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EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Los aliados de Bush

"El senador John McCain, en guerra". Este es el título de un artículo del Washington Post en que se describe la situación del senador y, partiendo de ahí, del Partido Republicano después del último discurso de Bush sobre su nueva estrategia para Irak. Efectivamente, McCain, que siempre ha apoyado la guerra de Irak, no parecía muy satisfecho... después de que el presidente aceptara su principal propuesta: aumentar las tropas norteamericanas en Irak.

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Demasiado tarde, escasa energía, ausencia de planteamientos rotundos: todo eso parece estar en el origen de la falta de optimismo de McCain, que, además de no ver claro el resultado de la situación en aquel país, ve cómo sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca en 2008 se desvanecen si se desvanece la posibilidad de la victoria.
 
Héroe de guerra, pero también de temperamento depresivo, la respuesta de McCain no debe extrañar demasiado. De hecho, el único político de primera fila en activo que ha respaldado sin ambigüedad a Bush es Joe Lieberman, el senador de Connecticut; ahora independiente, emancipado ya de su larga relación con el progresismo del Partido Demócrata.
 
Entre los republicanos, McCain ha sido de los más entusiastas… Muchos no esperaban nada, como no fuera distanciarse lo más posible de un asunto que dan por perdido. Otros aspiraban a escuchar un discurso muy distinto al que hizo Bush. Pero el presidente no habló en clave derrotista, sino de compromiso; de envíos de tropas, de cerrar las fronteras, incluso de amenazar a Siria y a Irán –una forma de reactivar el clásico, y vigente, discurso del Eje del Mal–. También habló de victoria.
 
Pero lo hizo en la biblioteca de la Casa Blanca, un escenario íntimo y poco belicista, y con un registro bajo, asumiendo en buena medida, como en la entrevista que el lunes ha emitido la CBS, que se han cometido errores, muchos de ellos graves. Entre las críticas asumidas no se salva siquiera la ejecución de Sadam, que no fue responsabilidad suya. Todos esos errores están entre los hechos que le impiden ahora mandar 50 ó 60.000 soldados a Irak –con ellos se garantizaría la victoria de Estados Unidos, es decir de la libertad frente a los totalitarios islamistas–, y no los 20.000 con que se van a tener que conformar los partidarios de la estabilización de la región.
 
George W. Bush.Así que el presidente Bush, que no es un hombre particularmente arrogante, mostró un lado humano que a muchos de sus partidarios no les gusta. Pero permaneció firme ante el establishment washingtoniano, ante los demócratas desconcertados sobre la posición que deben tomar ante la decisión de aumentar las tropas (¿se atreverán a asumir el coste de la derrota?) y ante una parte mayoritaria de la opinión pública, que no confía ya en que el conflicto tenga una solución honorable.
 
Curiosamente, y como ha observado Lawrence Kudlow, un analista financiero, las bolsas han reaccionado favorablemente tras el discurso de Bush. Hay muchas explicaciones para la buena marcha de los mercados financieros: la productividad es alta y sigue subiendo, los repartos de beneficios son considerables, no parece haber riesgo de recesión y los precios del petróleo han caído de 80 a 52 dólares el barril. Ahora bien, es obvio que si hubiera habido una caída en las bolsas después del discurso de Bush, se hubiera culpado al presidente. Por eso, y aunque sepamos que una economía global depende cada vez menos de las decisiones de los gobiernos, ¿por qué no tener en cuenta la hipótesis contraria?
 
En el fondo, el discurso de Bush ha aportado, aunque menos de lo que sería deseable, algunos elementos importantes. La lucha se concentra en Bagdad, donde se van a enviar cinco de las seis nuevas brigadas. Es una evaluación justa de la situación, porque es ahí donde se concentra el 90% de la violencia que promociona en exclusiva la propaganda progresista, como si en Irak no pasara más que eso. También van a cambiar las reglas de intervención, lo que dará mayor libertad de movimiento a los norteamericanos con respecto al Gobierno de Maliki, que no se ha cubierto precisamente de gloria en muchas de sus decisiones, en particular en la forma en que se ejecutó a Sadam Husein.
 
También se están desplegando tropas en el Golfo Pérsico, lo que aumentará la seguridad en la zona, facilitará la exportación de petróleo y puede contribuir a reducir el precio del crudo –ahora que Chávez y los iraníes se han puesto de acuerdo para subirlos, con gran regocijo de los telediarios oficiales españoles–; y Estados Unidos ha atacado objetivos de Al Qaeda en Sudán y al norte de Irak. Además, el Departamento del Tesoro ha congelado los fondos del más antiguo banco iraní, el Sepah, que contribuía a financiar el programa nuclear de Teherán.
 
Puede que el presidente se sienta aislado en un Washington que parece haber perdido el rumbo, en parte por los errores de la Administración Bush, en parte por falta de convicción y en parte, no pequeña, por puro oportunismo. Pero, aislado y todo, ahí sigue, firme. Y, al parecer, con los mercados financieros de su lado, por no hablar de una buena parte de la población iraquí. No son los peores aliados del mundo.

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