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Columna publicada el 01-10-2004
El presidente ruso Vladimir Putin ha firmado este jueves el protocolo de Kyoto. Con este acto el gobierno ruso posibilita el arranque del plan quinquenal mundial y filocomunista de reducción de gases que supuestamente contribuyen al efecto invernadero del planeta. Durante la última semana diversos institutos de análisis e investigación de políticas públicas, entre los que destaca el CNE, habían hecho llamamientos al presidente Putin para que no cediese a las fuertes presiones a las que estaba siendo sometido para que su país ratificara el protocolo.
Aún así la decisión ha sorprendido a muchos analistas que hasta ahora habían escuchado al presidente ruso mostrarse totalmente contrario a la firma del plan de Kyoto. También a su asesor económico, Andre Ilarionov, enfrentarse decididamente a la ideología intervencionista radical que apadrina el plan y denunciar los devastadores efectos socio-económicos que su aplicación supondría. Incluso hemos visto a la academia rusa de las ciencias contestar a un encargo del gobierno ruso, afirmando que no había ninguna prueba concluyente de que la actividad humana estuviese provocando un calentamiento del planeta.
¿A qué se debe entonces este giro radical en la posición de Putin? La respuesta, como el propio presidente ruso ha admitido, se encuentra en la presión que la Unión Europea ha ejercido sobre Rusia para que entrase en el club de Kyoto. En efecto, la UE, consciente de que sin el apoyo ruso fracasaría el megalómano proyecto ecologista del que se consideraba protector espiritual, puso a Putin entre la espada y la pared mediante el sutil chantaje de negarle la entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC) si no cedía a firmar el Protocolo.
Por desgracia para el progreso, el empleo e incluso el medio ambiente, la presión parece haber tenido el efecto que los fanáticos rojiverdes europeos esperaban. De modo que el día de hoy se ha convertido en un día triste para los amantes de las libertades individuales y del uso responsable de la razón en su aplicación a las políticas públicas.
Pero todavía no está todo perdido. La Duma aún tiene que ratificar la decisión de un Putin al que, según dicen, el cuerpo le pide que el protocolo no sea aplicado en su país. Dicen las malas lenguas que nos encontramos ante una magistral jugada de estrategia de Putin gracias a la cual la UE ha apoyado la entrada de Rusia en la OMC mientras que Putin habría pagado el precio del apoyo europeo firmando un protocolo que luego sería rechazado por la Duma, anulando así la ratificación del protocolo de Kyoto.
Si esto es así, Putin estaría jugando con fuego. Esperemos, por el bien de todos los individuos del planeta, que el presidente ruso no se queme.
Gabriel Calzada Álvarez es representante del CNE para España.

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