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Uribe vs. Chávez

Colombia es un país en guerra. Un brutal conflicto alimentado por la venta de narcóticos en los mercados internacionales y por las políticas de tolerancia o apoyo a los grupos terroristas, junto a la desconfianza que su Gobierno legítimo suscita en una parte importante de la progresía internacional. Un claro ejemplo de esto es la falta de apoyo suficiente del Ejecutivo español a la reciente cumbre de víctimas del terrorismo celebrada allí, o los grandes gestos de amistad a Hugo Chávez.

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Bajo este escenario de locura y falta de esperanza, en el verano del 2002 Álvaro Uribe Vélez llegó a la Presidencia de la República. En un momento en que la iniciativa de paz del anterior presidente, Andrés Pastrana –simbolizada por el despeje de un territorio del tamaño de Suiza para que fuera ocupado por las FARC–, fracasaba estrepitosamente.
 
En 2002 Colombia encabezaba el ránking mundial de secuestros; en Bogotá hay pocas familias que no tengan –o conozcan– alguien cercano que no haya sufrido algún tipo de violencia. Uribe heredó, además, una situación insólita en la historia del país: una economía en recesión incapaz de capear la crisis global.
 
A pesar de las difíciles condiciones en que Uribe llegó al poder, las mejoras no tardaron en llegar. Durante 2004 el presidente ha tenido cuotas de apoyo superiores al 80 por ciento. La razón de su éxito reside en que se han hecho las cosas bien en todos los frentes: el político, el económico y el de seguridad.
 
Uribe ha conseguido el apoyo necesario para la reforma constitucional que le permitirá presentarse a las elecciones de 2006. Por otro lado, ha habido intentos de reformar el sistema político (reducir el número de parlamentarios y de costos institucionales, etcétera) que, aunque no han alcanzado los objetivos propuestos, representan un éxito por el mero hecho de que han abordado asuntos de gran trascendencia.
 
El actual mandatario colombiano también ha sabido ganarse el apoyo de la población en el frente económico. A finales de 2002 el Congreso aprobó importantes reformas destinadas a incrementar los ahorros fiscales, estabilizar la deuda pública y aumentar (en un punto de PIB) el gasto militar. Por lo demás, puede presumirse que la inflación se mantenga este año en torno a un manejable 5,5 por ciento. La seriedad fiscal de que ha hecho gala Bogotá le ha facilitado el acceso a casi 5 millardos de dólares en préstamos de organismos multilaterales (FMI, Banco Mundial, BID).
 
Hay grandes posibilidades de que la economía siga creciendo por encima del 3,8 por ciento, gracias, por ejemplo, a un incremento del 7,2 por ciento en las exportaciones, del 20 por ciento en la construcción y del 17 por ciento en la inversión privada (datos de 2004). Con las reformas estructurales se pretende emprender medidas liberalizadoras a largo plazo y aumentar tanto la competitividad como el nivel de vida de la población.
 
Es de crucial importancia que durante 2005 el ciudadano perciba mejoras en el terreno económico. Si no, el gran apoyo popular a la Administración Uribe, sustentando por los éxitos en cuestiones de seguridad, se podría desplomar y aumentaría el descontento social.
 
El presidente tiene que profundizar las reformas de mercado; no obstante, con las elecciones de 2006 cada vez más próximas, podemos esperar un aumento del gasto social y una pausa en la aplicación de las medidas liberalizadoras. Con todo, Colombia tiene la vista puesta en la firma de un tratado de libre comercio con EEUU, y no se puede permitir ninguna otra opción que no sea aumentar su competitividad.
 
Terroristas de las FARCEl principal factor de la revolución Uribe fue el giro dado en las políticas de seguridad; giro basado en la guerra sin tregua a las FARC, en el incremento del tamaño y la eficacia de las Fuerzas Armadas y en la promesa de no entrar en ninguna negociación hasta que exista un cese el fuego y los terroristas estén muy debilitados.
 
