Historia
Noticias y opinión en la red
LA GUERRA FRÍA

La neutralidad de Austria

La declaración de Moscú de 30 de octubre de 1943 consideró que Austria fue la primera víctima de la agresividad de Hitler. En consecuencia, los Tres Grandes declararon nulo el Anschluss y acordaron que Austria sería liberada.  

No obstante, los Aliados no pudieron soslayar la realidad de que la mayoría de los austriacos se unió de buena gana a la Alemania nazi. Por eso, cuando fue liberada, a Austria no le fue devuelta su supuesta independencia ultrajada, sino que fue sometida a un régimen de ocupación y división en zonas similar al de Alemania.

La Austria ocupada

Los problemas planteados por Austria a las potencias ocupantes eran al tiempo más sencillos y más complicados que los suscitados por Alemania. Eran más sencillos porque Austria, convenientemente separada de Alemania, no podía constituir una amenaza para ninguno de los dos bloques por mucho que se rearmara, ni su control estratégico era excesivamente relevante para ninguno de los dos bloques. Pero también eran más complicados porque, siendo esencial para ambos que Austria permaneciera separada de Alemania, tal separación podría no ser muy popular en la primera.

Desde que perdieron la Primera Guerra Mundial, los austriacos siempre quisieron ser alemanes. Liquidado el imperio, desaparecida la Doble Monarquía, nacida la pequeña república austriaca, el país, con una escasa población, concentrada por lo demás en la capital, era una pequeña y débil nación, sin salida al mar, con una agricultura incapaz de alimentar a sus habitantes. Por eso los austriacos se convencieron de que su destino lógico era convertirse en alemanes. Y esa unión fue, desde mucho antes de que Hitler se hiciera con el poder en Berlín, el objetivo primordial de la política exterior austriaca durante todo el período de entreguerras.

Cuando las tropas soviéticas invadieron Austria, pusieron a su frente un Gobierno provisional encabezado por un viejo socialista, Karl Renner. Éste, que había sido un entusiasta del Anschluss, entendió desde el principio que, para llevarse bien con los soviéticos, primero, y con el resto de potencias ocupantes, después, era indispensable renunciar de una vez por todas a unirse a Alemania. Y así lo entendieron los dirigentes políticos que le sucedieron. Pero eso no evitó que, conforme Austria fue ganando autonomía política, los Aliados temieran que el objetivo de reunirse con los primos del norte volviera a ser el leit motiv de la política exterior de Viena.

La estrategia austriaca

Sabemos que Adenauer rechazó la idea de Stalin, propuesta en 1952, de volver a reunificar Alemania a cambio de su neutralidad. El septuagenario canciller temía que una Alemania así cayera primero en la finlandización y luego directamente en la órbita soviética. Por eso su política estuvo dirigida a asegurarse que la República Federal estuviera inequívocamente integrada en Occidente para luego, pero sólo luego, preocuparse de conseguir la reunificación mediante la absorción de la Alemania del Este.

Los dirigentes austriacos no compartían este modo de ver las cosas. Prefirieron que su país siguiera ocupado en su totalidad antes que verlo dividido. Y lo que estaban dispuestos a ofrecer a cambio del desalojo de las tropas extranjeras era precisamente algo de lo que Adenauer no quería ni oír hablar, la neutralidad.

El principal problema de esta estrategia era fijar el modo en que se alumbraría y cómo se definiría. De hecho, el ministro de Asuntos Exteriores austriaco, Karl Gruber, puso el acento en que la neutralidad no podía ser formalmente una imposición de las potencias ocupantes, sino una libre decisión de las instituciones austriacas. En cuanto a la clase de neutralidad que se adoptaría, se acabó acordando que sería del estilo de la suiza, por alejarse del modelo finlandés.

Podría pensarse que, frente a otros países del Este, como Checoslovaquia y Hungría, que no se libraron de convertirse en satélites de la URSS, Austria supo jugar sus cartas. Sin embargo, para ser justos, habrá que recordar algunas condiciones especialmente favorables con que contaron los austriacos. La primera tenía que ver con el comportamiento del Ejército Rojo en Austria, que fue similar al que tuvo en Alemania, a pesar de la Declaración de Moscú. La violación sistemática de las mujeres y el pillaje sin control (debe recordarse que los soviéticos liberaron la totalidad del territorio austriaco, aunque un par de meses más tarde entregaron las zonas pactadas de ocupación a sus aliados occidentales) no fueron la mejor tarjeta de presentación para que los comunistas austriacos consiguieran un buen resultado en las elecciones. Tampoco lo fue el que los rusos esquilmaran el país en concepto de reparaciones de guerra. Además, en Austria no había habido una resistencia a la ocupación nazi protagonizada por los comunistas... ni por nadie, por la sencilla razón de que no hubo resistencia, con lo que los comunistas no pudieron beneficiarse del prestigio que en otros lugares les dio el encabezar la oposición armada al invasor alemán. Por otro lado, como no fue dividida como Alemania, toda Austria se benefició del Plan Marshall. Es más, la zona de ocupación soviética fue el único territorio controlado por el Ejército Rojo que recibió la ayuda de los dólares americanos. Por último, y paradójicamente, la estrategia soviética de querer conservar la carta negociadora austriaca, que no consideraban de gran valor, para forzar un acuerdo en la cuestión alemana, mucho más trascendental desde el punto de vista estratégico, benefició a la larga a Viena. De ahí que los rusos no impusieran en su zona solución permanente alguna y conservaran el statu quo de 1945. Y de ahí que los austriacos, al ser la ocupación una situación temporal por naturaleza, estuvieran en condiciones de exigir la negociación de su liquidación, que había que llevar a cabo tarde o temprano de una u otra forma.

