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EL SIGLO DE LOS INTELECTUALES

Historia del perfecto idiota intelectual galo

El recorrido minucioso y demoledor de Michel Winock por la vida intelectual francesa del siglo XX va dejando en el lector un poso de pesimismo y tristeza. Sobre todo si es español. Porque de la frivolidad y la estupidez del típico intelectual francés, de izquierdas o de derechas, de la brutalidad y de la superficialidad de la política francesa, sobre todo en la primera mitad de esa centuria, provinieron muchos de los lodos que enfangaron nuestra vida política y cultural.

El afrancesado hispano es lento en la digestión de baguettes y filosoferías. Desde que el foco de influencia cultural pasó de la sofista aldea gala al pragmático y cosmopolita ambiente cultural anglosajón, no cabe duda de que hemos mejorado.

Tres son las figuras dominantes, los ejes personalistas, sobre las que Winock articula su panorámica de la vida cultural francesa: Barrès, Gide y Sartre. Alrededor del primero, nacionalista republicano, se agitan espasmódicamente Zola y su "Yo acuso" –lo que constituyó el gran hiato entre los cosmopolitas y los nacionalistas–, el nacionalista realista Charles Maurras, el libertario francotirador socialista Péguy... El gran suceso político y cultural de esta primera etapa fue el proceso militar al teniente Dreyfus. Lo que se debatía no era ni mucho menos si Dreyfus era inocente o no, sino, en primer lugar, si el honor del Ejército, y con él el de la esencia misma de Francia, estaba ontológicamente por encima de los derechos individuales. Era la oposición entre dos formas de entender la nación francesa. Desde un punto de vista romántico, en cuanto manifestación metafísica de una forma del ser, o desde un punto de vista ilustrado, es decir, como un conjunto de derechos y deberes constitucionales que emergen a través del proceso democrático. La volonté générale frente a la racionalidad liberal.

El otro foco de disensión en torno al teniente Dreyfus venía dado por su judaísmo, lo que desató una ola de odio antisemita tanto en la derecha, proveniente de un cristianismo visceral, como en la izquierda, para la que la mano invisible de Adam Smith se identificaba con una confabulación judeo-capitalista.

El testigo de la grandeur que personificaba ese gran patriota que fue el divino Maurice Barrès fue recogido a su muerte, en 1923, por el demoníaco André Gide. Éste soñaba con destruir el Estado y la familia, lo que no le impidió convertirse en un venerado y premiado autor por parte del Estado francés y en cabeza de una de las familias más estrambóticas y sui generis de las que tengo noticia. Gide fue uno de los primeros homosexuales en salir del armario, con su obra Corydon, publicada al año de la muerte de Barrès; constituyó un escándalo mayúsculo, sobre todo entre los círculos católicos, siempre tan sensibles a las cuestiones de quién penetra a quién y por dónde. Paul Claudel intentó convencerlo de que se podía curar, y Jacques Maritain quiso que le prometiera que rezaría a Jesucristo para que le hiciese saber directamente si actuaba bien al publicar el libro.

André Gide.Si Gide fue el centro de todas las miradas y los movimientos en la primera mitad del siglo francés, fue porque le metía el dedo en el ojo a todo el mundo. El tipo, como años después Rosendo, estaba loco por incordiar: "Yo no quiero inspirar compasión con este libro: quiero MOLESTAR". Era tan "demoníaco", que tampoco los gays tipo Zerolo –arcoiris por fuera, rojos por dentro– podrían echar mano de él para sacarlo en algún cartel de la procesión del Orgullo: aristocrático y rebelde por naturaleza, no sólo no se privó de dejar embarazada a una chica que por allí pasaba, sino que hizo que uno de sus amantes masculinos también la preñase, más tarde. Y es que Gide era un gran defensor de las antiguas costumbres griegas. Una cosa es que le gustasen los hombres y otra muy diferente que no cumpliese sus obligaciones con la especie y con la patria. De hecho, hoy seguiría siendo considerado un pervertido, tanto por la derecha de sacristía como por la izquierda-Ministerio de la Igualdad, dada su taxonomía de los homosexuales: diferenciaba entre pederastas, sodomitas e invertidos; él se consideraba un pederasta, alguien que se prenda de los muchachos jóvenes. Y a mucha honra, exclamaría.

