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Calentamiento global

Godzilla en el espejo

La tambaleante cruzada en defensa de leyes para combatir el cambio climático plantea un interrogante: ¿ha existido alguna vez un movimiento político que lograra tan poco contando con tantas ventajas? Su implosión se ha prolongado más allá de la "Conferencia de Copenhague, cuando los líderes mundiales se reunieron con motivo de la cumbre global más caótica e improductiva celebrada jamás". Eso dice Walter Russell Mead, que tiene una explicación: Bambi se convirtió en Godzilla.

Es decir, un reducido grupo de escépticos se convirtió en el establishment dogmático. En su blog Via Meadia, Mead, catedrático de ciencias políticas del Bard College y Yale, observa que "el presidente más verde de la historia estadounidense disponía de la mayoría legislativa más amplia que ha tenido ningún presidente desde Lyndon Johnson", pero las leyes ecologistas hicieron aguas porque se posicionaron "en la parte errónea de la duda".

Los ecologistas, argumenta Mead, han olvidado sus orígenes, cuando formaban parte de "una reacción escéptica a la Gran Ciencia, el Gran Gobierno y los Expertos". Los ecologistas fueron una vez primos intelectuales de los economistas liberales que hacían suyos los argumentos de Friedrich Hayek y otros estudiosos del orden espontáneo, ya fuera en la sociedad o en la naturaleza. Esos liberales advierten contra la arrogancia de intentar imponer planes grandes y simples a sistemas complejos. Advierten que las intervenciones públicas en esos casos tienen inevitablemente consecuencias no intencionadas, por ser imposibles de predecir.

Dice Mead que a mediados del siglo XX los estadounidenses, impresionados por la movilización que el Gobierno obtuvo de la sociedad para lograr la victoria en la Segunda Guerra Mundial, "se emborracharon de ingenierías sociales y medioambientales de todo tipo". Tenían, por ejemplo, una segura confianza en que la "rehabilitación" de las zonas deprimidas iba a dar lugar a "ciudades modelo". Por aquel entonces, el ecologismo era escepticismo.

Era comparable a la disidencia de Jane Jacobs, la autora de la obra de 1961 Muerte y vida de las grandes ciudades americanas. Jacobs argumentó que los ingenieros sociales ambiciosos como el neoyorquino Robert Moses estaban alterando ecosistemas sociales a través de sus intervenciones masivas en organismos tan complejos como son las ciudades. La apoteosis de tecnócratas expertos como los asesores presidenciales McGeorge Bundy o Robert McNamara nos trajo la "construcción de naciones" en conjunto con una guerra de desgaste –en la que la métrica crucial era el recuento de cadáveres– en una sociedad rural del sureste de Asia. Con el tiempo, dice Mead, "los expertos perdieron su aire de misticismo":

Una opinión pública cada vez más escéptica empezó a darse cuenta de que "los expertos" no eran ángeles que bajaban inmaculados de los cielos portando las infalibles revelaciones de Dios. Eran seres humanos falibles con letras que pagar y fondos que recaudar. Discrepaban entre sí y se confabulaban con sus amigos y correligionarios igual que todo hijo de vecino.

Y el conocimiento era molestamente variable. Los expertos aseguraban que la margarina era la alternativa sana a la mantequilla hasta que concluyeron que sus grasas saturadas la hacían perjudicial para la salud. El ecologismo empezó como un Bambi emprendiendo batalla contra Godzillas tales como el Cuerpo de Ingenieros del Ejército. Después, dice Mead, el ecologismo se convirtió en Godzilla, el defensor de "una solución grande y simple a todo lo que nos aqueja: un impuesto global a las emisiones. Un gran problema, una gran solución". Mead prosigue:

No importa que la principal estrategia política ecologista (detener el calentamiento global mediante un tratado que logre el apoyo unánime de los más de 190 países y que luego sea ratificado por 67 votos en un Senado que rechazó Kioto 95 a 0) es y haya sido siempre tan poco realista como para ser declarada clínicamente demente. Los expertos han dado su dictamen y nosotros, los simples paletos, no debemos pensar sino agradecer y obedecer.

La esencia del progresismo, del que el ecologismo se ha vuelto un apéndice, es la fe en que todo nos irá bien una vez que hayamos concentrado el poder suficiente en Washington, y que hayamos concentrado el suficiente poder de Washington en el Ejecutivo, y que hayamos concentrado a los suficientes "expertos" en el Gobierno. De ahí que la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) proponga hacer lo que los representantes electos de los palurdos se niegan a hacer cuando de limitar la emisión de gases de efecto invernadero se trata. Mead dice del actual movimiento ecologista:

Propone intervenciones económicas y sociales sustanciales y niega que las consecuencias imprevistas y la información nueva puedan viciar el alcance de sus recomendaciones. Sabe lo que será bueno para nosotros, y su conocimiento es respaldado por el poder y la majestad impresionantes del proceso de control científico de calidad. Las instituciones políticas, culturales, empresariales y científicas respaldan firmemente hoy el calentamiento global, igual que en su tiempo respaldaron con convicción a Robert Moses, la rehabilitación de los barrios marginales o las grandes presas como solución energética. Nos dicen que es un pecado cuestionar el consenso, que dudar es señal de mala catadura moral. Bambi, mírate en el espejo. Verás a Godzilla devolviéndote la mirada.

Mead, quien asegura ser más escéptico de la política del clima que de la ciencia del clima, argumenta que el movimiento ecologista "se ha convertido en la voz de las instituciones, de los altos cargos, de los tecnócratas". Y es bastante malo ser todas esas cosas el mismo "Verano de la Recuperación" en el que la nación se pregunta por el paradero de la robusta recuperación que pronosticaban los expertos.

© Washington Post Writers Group

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