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CEROS Y UNOS

Eniac, el primer ordenador electrónico

Considerado durante décadas el primer ordenador jamás construido, el Eniac fue en cualquier caso un hito clave en la historia de la informática: no sólo fue la primera computadora electrónica, sino que, sobre todo, es el hilo del que fueron tirando todos sus sucesores, desde los Univac a los IBM.

John Mauchly era profesor asistente en una facultad de ingeniería eléctrica de segunda fila, la Moore School de la Universidad de Pennsylvania. Se había declarado la Segunda Guerra Mundial. Su mujer, Mary, dirigía un grupo numeroso de computadoras humanas, dedicadas al cálculo balístico para el cercano campo de pruebas de artillería de Aberdeen, que ya había tenido un papel destacado en el conflicto anterior. Hacer una tabla corriente de 3.000 trayectorias llevaba al grupo un mes de trabajo intenso, lo que suponía un enorme cuello de botella para el desarrollo y uso de nuevas y mejores armas. Así que Mauchly propuso en el 42 sustituirlo por un ordenador electrónico.

No es que le saliera la idea de la nada, claro. Llevaba tiempo interesado en el tema y había visitado en el verano de 1941 a Atanasoff para ver en vivo y en directo su calculadora electrónica, de la cual extraería muchas de las ideas para poner en práctica su proyecto. En cualquier caso, nadie le hizo demasiado caso, aparte de un joven ingeniero llamado John Presper Eckert. Mauchly y Eckert ya habían trabajado juntos, sustituyendo piezas mecánicas de un calculador analógico muy empleado por aquel entonces, el analizador diferencial de Vannevar Bush, por unos componentes electrónicos que permitieron mejorar la rapidez y precisión del aparato. Se complementaban bien: Mauchly era el visionario, el que diseñaba desde su torre de cristal, y Eckert el que lograba volcar aquellas ideas en un cacharro.

Pero un buen equipo no sirve de nada si no hay proyecto que desarrollar. Y no lo había. No obstante, Mauchly encontró unos oídos atentos en el teniente Herman Goldstine, doctor en matemáticas y responsable militar de que el grupo de computadoras humanas trabajara como Dios manda e hiciera los cálculos que necesitaban para la guerra. Así, en abril de 1943 Mauchly y Eckert recibieron el visto bueno a un proyecto mucho mayor que su idea original: en lugar de constar de 5.000 válvulas de vacío y costar 150.000 dólares, tendría 18.000 de las primeras y valdría 400.000 de los segundos. Si es que en cuanto metes al Gobierno y los burócratas de por medio, los costes se disparan...

Eckert.La idea no gustó demasiado. Cada válvula tenía una vida media de 3.000 horas, lo cual, dado el gran número que habría en el aparato, hubiera supuesto que sufrirían un fallo cada diez minutos. Pero ahí fue donde empezó a brillar el genio ingenieril de Eckert. Viendo que era en el encendido cuando más fallaban, decidió que el ordenador estuviera siempre dale que te pego, sin apagarse ni, por tanto, encenderse jamás. Además, para sus propósitos las válvulas podían funcionar con mucho menos voltaje que el máximo, alargando su vida útil a decenas de miles de horas. Gracias a esos trucos, fallaba una válvula cada dos días más o menos. Pero eso no era todo. Además de las válvulas, el diseño obligaba a realizar 5 millones de soldaduras e incluía 70.000 resistencias, 10.000 condensadores, 6.000 interruptores y 1.500 relés. Eckert tuvo que ingeniárselas para probar en masa todos estos componentes y asegurarse de que sólo se empleaban los que funcionaban como Dios manda.

El principal problema en el diseño del Electronic Numerical Integrator And Computer, que así se llamaba el bicho, de ahí las siglas (Eniac), era la forma de programarlo. Sería capaz de ejecutar 5.000 instrucciones por segundo, pero cuando terminara una tarea habría que cambiar los cables de sitio para ordenarle que hiciera otra, una labor que realizó un grupo de seis mujeres... entre las que Betty Snyder fue la más destacada. En cierto modo, era como una gigantesca centralita telefónica de las de antes, de esas en las que una señorita te ponía la conferencia poniendo el cablecito en la clavija adecuada. La tarea podía durar días, lo que eliminaba en parte esa ventaja de la rapidez. Pero no del todo: aquellas malditas tablas que llevaban un mes de trabajo a un numeroso grupo de jóvenes calculadoras humanas las resolvía en 30 segundos.

Las características del Eniac pronto dejaron de ser espectaculares. Sólo podía almacenar unos veinte números, y funcionaba según el sistema decimal y no el binario, lo que suponía parte de su complejidad. Pero en lo que no tuvo parangón fue en la cantidad de componentes, electricidad consumida y calor generado: hubo que instalar dos inmensos ventiladores de 20 caballos de potencia para refrigerarlo. Consumía 150 kilovatios, pesaba 27 toneladas y ocupaba 63 metros cuadrados. No se hizo jamás un ordenador con válvulas tan complicado: sólo cuando los transistores lo hicieron posible se igualó semejante número de componentes. Ahora bien, lo de que las luces de la ciudad de Philadelphia se apagaban cuando ponían en marcha el Eniac no es más que un mito. Más que nada porque estaba siempre encendido.

Cuando aún estaba en construcción, Eckert y Mauchly empezaron a diseñar su sucesor, y poco después fundarían su propia empresa, la primera dedicada al diseño y fabricación de ordenadores. Debido al salto de sus creadores al mundo comercial, casi todas las computadoras que en el mundo han sido pueden señalar al Eniac como su torpe y entrañable abuelo. El muy venerable siguió funcionando con denuedo hasta octubre de 1955. Quienes más lloraron su deceso fueron las compañías eléctricas, claro.

 

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