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Columna publicada el 19-08-2005
Tanto repetirlo y resulta que, finalmente, algunos se creyeron sus propias mentiras. No deja de resultar tragicómica la sorpresa con la que los medios de comunicación han recogido lo que parece ser una “excepcional” condena del Santo Padre al nacional-socialismo.
Tras la elección de Benedicto XVI, la izquierda no paró de recordarnos que había formado parta de las Juventudes Hitlerianas, olvidando convenientemente que su reclutamiento fue “en contra de su voluntad” y, sin duda, de la de su padre, firme opositor del régimen nazi.
Las condena del nazismo como “una demencial ideología racista, de matriz neopagana” en la sinagoga de Colonia han desconcertado a muchos, para quienes las reiteradas críticas de Ratzinger al relativismo, a los valores a la carta de las sociedades democráticas, suponían una prueba fehaciente de que el nuevo Papa conservaba muchos de sus rasgos nacional-socialistas. Tengamos presente que gran parte de la izquierda sigue contemplando al nazismo como un régimen conservador y antirrevolucionario, un régimen antisocialista.
No sólo deberían tener presente que el nazismo es nacional-socialismo, sino que su base ética es precisamente el relativismo que con tanto ardor ha condenado Ratzinger: “ni la dictadura nacionalsocialista ni la comunista consideraban mala en sí ni una sola acción. Lo que servia a los fines del movimiento o del partido era bueno, por inhumano que fuera”.
Para Ratzinger los horrores del nazismo demuestran que la moderna fe en la democracia combinada con el relativismo son dos de los mayores peligros a los que se enfrentan las sociedades libres. El Estado vicia su poder “en el momento en que deja de percibirlo como administrador fiduciaria de un orden más alto, que pende de la verdad”. Y es que “hay un derecho y una injusticia que son objetivos; una legislación que quiera establecer realmente el derecho se debe orientar al derecho que reside en la naturaleza del hombre”; cuando el Estado vulnera ese derecho inmanente en el individuo “se absolutiza”. Pues, “como ya hemos dicho, el fundamento esencial le viene al Estado desde fuera”.
El antiliberalismo necesita de ese relativismo para consolidar y legitimar el uso de la coacción al frente del Estado. Es un error suponer que no hay derecho, que no hay justicia, al margen del Estado, que todo nuestro ordenamiento es derecho positivo, basado en la voluntad subjetiva del pueblo o del legislador. “El derecho sólo se puede entender de manera puramente política, es decir, justo es lo que los órganos competentes disponen que es justo” El corolario de este modo de pensar es que: “Hitler y sus cómplices, que estaban profundamente convencidos de lo que hacían, no podían actuar de otro modo A pesar del horror objetivo de su acción, desde el punto de vista subjetivo obraban moralmente”.
De ahí que Ratzinger considere al comunismo y al nacionalsocialismo como máximos exponentes del relativismo, de la violación de los derechos naturales de las personas. “El nacionalsocialismo era sólo el instrumento del que se servía el nihilismo”.
No sólo eso, Benedicto XVI también ha advertido en la sinagoga de Colonia contra el resurgimiento de los “signos de antisemitismo”, tan característicos de la izquierda liberticida y propalestina. Ratzinger siempre se ha sentido hermanado con el pueblo judío, pues, como recuerda en su discurso en Colonia: “Quién encuentra a Jesucristo encuentra al hebraísmo”
Juan Ramón Rallo es director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana

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