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Caso madre sordomuda

Una juez y un fiscal encarcelables

El peligro de algunos jueces es creerse que son una especie de "nobles por oposición". Que cuando bajan a la villa, al vulgo, a la canalla, es siempre encima de la prepotencia de un cuadrúpedo y con un altanero halcón sobre su puño, dueños de vidas y haciendas, autorizados a perder a un hombre por haber cazado un conejo en sus dominios, entre una gleba prosternada de hinojos que no se atreve a mirarles a la cara. No tengo por qué presumir que, por haber aprobado una dura oposición, un señor que sigue usando "clearasil" bajo el flexo, ya muy pasada la postadolescencia, y planchándose el trasero con la silla hasta quedar apaisado y color de monja –el culo, digo–, ha accedido automáticamente al buen sentido, a la equidad, o aunque sólo fuese, a la vida real. A veces ocurre, habiendo jueces que sin embargo se sobreponen con éxito a haber pasado demasiado tiempo aislados entre folios; otras, no.

El caso de esa jueza y ese fiscal que condenan a cárcel y alejamiento para la dignísima madre sordomuda que dio una bofetada a un hijo por haberle faltado al respeto se explica solo, sin necesidad de un artículo. Estamos, inequívocamente, ante dos "nobles por oposición". Es una de las asignaturas pendientes de la democracia española: bajarlos del cuadrúpedo y retirarles el halcón.

Vaya por delante mi desprecio infinito para esos rozagantes jueza y fiscal, que me parecen perfectamente encarcelables, ellos sí. Debería existir una acusación popular contra ellos, a la voz de ya. Les informo, de paso, a los rozagantes por oposición, a esa casta gozante que veja una profesión nobilísima que no les merece, que yo también he dado alguna vez un cachete a mi único hijo. Les espero pulgar con pulgar, para facilitarles la tarea cuando ordenen que me pongan las "esposas" muy a su sabor.

No soy sordomudo como la ya célebre madre, pero a cambio no sé si se habrán enterado los de la casta gozante que la vida a veces te gasta, no sé a ellos, putadas bastante importantes, y es cuando la vida deja de caber en unas leyes que parecen elaboradas no por humanos sino por las bacterias fósiles halladas en el planeta Marte. A mí, la providencia me gastó una de esas putaditas como a esa madre condenada le gastó su sordomudez: a mi único hijo, diez años, le he dado alguna vez un cachete porque la única sonrisa de mis días, que es él, devino hiperactivo y autista, una enfermedad hoy por hoy incurable y mistérica. En el reverendísimo planeta de los "nobles por oposición", donde la gente perfecta va con guantes color de mantequilla fresca, estas cosas son inimaginables, lo sé, por eso debo seguir informándoles de que un niño hiperactivo, cuando crece y alcanza un peso respetable, se vuelve absolutamente inmanejable a no ser que se le someta de continuo a una gran fuerza física, un a modo de "catch as catch can" cálido pero terminante.

Sin duda, los del planeta satisfecho, si me viesen un día que fueran por la calle con su ley en la mano, pensarían que ando forzando los más mínimos movimientos de mi hijo con la excusa de que no se arroje bajo los coches y usando mis músculos, que me veo obligado a entrenar diariamente, para vulnerar no sé qué derechos cívicos del menor ideados en uno de esos laboratorios de ingeniería social políticamente correcta. Y decretarían el alejamiento y me meterían en la cárcel. Yo ya no tendría sonrisa de mis días y mi hijo, aunque sea detrás de su cápsula de vacío, tampoco se sentiría ya entendido y velado por la persona por la que siente adoración. Y habría una jueza y un fiscal relamiéndose de lo mucho que mandan.

Para ir haciendo boca, aguardando a que sus señorías me procesen por trato poco "progre" hacia mi hijo, pido públicamente, como ha hecho el bueno de Andrés Aberasturi (que también tiene un hijo especial), que no se olviden igualmente de hacerlo por desacato. Porque a esa jueza y ese fiscal no los dejo por menos que como un par de mentecatos.

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