fuera poco, los republicanos se cansaron del control y de la exigencia ideológica de Gingrich, con lo que la coalición formada en torno al Contrato con América empezó a disolverse. Se vio acosado por una conspiración de su propio partido, que intentó derrocarle de la Presidencia de la Cámara y fue condenado por el Comité de Ética. Dimitió en 1998, cuando Clinton se enfrentaba a lo más duro del escándalo Lewinsky, del que consiguió salir.
 
Al terminar el mandato de Clinton volverían otra vez los republicanos, esta vez con el liderazgo de George W. Bush. El conservadurismo de Bush es muy distinto del de Gingrich: menos ideológico y menos liberal que el de éste, más preocupado también por las cuestiones morales. Gingrich es una figura de otro tiempo, de antes del 11-S. Pero gracias a Gingrich el movimiento conservador norteamericano no retrocedió, incluso avanzó posiciones durante los ocho años de la era Clinton.
 
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Newt Gingrich sigue siendo una de las figuras más maltratadas por los progresistas y por los demócratas, pero también es una fuente de inspiración en la actual situación de estancamiento. A los demócratas no les gusta sólo la idea de recuperar el Congreso, como hizo Gingrich. También parece gustarles su actitud intransigente. Lo que han hecho con la reforma de las pensiones se parece bastante a lo que Gingrich hizo con la reforma sanitaria de Clinton. Es posible que así esperen ganar las elecciones para la Cámara de Representantes de 2006, lo que devolvería el Congreso a manos demócratas y ayudaría a recuperar la Casa Blanca en 2008.
 
Ahora bien, por muchas analogías que haya entre una situación y otra, también hay diferencias sustanciales. Una de ellas es la situación del Partido Republicano entonces y la del Partido Demócrata ahora. Gingrich fue una figura de transición, fácil de caricaturizar por sus excesos retóricos y sus salidas de tono. Pero representaba un movimiento social y político que venía forjándose desde muy atrás y ofrecía un programa atractivo. Los demócratas, hoy por hoy, no tienen nada parecido. Ideológicamente, el progresismo en el que se han refugiado ha ido hundiéndose en una decadencia que parece imparable. Y no hay, por lo menos por ahora, capacidad para proponer alternativas.
 
Sobre Irak, aparte de llamar a la guerra un "error grotesco" (la demócrata Nancy Pelosi en el Congreso) y comparar al ejército norteamericano con los nazis (el senador demócrata Dick Durbin), han pedido un plazo de retirada. Es una ocurrencia digna de nuestro ministro José Bono. En cuanto a Guantánamo, algunos demócratas hablan de cerrarlo, sin explicar qué piensan hacer con los internos ni ponerse de acuerdo acerca de su estatuto jurídico. Respecto a los nombramientos de Bush, los demócratas parecen haberse refugiado en la obstrucción (lo que en Estados Unidos llaman filibuster), un procedimiento muy utilizado en sus buenos tiempos por los conservadores sureños. Así se va preparando la batalla que los demócratas quieren dar para el próximo nombramiento de un nuevo miembro del Tribunal Supremo. En contra del legado librecambista de Clinton, van a conseguir hundir el CAFTA. Finalmente, en lo que se refiere a la reforma de la Seguridad Social los demócratas no han ofrecido una sola alternativa.
 
En la oposición Gingrich era una fuente continua de ideas, mientras que ahora los demócratas, en las mismas circunstancias, apenas proponen nada. Bien es verdad que, en vista de la escasa consistencia de la política republicana, tampoco tienen mucho que hacer. Basta con esperar a que el impulso republicano de noviembre del año pasado se siga desinflando. Poco tiene que ver esta mayoría republicana con la de 1994. Esa es la segunda diferencia con la situación de hace diez años.
 

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