El camino hacia la independencia neutral

No obstante, a corto plazo, la estrategia austriaca tuvo que hacer frente a un fracaso tras otro. Los soviéticos nunca estuvieron dispuestos a discutir la retirada de sus tropas hasta que no se resolviera la cuestión alemana. Es cierto que, aun no retirándose, nunca empujaron los rusos para que los comunistas se hicieran con el poder. Sí hubo una especie de intento de golpe de estado comunista en 1950, pero la cosa no pasó de una cadena de huelgas y nunca hubo verdadero riesgo de que Viena cayera en manos comunistas.

Mientras Stalin vivió, nada pudo hacerse, pues el georgiano se mostró implacablemente decidido a no retirar sus tropas mientras la cuestión alemana no encontrara una solución satisfactoria a sus aspiraciones. Cuando murió, las cosas, aparentemente, no cambiaron. Moscú recibió con frialdad las propuestas de neutralidad a cambio del fin de la ocupación. Desde el punto de vista soviético, el problema no fue tanto que no les interesara la idea sino que, no habiendo tras la muerte de Stalin una cabeza en Moscú que dirigiera la política exterior, los dirigentes que luchaban por el poder se limitaron a conservar por inercia los principios heredados de Stalin. Es verdad que hicieron declaraciones de buena voluntad, pero siempre tuvieron un contenido genérico, y no hubo una política exterior soviética coherente hasta febrero de 1955, cuando Jruschov se hizo con todo el poder.

El secretario general del PCUS, ya todopoderoso a partir de esa fecha, se encontró a principios del propio 1955 con un hecho consumado al que las luchas internas del Kremlin habían impedido hacer frente, el rearme de Alemania. La mejor forma de haber podido evitar semejante revés estratégico habría sido insistir en la propuesta de Stalin de 1952, esto es, la neutralidad de una Alemania reunificada con elecciones libres. La terca oposición de Adenauer, la desconfianza norteamericana hacia las ofertas procedentes de Moscú, el miedo a que toda Alemania pudiera acabar siendo un satélite soviético y la incapacidad del Kremlin de arbitrar una política coherente por las luchas internas imposibilitaron este resultado. Sin embargo, a principios de 1955 Molotov y Jruschov creyeron que todavía estaban a tiempo de lograrlo si conseguían encelar a los alemanes con la idea de la reunificación. A tal fin, una forma de demostrar su disposición a cumplir un compromiso de tal naturaleza sería hacer esa misma concesión a Austria, que, por otra parte, lo había estado reclamando casi desde el final de la contienda.

En muy pocas semanas soviéticos y austriacos se pusieron de acuerdo y el 15 de mayo de 1955 se firmó el tratado del Estado austriaco, llamado oficialmente Tratado de Estado para la Restauración de un Austria Independiente y Democrática (obsérvese el empleo de la palabra independiente, que pretende poner el acento en la imposibilidad del Anschluss). Las condiciones del tratado fueron: retirada de todas las fuerzas ocupantes y recuperación de la soberanía política a cambio de la neutralidad (aunque de esto no se hizo mención en el tratado, pero se incorporó inmediatamente a la Constitución austriaca).

Las reacciones

La disposición de los rusos a desalojar Austria cogió a todo Occidente por sorpresa. No era para menos, si se tiene en cuenta que Austria oriental fue el único territorio ocupado por el Ejército Rojo que los soviéticos desocuparon voluntariamente. Sin embargo, no todo eran parabienes.

Los Estados Unidos se habían mostrado vacilantes en esta cuestión. Por un lado querían normalizar la situación de Austria, pero por otro temían que la neutralidad no fuera otra cosa que el primer paso hacia la sovietización. No obstante, para evitar peligros Washington había estado armando secretamente a los austriacos, a fin de que pudieran hacer frente a una hipotética invasión soviética. Los franceses, en cambio, consideraron el acuerdo muy satisfactorio porque alejaba a los soldados rusos de sus fronteras y podía ser un empujón hacia la neutralidad germana, un resultado más deseable que el rearme. En Alemania, Adenauer consideró el tratado un éxito de Moscú en la creencia, real o fingida, de que tarde o temprano una Austria neutral caería en la órbita soviética.

Los rusos también consideraron el tratado un éxito porque estimulaba la neutralidad de Alemania y, aunque no se consiguiera ese objetivo, lograban que Austria no cayera del lado capitalista, cerrando por los Alpes, junto con la Suiza igualmente neutral, la comunicación de la Italia integrada en la OTAN con una Alemania alineada con el bloque occidental.

Sin embargo, no cabe duda de que el tratado fue a la larga un triunfo del bloque capitalista. Austria estaba ligada económicamente a Occidente y, por muy real que fuera su neutralidad, su vocación era obviamente antisoviética. La neutralidad austriaca podría haber sido beneficiosa para la URSS si hubier ido acompañada de la de Alemania, pero aisladamente no significó gran cosa para Moscú, que a cambio perdió una ficha que jugar en el tablero de la Guerra Fría. Muy pronto, al año siguiente, en 1956, quien quiso inspirarse en el ejemplo austriaco no fue Alemania, como Jruschov pretendió, sino Hungría, un satélite de la Unión Soviética que protagonizó el levantamiento más serio de los que hubo contra el dominio ruso después de la muerte de Stalin. Pero esa es otra historia.

 

LA GUERRA FRÍA: 1946-1950: Francia juega sus cartas  Las causas del conflicto de Corea  El 'New Look' de Eisenhower – Lucha intestina en el Kremlin  Irán, 1953. El primer éxito de la CIA – 1954: golpe de estado en Guatemala  Indochina  Dien Bien Phu – Los Acuerdos de Ginebra  La Comunidad Europea de Defensa  El rearme de Alemania.

Lo más popular