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"LOS RECUERDOS ESTÁN HECHOS PARA VENCERLOS"

Sobre memoria y milenios

"Mi memoria histórica tiene tres mil años ¿sabes?". No lo podría haber dicho mejor, Arturo Pérez Reverte. La audacia mejora casi siempre la lucidez intelectual de un individuo letrado. Y, aunque algunos hayan tomado estas declaraciones como una boutade arrogante y despreciativa, propia de un escritor millonario, a mí me aliviaron inmediatamente, porque pude comprobar que mi memoria histórica tenía esa dimensión milenaria. La mía, era, también, asombrosamente resistente y vieja. Milenio arriba, milenio abajo.

Carmen Grimau
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Mi memoria histórica está encerrada en la memoria de los libros, en la memoria de los epitafios, en la memoria de viejos legajos de piratas y en las maletas de doble fondo de los clandestinos, en la memoria de las piedras y de las cenizas, en la memoria de los panfletos y de los salmos, en la memoria de las hemerotecas, en la memoria de las cloacas de la historia del pasado siglo y de los anteriores también. Es, esa memoria histórica mía, extraordinaria y silente. Y se cuela, sin quererlo yo, entre palabras dichas y otras soñadas.

Mi memoria histórica me habla de un dolor concreto y puro del hombre que se quiebra sempiternamente. Que fracasa y que mata, muere o es matado. Mi memoria histórica es la de los muertos que conocí, de sus muecas y de sus roces o susurros. De los que no conocí y que hablan en cada renglón del siglo pasado: "He visto cosas que ningún hombre debería haber visto nunca". Mi memoria histórica convive con las palabras de los muertos. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es una biblioteca sino un gran santuario de memorias acumuladas sin censura? Sin censura. Un espacio libre, sin prejuicios.

No somos ricos la gente que hemos forjado, a lo largo de nuestra vida, una buena biblioteca. Tampoco somos privilegiados. Tal vez, simplemente, hayamos elegido, entre otras muchas aficiones bullangueras, escuchar las voces que están encerradas en nuestras estanterías. La bulla de los litroneroses poca cosa, casi nada, si la comparamos con la bulla que oímos al abrir un libro, o al desplegar un mapa. Estas filas de palabras escritas en los lomos ordenados y que se alzan como columbarios nos lanzan signos, nos enredan, nos fuerzan a seguir huellas que no convergen sino que nos proyectan descaradamente al vacío, a la contradicción, al dolor del otro, a la vida de los otros y, en suma, al conocimiento nada apologético de la historia.

"Un siglo es el resultado necesario de los que los precedieron. Un siglo sólo puede ser lo que es", escribía a finales del siglo XVIII el poeta André Chénier.

Sí. El siglo XX español no pudo ser más que lo que fue. Un territorio que languideció de espaldas a la modernidad. No se guillotinó a Fernando VII. A nadie. Ninguna huella española encontraremos en una Europa que, en 1918, movilizó a 65 millones de hombres. Ningún rastro entre 8,5 millones de muertos, 21 millones de heridos, 4 millones de viudas, 8 millones de huérfanos.

El siglo XX español no pudo ser otro. Un territorio alejado de los envites ideológicos y que, sin embargo, fue arrollado por ellos. Ésa es la única verdad.

El único fulgor de los años treinta fue eso, fulgor esperanzado y brutal que apenas duró unos años y que se cerró con una revolución y una guerra civil.

Se repitió entonces la sempiterna sensación de orfandad, el mismo abandono de los siglos. La misma desidia social. España descubrió tarde y mal el dolor de los otros. Tarde y mal, el trasiego de las diásporas europeas. Tarde, el holocausto armenio. Tarde, el de los judíos.

Y ahora sigue lamiéndose sus eternas heridas, con una melancolía nefanda y un rencor anacrónico.

