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¿Es Rubalcaba más listo que el mercado?

El problema de fondo de todo este asunto es que el mercado energético en España, y en casi todo el mundo, no se distingue demasiado de uno soviético. Por eso tiene que salir Rubalcaba con su plan quinquenal.

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Conocido es el gusto de nuestros socialistas por la planificación central. Así las cosas, desde que Marx alumbrara aquello del socialismo científico, siempre han pensado que un comité de sabios podía dirigir de manera exitosa los destinos de millones de personas: un despotismo muy poco ilustrativo que desconocía las limitaciones de su propia razón.

Nada de lo anunciado hoy por Rubalcaba es algo que no hubiesen podido decidir consumidores, productores o intermediarios de acuerdo con su conocimiento particular del mercado: los conductores que quisieran ahorrar podían conducir a 110 km./h; los que consideraran el transporte por carretera demasiado caro con respecto al ferroviario, podían optar por este último; y las petroleras y los fabricantes de automóviles que consideraran que el biodiesel era el futuro, podían ofrecer sus compuestos y sus vehículos adaptados a tal proyección.

Pero el Gobierno ha decidido dar un empujoncito intervencionista que, como de costumbre, puede tener efectos inesperados. Primero, apostar por que los muy subvencionados biocombustibles son el futuro energético de la automoción es sólo eso: una apuesta que a la larga puede salirnos muy cara. Otros opinan que la solución pasa por el gas natural o incluso por un coche eléctrico que se abastezca de centrales de carbón y nucleares. Simplemente no sabemos qué alternativa es mejor, por cuanto ni siquiera conocemos cuáles van a ser los precios de las distintas materias primas –es decir, sus escaseces e importancias relativas– dentro de un mes; no digamos, pues, dentro de un año o de una década. Si ahora nos adentramos hacia una dirección que resulta ser la incorrecta, ¿quién pagará los platos rotos cuando haya que cambiar toda la vajilla?

Además, al subvencionar los biocombustibles y obligar a los productores y distribuidores de gasoil a adquirirlo, sólo estamos cebando aun más una demanda artificial que está contribuyendo, en parte, a encarecer el ya de por sí disparado precio de los alimentos. ¿Cuál será el siguiente paso de Rubalcaba? ¿Establecer controles de precios a los alimentos que más se encarezcan?

Segundo, ¿es malo que el precio del petróleo se dispare? Sólo si su aumento se debe al recalentamiento de la economía vía actividades improductivas (como los planes E de Zapatero/Rubalcaba o los "estímulos" monetario à la Bernanke). En el resto de casos, si el petróleo sube porque los agentes económicos desean hacer un uso más intensivo del mismo, la escalada de precios servirá paras diversos fines: a) distribuirlo hacia aquellos más urgentes, b) incentivar el ahorro energético, c) promover la búsqueda de alternativas más baratas.

Con todo, estos dos últimos puntos dependen críticamente de que los agentes económicos consideren que el petróleo se mantendrá elevado durante un horizonte temporal lo suficientemente prolongado. No basta con que el petróleo esté alto un par de meses o unos años; muchos proyectos de investigación, de transición y de explotación de energías alternativas requieren, para ser rentables, que el barril se mantenga estructuralmente encarecido; lo cual es muy probable, pero semejante predicción también está sometida a errores fatales, como error fatal fue para muchos el período desde mediados de 2008 a mediados de 2010 y como error fatal podría ser tratar de saber con certeza qué pasará con el petróleo tras las revueltas en el mundo árabe.

Si el Gobierno arbitra mecanismos para rebajar artificialmente el precio del petróleo –ahorro energético vía parches absurdos como el de limitar la velocidad– sólo estaremos retrasando la investigación y la transición hacia nuevos motores y hacia nuevas centrales eléctricas. De nuevo: con los precios no se juega; son uno de los principales mecanismos de comunicación a la hora de indicar dónde deben concentrarse los recursos. Si los españoles quieren ahorrar energía, que la ahorren; si no, que paguen sus sobreprecios (y renuncien, por tanto, a otros bienes y servicios que podrían adquirir ahorrando energía), financiando así una parte del cambio de modelo energético que en algún momento necesitaremos (aunque aún ignoramos qué modelo en concreto, algo que sólo puede descubrir, vía prueba y error, el propio mercado).

Claro que el problema de fondo de todo este asunto es que el mercado energético en España, y en casi todo el mundo, no se distingue demasiado de uno soviético. Por eso tiene que salir Rubalcaba con su plan quinquenal; por eso se confía más en unos burócratas que son en gran medida responsables del desaguisado productivo en que está sumida España que en el conocimiento disperso y descentralizado de millones de personas. Marx antes que Hayek. De esos polvos vienen estos lodos.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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