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Devaluación

Chávez y el devastador camino hacia el socialismo

Juan Ramón Rallo

&quote&quoteTal y como están redescubriendo los venezolanos y los empresarios que creyeron que podrían hacer negocios con el régimen, el camino hacia el socialismo está repleto de miseria para todos los individuos salvo para los que integran la nomenclatura.

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La economía venezolana se está descomponiendo por momentos. Los estragos de una década de chavismo son cada vez más evidentes para todo aquel que quiera observarlos. Que durante años la situación fuera grave pero no dramática se debió simple y llanamente a que el tirano bolivariano sobrevivía gracias a las rentas del petróleo y a la rapiña puntual del sector privado.

Mal que bien, desde hace varias décadas Venezuela había logrado acumular importantes cantidades de capital que el gorila rojo, con sus características demagogia y retórica fascio-socialista, supo ir expropiando en nombre de un pueblo al que terminó acomodando en el parasitismo.

Hoy, Venezuela es un país con una economía destruida y una industria desmantelada. Su única exportación, su única fuente de riqueza, es el petróleo. Gracias a las ventas de esta materia prima al resto del mundo, los venezolanos obtienen los dólares que necesitan para poder comprar en el extranjero todo –todo– lo que les falta.

Así, desde 2003, momento en el que Chávez decidió impedir a las empresas privadas huir de su dictadura imponiendo un control de cambios, todo ciudadano que desea comprar al extranjero, ha de acudir con esa bazofia de divisa llamada bolívar ora al Gobierno ora al mercado negro. Hasta el pasado 10 de enero, el Gobierno, a través de su sucursal el Banco Central de Venezuela, vendía un dólar por 2,15 bolívares, pero sólo a los individuos que contaran con el favor de Chávez. Son las consecuencias del control de cambios: si el Estado no te quiere proporcionar divisa extranjera, no la puedes obtener a menos que acudas a medios alegales o ilegales.

Los particulares, gracias a su pequeñez, tenían la opción del mercado negro, donde podían adquirir dólares a precios que alcanzaban hasta los siete bolívares por billete verde. Pero las grandes empresas tenían que pasar por el filtro de Chávez, lo que generalmente significaba la negativa a la compra de dólares, agravando la destrucción de la industria venezolana (¿se imaginan como funciona una compañía que no pueda adquirir los factores productivos que necesita?). La nueva oligarquía venezolana temía que las grandes empresas sacaran su dinero del país y se lo entregaran a sus legítimos propietarios –los accionistas– en lugar de brindárselo con las manos atadas a los legitimados ladrones del régimen; de ahí que numerosas compañías españolas, como Telefónica, tuvieran millones de euros de beneficios cautivos en forma de bolívares que ahora se han diluido como un azucarillo.

Tras la devaluación del bolívar el pasado 10 de enero, a los venezolanos les costará 4,3 bolívares comprar un dólar. Así, los venezolanos deberán pagar el doble por los productos extranjeros y por sacar el dinero al exterior.

Nadie debería sorprenderse, pues, de que después de esto la ya de por sí elevada inflación (en 2009 superará el 25%) estalle, no sólo porque el precio en bolívares de las importaciones se ha disparado, sino porque la capacidad de Chávez para inflar la cantidad de bolívares sobre una misma base de dólares se ha multiplicado por dos.

El gorila tilda de "especuladores" a quienes simplemente tratan de repercutir los costes que él ha multiplicado a los precios y ya ha empezado a extender las garras del Estado sobre los negocios cuya única alternativa a no incrementar los precios era echar el cierre. Si vendías a cinco lo que comprabas a cuatro, difícilmente podrás seguir vendiendo a cinco lo que ahora te cuesta a ocho.

En realidad, sin embargo, los comercios venezolanos no tienen alternativa. Es una ficción incluso que puedan optar por cerrar. La devaluación del bolívar se encaminaba, desde un principio, a expropiar la poca riqueza que les quedaba a los ciudadanos y a las empresas extranjeras, a obligarles a entregarle al Gobierno el doble de sus ahorros para poder acceder al mercado exterior. Todo ha sido programado para que el entramado empresarial pase a ser propiedad exclusiva del chavismo. Cómo se implemente esta nacionalización es sólo cuestión de detalles (inflación, devaluación, expropiaciones, regulaciones...). No se trata de subir los precios y de ser nacionalizado o de mantenerlos y echar el cierre: Chávez pretende que todo pase a su propiedad. Y es que amamantar a un país en ruinas mediante las subvenciones estatales obliga a robar hasta la última migaja de pan al sector privado.

Tal y como tristemente están redescubriendo los venezolanos y los empresarios que creyeron que podrían hacer negocios con el régimen, el camino hacia el socialismo está repleto de miseria para todos los individuos salvo para los que integran la nomenclatura. No lo olvidemos nosotros también: ése es el "progreso" que nos vende a diario la izquierda, nuestra izquierda.

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

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