El suceso fundamental de esta época es la revolución comunista en Rusia, que puso a todo el orbe intelectual francés a babear. Romain Rolland, pacifista a ultranza y hasta la idiocia, pasó sin solución de continuidad de venerar a Gandhi a postrarse ante los pies de Lenin, al que consideraba un pacifista porque había firmado (a la fuerza ahorcan) la paz de Brest-Litovsk. Los surrealistas en pleno se convirtieron en "artistas proletarios", a pesar de que no habían dado un palo al agua en su vida y sus colegas rusos estaban siendo enviados a Siberia o se suicidaban, como Maiakovski. También Gide cayó bajo el fulgor del Octubre Rojo, aunque en su caso a través de los Evangelios y no de la lectura de los mamotretos de Marx, que le causaban sopor. En los soviéticos anidaba ese espíritu nihilista, grosero y brutal que hizo escribir a los surrealistas: "Deseamos con todas nuestras fuerzas, que las revoluciones, las guerras y las insurrecciones coloniales vengan a destruir esta civilización occidental"; Louis Aragon, por su parte, pergeñó un poema que, años después, seguro hizo llorar de la emoción a Rafael Alberti:

El estruendo de las descargas añade al paisaje

una alegría antes desconocida;

se ejecuta a ingenieros, médicos,

muerte a aquellos que ponen en peligro las conquistas de Octubre,

muerte a los saboteadores del plan quinquenal.

Sin embargo, Gide fue de los primerísismos, y de los poquísimos, en caerse del burro estalinista. Mientras Willy Münzenberg ponía a bailar a toda la intelligentsia occidental al son del agit prop soviético, financiando revistas, congresos y asociaciones antifascistas, Gide se fue al país de los sóviets para comprobar con sus propios ojos cómo se cumplía su sueño de "un Estado sin religión, una sociedad sin familia".

Pero el elegante inconformista no se encontró lo que esperaba, y lo contó.

Regreso de la URSS fue un demoledor testimonio del totalitarismo estalinista, tanto más eficaz porque Gide había sido un compañero de viaje. Su descripción de las características de la sociedad totalitaria soviética –inercia de la masa, despersonalización, conformismo general, ideología de Estado, "educación del espíritu que empieza en la más tierna infancia", hermetismo ante el mundo exterior, desaparición del espíritu crítico, el Gulag...– terminaba con este puñetazo:

Y dudo de que en ningún país de hoy en día, ni siquiera en la Alemania de Hitler, el espíritu sea menos libre, esté menos inclinado, menos atemorizado (aterrorizado), más avasallado.

La valiente lucidez de Gide seguía siendo una rara avis entre los perfectos idiotas intelectuales galos. Así, la rendición de las potencias democráticas ante Hitler en Múnich fue celebrada por intelectualoides de la talla de Jean Giono, que escribió: "Queremos que Francia tome de inmediato la iniciativa de un desarme universal". A Alain debemos esto otro:

Es falso que se provoque miedo a los violentos armándose contra ellos; lo cierto es lo contrario.

Poco después de estas sandeces, el Führer se paseaba sonriente por los Campos Elíseos...

Gide murió y el liderazgo de la intelectualidad francesa se lo disputaron Jean-Paul Sartre y Raymond Aron. Ganó Sartre por goleada en cuanto a reconocimiento mediático y oficial e influencia. Peor para la Galia. Aron fue de los contados pensadores de prestigio que se alinearon con el bando occidental en lo que definió acertadamente como "el gran cisma", la pugna entre dos campeones: Estados Unidos y la Unión Soviética, que encarnaban dos visiones del mundo, dos filosofías de la historia, dos sistema de vida y de gobierno irreconciliables. Aron frente a (casi) todos denunció en qué consistía "el opio de los intelectuales": la mistificación comunista, que se sustenta en dos mitos, el de la revolución y el de la sociedad sin clases. Y que sigue haciendo estragos en la izquierda española, posiblemente la más obsoleta y caduca de Occidente, que beatifica a personalidades tan siniestras políticamente como Mario Benedetti o José Saramago.

El que la historia de los intelectuales franceses del siglo XX fuera la de una claudicación formidable en nombre de la utopía comunista o del paraíso cristiano no significa que no hubiese francotiradores de la verdad a diestra y sinistra. Winock los analiza con detenimiento y profundidad: Péguy, un socialista libertario aguerrido, y George Bernanos, un católico derechista insobornable, conforman, junto a gentes como Julien Benda o Albert Camus, y por encima de todos Raymond Aron, la exigua nómina de intelectuales lúcidos que defendieron con honestidad sus posiciones ideológicas sin sacrificar jamás sus ideas en el altar de las pasiones de raza, clase o nación. Fueron ellos, y sólo ellos, los que se merecieron la definición del intelectual auténtico que diera Benda en su denuncia de la traición de los clérigos: "El adalid de lo eterno, de la verdad universal".

 

MICHEL WINOCK:  EL SIGLO DE LOS INTELECTUALES. Edhasa (Barcelona), 1.056 páginas. Traducción: Ana Herrera.

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