Y vuelta a la polémica. A la confrontación entre el espíritu de la narración, que crea los mitos y el análisis del historiador, que desmitifica. Un historiador sólo puede trabajar desviando su mirada de los destinos particulares, de las memorias personales, de los sufrimientos individuales. Porque el mundo del historiador es el mundo de los muertos, aunque él sea un hombre entre otros hombres vivos. Pero surge inevitablemente una pregunta difícil: ¿cómo consentir este alejamiento de lo humano, que es, a la vez, nutriente básico del conocimiento histórico? Eso es lo que trata de desmenuzar Imre Kertész en Un instante de silencio en el paredón, cuya lectura recomiendo. Lo cierto es que la Historia necesita la adquisición de una existencia no individual. Pero aún así queda otra pregunta en el aire: ¿en qué momento se firmó el acta de capitulación y la entrega del muerto a la historia? Michel de Certeau habló como nadie de la transfiguración de la muerte en Historia.

El que ha padecido se abre al dolor de los otros. En este sentido, me viene a la memoria las palabras de David Rousset dirigiéndose en 1949 a sus antiguos camaradas de Buchenwald para pedirles que no se callaran ante la sospecha de otros campos de concentración, de otro dolor, el de los campos de Siberia:

Vosotros no podéis rechazar este papel de juez. Para vosotros, antiguos deportados políticos, es precisamente la labor más importante. Los demás, aquellos que no fueron recluidos en campos de concentración, pueden argüir la pobreza de la imaginación, la incompetencia. Nosotros somos unos profesionales, unos especialistas. Es el precio que hemos de pagar el resto de vida que nos ha sido concedida. (Reproducido en Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria, Paidós, 2000).

¿Profesionales del sufrimiento? Sí, lo fueron. Y también profesionales de la generosidad. A secas. Sin esperar recompensa alguna, sino insultos, en plena guerra fría. Agudizaron su vista de supervivientes para ver lo que nadie veía.

Pero éste es un país rudo. Y no salimos de la sórdida competitividad entre memorias, entre víctimas. Sólo un Estado desmembrado puede mantener un revanchismo ideológico a tan largo plazo. Y asistimos atónitos al (re)surgimiento del nonagenario secretario general del Partido Comunista, que añora las viejas barricadas para formar una "nueva izquierda" que esté a la izquierda de la izquierda de no sé qué. Levantar barricadas siempre con la sangre de los otros, claro. Como si no sintiera en sus espaldas "toda la casa de los muertos", por decirlo literaria y metafóricamente.

La política nunca es justa. No tiene por qué serlo. Es arbitraria. ¿Acaso fue la Ley de Amnistía justa? ¿Qué fue la Ley de Amnistía de 1977 para los que se acogieron a ella? Un pacto de desmemoria. Y no nos engañemos: una humillación. Fue aceptar un borrón, y un aquí no pasó nada. Y aceptar la monarquía. Pelillos a la mar y a casa, todos tranquilitos, que el exilio ha terminado. Y las banderas republicanas debajo de la cama. Que no toca.

El culto a la memoria no siempre sirve a la justicia. El analista americano, Philip Gurevich señala: "Ser puesto ante la barbarie no es un antídoto contra ella". Y eso lo vemos cada día. Además, puede "introducir de contrabando el bálsamo de la autocompasión".

Las reparaciones son los únicos elementos tangibles que puede y debe procurar todo Estado democrático. Pero eso es tarea de la administración del propio Estado. De los programas pedagógicos. No del telediario.

El exabrupto de Arturo Pérez Reverte me anima a zambullirme de nuevo en los tres mil años de sabiduría acumulada como consuelo y preparación para lo que puede suceder algún día no muy lejano, si las generaciones siguen enorgulleciéndose de no saber. Yo, por si acaso, he empezado a memorizar un libro, porque tal vez seamos condenados a ser los vagabundos sabios que cargan con la memoria de los libros quemados por los bomberos de Fahrenheit 451.

Pero de momento, y para no entristecernos, repito lo de Woody Allen: "Los recuerdos están hecho para vencerlos".

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