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Afganistán

Una huida con estilo

Primero fue en Estados Unidos. Destacadas figuras de la vida pública plantearon la conveniencia de que la Casa Blanca y el Senado establecieran una agenda para Afganistán, fijando tanto el incremento como la paulatina retirada. Suena profesional. En un país donde todo el mundo ha pasado por la empresa privada es lógico que la cultura de referencia sea la corporativa. De la misma forma que cada nueva Administración tiene que presentar al Congreso una "Revisión Cuatrienal", auténtico plan de trabajo para toda la legislatura, parece lógico que una guerra se afronte con la misma mentalidad.

Luego fue en Europa. Merkel, Brown y Sarkozy han pedido al secretario general de Naciones Unidas que tome la iniciativa para establecer una agenda de intervención en Afganistán. Son conscientes de que sus respectivas opiniones públicas no son partidarias de una mayor presencia en aquel lejano país y tratan, mediante esta medida, de legitimar y acotar su presencia, de calmar, en la medida de lo posible a sus electores. También suena sensato.

Pero las apariencias engañan. Tanto las maniobras norteamericanas como las europeas son los primeros pasos para abandonar Afganistán echando la culpa del desastre a los afganos. A nadie puede extrañar que los demócratas, que trataron de forzar a Bush para que se rindiera ante Al Qaeda en Irak, quieran ahora conceder la victoria a los talibán en Afganistán. Como recordaba ayer el GEES en estas mismas páginas, la estrategia que el general Petraeus ha establecido para Afganistán responde a los mismos principios que la que él mismo diseñó para Irak y tanto irritó a los demócratas. No va a resultar nada fácil ni a Obama ni a los legisladores de su partido mantener un gran contingente con una elevada ratio de bajas durante un período prolongado de tiempo, de ahí que jueguen a establecer agendas. Éstas tampoco son nuevas. Responden a la misma filosofía que estableció Rumsfeld en Irak y que fracasó. El entonces secretario de Defensa decía, con razón, que debían ser los propios iraquíes los que tenían que hacerse cargo de su seguridad. Forzó a que lo hicieran manteniendo un contingente pequeño y, como todavía no estaban en condiciones de asumir aquella responsabilidad, la insurgencia ganó posiciones. En Afganistán, como en Irak, es el Ejército y la Policía quienes deben llevar el peso de la lucha contra los talibán, pero mientras no estén en condiciones necesitarán un apoyo suficiente. Esa suficiencia no la puede determinar un programa previamente establecido, sino la capacidad operativa demostrada en cada momento. No deja de ser paradójico que cuando los demócratas huyen de Bush sea para caer en los brazos de Rumsfeld. ¡Vueltas que da la vida! Los demócratas no están dispuestos a esperar años de sacrificios en vidas y haciendas y todo apunta a que se inclinan por la derrota.

Los dirigentes europeos, con la excepción del Reino Unido, no han querido dar la batalla de explicar a sus respectivas ciudadanías por qué hay que estar en Afganistán. Dirigen sociedades postmodernas que consideran reprobable e ineficaz el uso de la fuerza, pero que no tienen problemas morales para facilitar el auge del radicalismo musulmán en cualquier parte del planeta, casa incluida. Si a ello sumamos la limitada confianza en Obama como comandante supremo es comprensible que tomen posiciones para asegurar su salida.

Hay que reconocer las elegantes maneras con las que unos y otros, estadounidenses y europeos, están diseñando la maniobra, utilizando a la ONU, al Congreso y a quien se deje como baluarte tras el que ocultar su impotencia. Nunca las rendiciones fueron tan elegantes. Es lo que tiene la postmodernidad.

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