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CIENCIA

La huella

Esta semana, una modesta huella, producto del descuido de un artista a la hora de transportar su obra, le ha servido al propietario de un cuadro para ganar 100 millones de euros de una tacada.

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Hablamos de Muchacha de perfil con vestido renacentista, adquirida en una subasta de Nueva York por 12.000 euros hace unos años, cuando era considerada una pieza menor del arte europeo del siglo XIX. Hoy, este dibujo sobre pergamino de una bella joven ligeramente ruborizada pasa por ser fruto del genio de Leonardo Da Vinci, y, en consecuencia, su valor se ha disparado.

La culpable de este cambio de valoración es, como decía al principio, una huella dactilar, oportunamente hallada en una esquina del pergamino que coincide exactamente con otra registrada en un San Jerónimo atribuido al genio renacentista y que se conserva en El Vaticano.

Al parecer, Leonardo manejó ambos cuadros descuidadamente y depositó en ellos su invisible firma, sin sospechar que, siglos después de su muerte, ésta acabaría por revelarse a los ojos de la ciencia.

La presencia de esta huella –del dedo índice o del corazón– no es la única pista. Análisis realizados sobre el pergamino subastado en Nueva York –en concreto, la prueba del carbono 14– indican que debió de producirse entre 1440 y 1650, rango que comprende la vida de Da Vinci. La datación por carbono 14 es una de las herramientas más fiables para conocer la edad de cualquier organismo vivo (y hay que recordar que un pergamino, en algún momento, fue piel viva de un animal). Este elemento es un isótopo radiactivo producido de manera espontánea en la atmósfera cuando los rayos cósmicos impactan sobre átomos de nitrógeno. Los seres vivos lo fijan a través de la fotosíntesis de las plantas, los vegetales lo absorben para sí y el resto de los animales lo recibimos cada vez que ingerimos un vegetal o comemos un animal que, a su vez, ha ingerido un vegetal.

Se conoce perfectamente cuál es el ritmo de decaimiento y desaparición del carbono 14. En concreto, a los 5.730 años de su muerte, un organismo ha perdido la mitad de su carbono 14. De manera que observando la cantidad de radiosótopo que le queda a un pergamino se puede calcular el año en que murió la vaca propietaria de la piel con que se fabricó.

Parece cosa de magia, pero es ciencia. Algo que no está tan claro que ocurra con la otra pista delatora de la autoría de Leonardo: su huella dactilar. Está comúnmente asumido que el estudio de los restos de sudor que dejan las crestas capilares de nuestros dedos es una herramienta infalible de identificación, pero ¿qué dice la ciencia sobre ello? En honor a la verdad: nada.

La práctica de utilizar este registro como sistema de identificación a todos los efectos, incluidos los legales, es más un producto de la costumbre que del escrutinio científico. Tras millones de registros comparados en instancias de todo el mundo, el número de errores detectado ha sido minúsculo, aunque haberlos haylos, como sabe perfectamente el abogado estadounidense que por unos días fue perseguido como posible autor de los atentados del 11-M, después de que el FBI identificara como suya una huella recogida por la policía española. La agencia de investigación estadounidense se vio obligada a indemnizar con dos millones de dólares al sujeto por un fallo en su hasta entonces infalible sistema de cotejo informático de huellas.

Sin embargo, que el número de errores sea minúsculo no significa que el sistema cuente con sustento científico. En 2004 la revista New Scientist desvelaba que sólo existía una investigación científica oficial sobre la validez de la huella digital como identificador. En el estudio, encargado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, se observaron 50.000 huellas y se trató de descubrir el grado de error de los técnicos a la hora de compararlas. El resultado fue sorprendente: en el 100 por 100 de los casos los especialistas pudieron determinar si dos imágenes pertenecían a la misma huella o a distintos dedos.

Pero los expertos en método científico pusieron el grito en el cielo sobre la validez de la prueba. En primer lugar, la muestra fue considerada insuficiente. En segundo lugar, se descubrió que los autores de la investigación habían desechado algunas respuestas en las que los técnicos interpretaban como dedos distintos lo que en realidad eran fotos distintas de la misma huella. Y, por último, el objetivo de la investigación fue considerado poco relevante: a nadie sorprenderá que un experto pueda descubrir que una huella se parece a sí misma más que otras 49.999 que son, de hecho, distintas.

A pesar de la debilidad del resultado, no se ha vuelto a encargar otro estudio de laboratorio exigente. Es curioso comprobar cómo algunas prácticas consuetudinarias, aceptadas por todo el mundo como buenas, en realidad no han tenido que verse en el trance de pasar por el escrutinio de los laboratorios.

La falta de estudios de referencia no tendría por qué invalidar la eficacia de la técnica (que la costumbre se ha encargado de demostrar por sí sola). Pero algunos expertos temen que, en manos de un buen abogado o ante un juez quisquilloso, la carencia de literatura técnica que la avale podría poner en entredicho la recogida policial de huellas dactilares. De momento, más le vale al afortunado poseedor del cuadro de Da Vinci que se vaya gastando el dinero que le ha tocado... por lo que pueda pasar.
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