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ARGENTINA

No es la solución

Iván Cachanosky

Luego de conocerse el dato de la balanza por cuenta corriente del cuarto trimestre del 2011, se puede notar un claro deterioro del superávit, ya que el año pasado fue el primero en que nos acercamos al déficit desde que asumió Néstor Kirchner, en el 2003.  

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El saldo de la balanza por cuenta corriente en el 2009 fue positivo en 11.085 millones de dólares; en 2010 el superávit se había reducido ya a 2.931 millones, y en 2011 fue de sólo 17 millones. El deterioro es, pues, indiscutible.

Esta situación ha llevado a la presidente, Cristina Fernández de Kirchner, a tomar medidas para trabar las importaciones y así tratar de recuperar los niveles de superávit de años anteriores. Es importante recalcar que las exportaciones y las importaciones son magnitudes que se relacionan entre sí; para poder importar es preciso exportar, y a largo plazo unas y otras deberían igualarse. La oferta genera la demanda, en cada acto de intercambio una persona ofrece un bien o un servicio para recibir algo a cambio. Que el intercambio se realice dentro o fuera de las fronteras no cambia lo esencial: para conseguir un bien, primero se debe ofrecer algo a cambio. Después de todo, el comercio internacional se realiza entre personas y empresas de distintos países, no entre los propios países.

El déficit no necesariamente debe ser visto como algo malo, ni el superávit obligatoriamente como algo bueno. Todo dependerá de la razón por la cual se está en una situación u otra. Argentina presenta una tendencia hacia el déficit, con lo cual cabe preguntarse si eso será favorable o desfavorable. Si las importaciones crecen es porque los productos de otros países son más baratos y los consumidores optan por comprar bienes extranjeros. El punto es que si una persona puede comprar un bien determinado por 100 dólares en su país y por 40 en el extranjero, es claro que optará por lo segundo. No obstante, precisará ofrecer algo a cambio: de lo contrario, no podrá importar dicho bien.

Si el Gobierno no interviene, las fluctuaciones positivas y negativas del corto plazo tienden a neutralizarse. Es por esta razón que trabar las importaciones, en el fondo, implica trabar las exportaciones. Por otro lado, y volviendo al ejemplo anterior, comprando en el extranjero el consumidor ahorra 60 dólares, lo cual no es un dato menor, pues si ese capital es correctamente invertido en el país se generará riqueza, lo que potenciará la industria nacional.

Con el fomento del libre mercado se benefician tanto los consumidores como los productores. Así las cosas, si se invierte correctamente, se pueden desarrollar nuevas tecnologías más eficientes, que permitan obtener los bienes a un menor coste. Estos procesos de innovación se darán siempre y cuando el Gobierno no intervenga en ellos, pues enviaría señales erróneas a los inversores.

Si, por ejemplo, el Gobierno interviene prohibiendo las importaciones, la demanda de dólares caerá. Ante una hipotética fuga de capitales, el Banco Central intentaría conservar la ventaja cambiaria imprimiendo billetes y comprando dólares. Sin embargo, eso generaría un proceso inflacionario que en el largo plazo anularía el efecto logrado con la modificación del tipo de cambio. No es más que un círculo vicioso que termina generando inflación.

En conclusión, trabar las importaciones dista de ser una solución adecuada, ya que, por definición, implica trabar las exportaciones. El hecho adoptar medidas proteccionistas no beneficiará el desarrollo argentino. Los países que logran desarrollarse más rápidamente son aquellos que disfrutan de instituciones de calidad y reglas del juego claras, y en los que se respeta por el derecho de propiedad. En el Índice de Derechos de Propiedad 2012, de la Fundación Libertad y Progreso, podemos observar que Argentina se encuentra en la posición 87, de 130 países analizados. O sea, que hay 86 países que están mejor que nosotros en este campo; que brindan mejores garantías al inversor.

Es en estos ámbitos donde Argentina ha de trabajar para mejorar su desempeño económico.


© El Cato

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