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En su libro Retratos y perfiles, José María Aznar reveló una conversación crucial con Jordi Pujol. A raíz de la negativa del entonces líder nacionalista a que su formación entrara en el gobierno de España, Aznar, decepcionado, valoró la decisión como un grave error, como la pérdida de una oportunidad única y como una inconsecuencia clamorosa.
Durante su larguísimo gobierno, CiU puso en marcha mecanismos de construcción nacional que, con el tiempo, y dado lo desmesurado de la operación, sólo podían conducir a la estupefacción actual por las distancias adquiridas entre la Cataluña real y la oficial. De ahí la gran abstención, la irrupción de los Ciudadanos, la desafección de no pocos intelectuales y periodistas. No hay que olvidar que la operación ("de arriba abajo", pura ingeniería social desaforada, frenética y maniquea) se llevó a cabo desde un poder inferior al estatal y en una sociedad abierta. Es decir, por un lado tenía límites insalvables y por otro necesitaba del concurso, o al menos la pasividad, de la mayoría de lobotomizados.
Pero la inconsecuencia, cierta, que Aznar le reprochó a Pujol no tiene que ver con lo anterior sino con el encaje de CiU –formación que ya se estaba confundiendo con las instituciones– en el supraproyecto español. O más crudamente: con las reglas de juego mínimas que debía respetar un aparato de poder semejante para poder seguir haciendo lo que hacía.
Y lo que hacía tenía que ver con afectos que desaparecían en las nuevas generaciones, con una historia que se escamoteaba o retorcía, con un entramado moral que se rasgaba. Lo paradójico es que CiU habría podido seguir con esa forma de construir Cataluña institucionalmente que consiste en destruir España sentimentalmente... si se hubiera implicado en la gobernación de dicha España.
CiU ha muerto de éxito, y ese éxito se llama ERC: los jóvenes que creyeron a sus padres. Si España nos perjudica tanto, ¿a qué seguir en ella? Y la paradoja final, como una traca valenciana: la historia ha puesto a los independentistas catalanes en la tesitura de actuar con más realismo que sus mayores. De momento tienen un compromiso con los socialistas que, a la vista está, va más allá de coyunturas. Los convergentes no pueden comprenderlo y se echan al monte, ellos, tan moderaditos: para el votante común de CiU, el gobierno de Entesa es ilegítimo. Y su presidente, más, por nacimiento. La política tiene estas sorpresas.

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