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¿Es usted consciente del pequeño detalle de que este año todos los ganadores de los premios Nobel científicos son norteamericanos? Si dejamos a un lado los premios de Literatura y de la Paz, cuyos criterios de concesión están siempre sometidos a discusión y plantean serias dudas cada vez que los jurados correspondientes hacen públicas sus decisiones, el monopolio de los Estados Unidos ha sido absoluto. En otras palabras, al ver esos resultados, puede afirmarse que hoy la ciencia se hace en Norteamérica y que las universidades que marcan la pauta en todos y cada uno de los campos del saber científico están en los Estados Unidos.
Las cosas no siempre fueron así, sin embargo. Hace un siglo los norteamericanos enviaban a formarse a Europa a sus científicos más prometedores y las universidades alemanas, británicas o francesas ocupaban el primer lugar en el mundo en lo que a la investigación hace referencia. Profesores de la Universidad de Berlín consiguieron más de veinticinco premios Nobel en muy diversas disciplinas científicas; lo malo es que la última vez fue en el año 1934, antes de que don Adolfo diera un golpe de muerte a la mejor universidad de Europa.
Estudié en universidades norteamericanas hace ya más de treinta años. Por entonces eran ya, sin duda, las mejores del mundo. Pero tengo la impresión de que, desde entonces, las diferencias con Europa no han dejado de crecer. Hoy, todo científico joven europeo, con ideas innovadoras y con ganas de dejar su huella personal en el mundo de la creación científica, tiene como destino los Estados Unidos.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? La respuesta más fácil consiste en decir que Norteamérica tiene las mejores universidades porque es el país más rico del mundo. Craso error, sin embargo, que no hace sino insistir esa idea equivocada –tan extendida en España– de que nuestro sistema educativo es malo porque no gastamos en él bastante dinero. La financiación de la educación es, sin duda, importante, pero me temo que aunque dedicáramos en nuestro país muchos más fondos a la enseñanza no arreglaríamos los problemas de fondo si no actuáramos también sobre el diseño mismo de las instituciones educativas. Las universidades norteamericanas no han llegado al nivel que hoy ocupan porque gasten mucho dinero. Hay departamentos que, ciertamente, tienen una financiación muy generosa. Pero me atrevo a decir que esto no ocurre en la mayoría de los casos. Algunas universidades europeas no son pobres precisamente; menos recursos manejaban en sus épocas de esplendor. La respuesta hay que buscarla más bien en que, en muchos casos, las instituciones europeas de enseñanza superior son organismos burocráticos que se limitan a recibir estudiantes, que acuden a ellas ejerciendo su derecho de recibir una enseñanza casi gratuita, sin asumir responsabilidad alguna.
George Stigler, el gran economista norteamericano, ganador del premio Nobel en su especialidad, se preguntaba en su deliciosa autobiografía Memorias de un economista, las razones por las que la enseñanza superior estadounidense logró la posición de privilegio que hoy ocupa en el mundo. Y su respuesta era muy simple: las universidades de los Estados Unidos son las mejores del mundo porque compiten entre sí. Compiten por conseguir los mejores catedráticos, los mejores alumnos y las mejores ayudas a la investigación. La fórmula parece simple. Pero hagan una sugerencia en este sentido a los ministros de Educación o a los rectores de la mayoría de las universidades europeas. Cuando escuchen sus respuestas, entenderán por qué todos los ganadores del premio Nobel en disciplinas científicas han sido este año norteamericanos.

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