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Gripe A

La pandemia perfecta

El virus de la gripe A (H1N1) ha desencadenado la primera gran pandemia del siglo XXI, que ha sido afortunadamente perfecta para su control. Los primeros casos aparecieron en Veracruz, México, entre marzo y abril de este mismo año de 2009. En menos de un mes, los casos se habían extendido a una docena de países. Hoy hay confirmados más de 150.000 casos en el mundo, lo que probablemente constituya un número menor que el de afectados reales. Las muertes oficiales se acercan al millar. Dos son las características de todo esto que llaman nuestra atención por las implicaciones sociológicas y estratégicas para nuestras sociedades. En primer lugar, la rápida extensión a lo largo de todo el planeta del virus; a principios de junio la OMS la declaró pandemia de nivel 6, con brotes autónomos por todo el mundo.

En segundo lugar, es de destacar la exitosa reacción de las autoridades sanitarias de todo el mundo –especialmente en las sociedades europeas y americanas– que rebajaron lo que en un principio era una alta mortalidad a unos niveles bajos y análogos a los de la gripe normal. Además, la misma globalización que hizo que el virus se extendiera pronto de un lado a otro del mundo, hizo que la respuesta fuese global, y que la información, para su prevención y tratamiento, se transmitiera con éxito entre los diversos países.

Por suerte, el virus de la gripe A no produce una mortalidad importante, más allá del inquietante hecho de que afecta a las generaciones más jóvenes, aquellas que carecen de la memoria inmunológica de sus mayores. Las distintas administraciones han comunicado menos de mil muertos, lo que constituye una cifra inapreciable. Peor ha sido el impacto que, en los primeros meses, tuvo en la opinión pública la extensión del virus, que provocó no pocos problemas.

Sin embargo, la gripe A pone de manifiesto que sí existe la posibilidad de una pandemia perfecta en el sentido estricto de la expresión. De las dos características de la pandemia por el virus de la gripe A –impresionante rapidez en la extensión, y escasa mortalidad y relativamente fácil control sanitario–, la primera se repetirá, con total seguridad, con otro tipo de virus pandemias, que viajarán de América a Asia o de África a Europa. Virus o bacterias autóctonas pueden ser exportadas a otras partes del mundo donde nunca se han conocido y donde la población se encuentra indefensa. Y al mismo tiempo, puede producirse la reaparición de enfermedades erradicadas hace ya tiempo de las sociedades occidentales pero presentes aún en otros lugares. El vehículo –el movimiento de personas, animales y cosas susceptibles de transmitir o contagiar virus nuevos o antiguos–, seguirá intensificándose.

La clave, por lo tanto, está en la propia naturaleza de los virus, en un doble aspecto: por un lado su capacidad de mutar genéticamente para adaptarse a nuevas condiciones de supervivencia y transmisión. El virus de la Gripe A contiene material genético de cepas aviaria, porcina y humana, y mutó para saltar del cerdo al ser humano, dando lugar a la historia que ya conocemos. Nada indica que otros virus no puedan mutar de idéntica manera, ganando en resistencia, capacidad de transmisión y posibilidades de afectar a nuevas especies, tal y como ha hecho éste.

Por otro lado, cabe temer la posibilidad de la aparición o mutación de un virus de alta velocidad de transmisión y con una altísimo índice de mortalidad. Por su propia condición, las mutaciones y saltos entre especies no pueden ser controladas por el ser humano, que en el mejor de los casos se encuentra las enfermedades cuando ya están extendiéndose. En el caso de la gripe, la rapidez de la extensión quedó neutralizada por una patología no excesivamente violenta. Pero en otros casos no es así, y otros virus o bacterias no dan las facilidades de la gripe A. Algunos virus tienen una mortalidad cercana al 100%; es el caso del temible y temido virus del Ébola.

La combinación de rapidez de la extensión y alto índice de mortalidad dibuja el escenario de una pandemia perfecta. Este escenario, el de un virus de altísima mortalidad extendiéndose con rapidez por todo el mundo o por algunas de sus regiones, es una posibilidad que cada vez preocupa más a los epidemiólogos y microbiólogos. Debe hacerlo también para gobiernos y administraciones. Las consecuencias estratégicas para nuestras sociedades de una pandemia perfecta tendrían un alcance incalculable, no sólo en términos de vidas humanas, sino en términos políticos, económicos, sociológicos. Lejos de ser el argumento de alguna película, los Estados debieran tomar en consideración la posibilidad de que esto sea real.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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