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CÓMO ESTÁ EL PATIO

¿Emigramos ya o esperamos unos días?

Un futuro apocalíptico, con bandas de supervivientes dedicadas al pillaje, es un contexto (prohibido utilizar la progrez esa del escenario) muy poco probable para España, aunque Zapatero aguante un par de años más en el poder. La Tierra no estará desértica, porque lo del calentón global es una chorrada, y, en todo caso, no pelearemos por bidones de gasolina, sino por una subvención estatal, que es de hecho lo que hacen los integrantes de los grupos de presión que viven a costa del esfuerzo ajeno.

Pero el hecho de que no sea previsible un apocalipsis parecido al postnuclear que nos dibuja Hollywood en sus producciones no significa que haya que confiarse demasiado, pues cuando los inversores internacionales trasladan su dinero a otros países y los nacionales comienzan a abrir cuentas en sucursales de Centroeuropa, lo más sensato es ir tomando algunas precauciones para que el desastre zapateril nos coja, al menos, confesados.

Los ricos no son imbéciles, de lo contrario no habrían llegado a acumular el capital del que disfrutan. Tampoco pagan impuestos, que a todos los efectos es el mejor indicador de inteligencia en una socialdemocracia marxistoide como la que impera en gran parte del mundo. Así que si ellos han decidido ya que la España de Zapatero es tierra quemada, la prudencia más elemental aconseja no confiar demasiado en que el estado nos va a proteger de la codicia de quienes lo dirigen.

Dicen los que afirman saber de esto que, en lugar de tener los ahorros en el banco, es conveniente comprar oro o platino. Es una idea interesante, pero lo cierto es que muy poco práctica, porque no me imagino a los precavidos que sigan ese consejo acudiendo con un lingote y una lima a la panadería a rasparle unas chuyitas al tendero a cambio de una baguette. Si al final hay que cambiar los metales preciosos por euros es porque suponemos que las entidades financieras van a tener liquidez para aceptar el canje; por eso, no parece muy oportuno construir en el fondo del armario ropero una réplica a escala de Fort Knox, pues a fin de cuentas vas a tener que acudir al banco de donde previamente habías sacado la pasta...

Qué nervios, oiga. Los que no somos ricos pero seguimos una disciplina familiar de ahorro tenemos mucho aprecio al fruto de nuestro esfuerzo, y el no saber si Zapatero va a destruir absolutamente nuestra economía tal y como la conocemos o va a dejar algún resquicio para que la maquinaria financiera siga funcionando, aunque sea al ralentí, es un motivo de inquietud del que resulta difícil zafarse.

Si Zapatero se va voluntariamente o, por primera vez en sus más de cien años de existencia, al PSOE le da por hacer un gesto noble hacia sus compatriotas y le indica el camino a la puerta, no es seguro que todos los males que aquejan a nuestra economía se vayan a solucionar de un plumazo. La tarea destructiva del leonés está siendo tan metódica que, salvo los cineastas, los sindicalistas y los propietarios de negocios de energía renovables, vamos a tener que pasar unos años muy severos, intentando pagar la cuenta de una francachela a la que los políticos no tuvieron el gesto de invitarnos ni siquiera a los postres.

Los problemas económicos fastidian bastante, pero no tanto como aguantar a una colección de políticos ignorantes haciendo continuas declaraciones absurdas para disimular el fracaso de un proyecto que, por su propia dinámica, estaba condenado a machacar la prosperidad de un país. El socialismo siempre finaliza sus mandatos de manera similar a como va a terminar Zapatero el suyo, con una masa de parásitos enriquecida a costa de la destrucción de la riqueza general. Sobre las características que concurren cuando los socialistas inician su gestión, no hay que mirar muy atrás en el tiempo: basta con recordar la forma en que Zapatero llegó a la Moncloa. Con un principio así, el final no podía ser distinto del que se nos avecina.