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Los acontecimientos se precipitan a izquierda y a derecha. Tenía que suceder, y ya ha empezado. Las causas son la rendición con armas y bagajes de los socialistas al separatismo y la renuncia de los populares a dar la batalla de las ideas. Dos lacras, dos catástrofes que vienen de lejos y que han castigado a las dos columnas del sistema: el supuesto partido nacional de la izquierda y el efectivo partido nacional de la no-izquierda.
Había logrado el Partido Popular aglutinar la totalidad de un voto que se define por contraste, el voto de los no izquierdistas, trátese de liberales, de conservadores o de muy conservadores. Y esta unidad era sagrada porque su mantenimiento es la única vía para ganarle elecciones al PSOE. Digo que era sagrada; ya no lo es. Resulta sencillamente estúpido acusar de desestabilizar al PP a cuantos simpatizantes o militantes constatan la traición de los suyos a ciertos principios básicos y el desprecio continuado a su gente, especialmente en Cataluña. Allá con sus problemas los que tienen en la política profesional el sustento. Quienes estamos exentos de tal servidumbre somos libres de decidir cuáles son en cada momento las prioridades y aplaudir (y votar) al pequeño partido recién nacido que se manifiesta dispuesto a pelear por ellas.
Veníamos insistiendo en que la divisoria política en Cataluña es la cuestión nacional. Los catalanes no nacionalistas hacía tiempo que no nos sentíamos representados por nadie, y cada vez se hacía más difícil entregar el voto a Piqué y Vendrell, cuya estrategia se ha mostrado una y otra vez equivocada. Aseguraron en Génova que no habría estatuto catalán; lo hubo. Garantizaron que la aritmética les haría imprescindibles y que Artur Mas, con o sin actas notariales, tendría que pasar por su tubo; tampoco ha sido así.
La única manera de mantener unido el voto del PP en las próximas municipales y generales es dar un golpe de timón y admitir que las papeletas que se han ido a Ciudadanos se habrían quedado en su sitio si en vez de la estrategia mimética de Piqué se hubieran defendido con claridad las propias posiciones. Por cierto, ¿dónde está el efecto Nebrera?
En vez de reconocer los errores y evitar un goteo de votos que puede acabar convertido en chorro, la plana mayor del PP cierra filas en torno a Piqué. Una calamidad, pues la misma mosca que se aloja detrás de la oreja del votante popular catalán se ha ido a posar en pabellones auditivos madrileños hartos de Gallardón. Antes de alimentar con su papeleta a las carpas del retiro, preferirán los mosqueados sumarse al efecto Rivera. Ese sí que es un efecto constatado y no el de doña Montserrat.
Al resistirse a abrir una crisis interna para no perjudicar sus expectativas de cara a las generales de 2008, Rajoy se ha perjudicado doblemente. La crisis llega de todas formas porque se la provoca su propia base electoral. Lo que evidencia otro error estructural: la percepción que Rajoy tiene de sí mismo como arma a la que sólo queda una bala.

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