A su vez, el fortalecimiento del Estado elimina las razones existenciales de los paramilitares, desprestigiados por sus conexiones con el narcotráfico y sus abusos a los derechos humanos. Uribe está llevando a término una exitosa campaña de desmovilización marcada por la salida del líder de las AUC, Salvatore Mancuso. El objetivo final no puede ser otro que su total desaparición y la suspensión de las actividades criminales de sus miembros.
 
El liderazgo de Uribe es tangible: en 2003 los secuestros cayeron un 27 por ciento, los ataques terroristas pasaron de los 1.645 del año anterior a 850; la tasa de homicidios se redujo en un 20 por ciento, y los ataques a civiles se redujeron en un 80 por ciento. Estas cifras ponen en entredicho la decisión del Gobierno español de cancelar el contrato de venta de armamento a Colombia. ¿Quién sabe más de las necesidades de seguridad de Colombia: su presidente, que ha demostrado su competencia, o Zapatero, cuyo acto más heroico fue debilitar la seguridad y la División Internacional en Irak al ordenar la retirada de las tropas españolas, dejando así a los aliados polacos en situación critica?
 
Chávez, el contramodelo
 
Es interesante ver cómo el otro líder de la región andina: el venezolano Hugo Chávez, también mantiene altas cuotas de popularidad ¡Pero qué diferencias tan profundas hay entre ambos! La estrategia política de Chávez está basada en fomentar la divisiones sociales y en fortalecer su posición entre los pobres, que cada vez son más (por lo menos dos tercios de la población). Chávez se beneficia de que la oposición democrática no consigue convencer a los electores de que una posible victoria suya no será un retorno a la antigua estabilidad de la clepto-democracia gestionada por COPEI y AD, surgida del Pacto de Punto Fijo (1958).
 
Hugo Chávez.La economía venezolana todavía no ha superado los niveles de finales de los 90. Chávez no tiene un plan económico coherente, y el uso de los ingresos de Petróleos de Venezuela (PDVSA) en programas populistas de dudosa eficiencia real son una amenaza grave al futuro del país.
 
Las soluciones para la región tendrán que salir de los propios países que la conforman. Riordan Roett, el prestigioso analista político americano, acierta cuando afirma: “Hoy, el liderazgo es clave”. Uribe, y no Chávez, es el ejemplo de lo que debe ser la nueva generación de líderes de la zona.
 
Uribe sobresale en una región enferma. La incapacidad de Toledo para gobernar puede hacer caer al Perú en el populismo más extremo de la década de los 80, con Alán García. Los fracasos de Gutiérrez en Ecuador y de Sánchez Lozada en Bolivia son el caldo de cultivo para los nuevos radicales, los populistas o las políticas anticuadas.
 
Desafortunadamente para la zona, de las dos revoluciones, la bolivariana y la colombiana, sólo la primera, esto es, Chávez, tiene capacidad de exportación, gracias a los petrodólares. De ahí la necesidad de que la comunidad internacional dé muestras significativas de apoyo a Uribe, el verdadero referente, y haga ver a Chávez que se le intentará detener si decide aliarse con Cuba para acometer una nueva oleada revolucionaria. 
 
Por suerte, lo que pasa en Iberoamérica tiene una influencia directa en el mundo; y en España, por supuesto. El empeoramiento de la situación en un país determinado provoca, por ejemplo, que parte de sus habitantes decida probar fortuna en otras latitudes, y que baje el precio de las acciones de las compañías multinacionales con presencia en aquél. Es de tal importancia todo ello que quizá nuestros políticos dejen de ser tan frívolos como para apoyar revoluciones o despreciar el dolor y el sufrimiento de aquellos que, como en Nicaragua, Colombia o Venezuela, sufren cuando su democracia resulta malherida, o su vida dañada en un ataque terrorista.
 
 
Martín Zendrera, analista especializado en Economía y Relaciones Internacionales.

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