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ESPAÑA EN PRIMER PLANO

Todo sobre Aznar

Se ha dicho de todo sobre Aznar. Sobre su actividad política, sus principios, su persona. En estos últimos años han abundado los comentarios ácidos, hipercríticos, injustos. Recordemos, por ejemplo, aquel célebre editorial del diario El País en que se le equiparaba con Ben Laden. Alejandro Muñoz Alonso, un auténtico intelectual metido a político, acaba de publicar un excelente ensayo para colocar en su justo sitio la obra del anterior jefe del Ejecutivo en materia de política exterior. El título ya lo dice todo: España en primer plano.

Debe de ser bastante complicado dar sentido a una acción de gobierno que se ha ido desarrollando día tras día, a veces sin demasiada racionalización explícita –o, al menos, pública–; sobre todo si tenemos en cuenta lo multifacético, multidimensional y ambicioso de dicho quehacer. Sin embargo, el senador popular Alejandro Muñoz Alonso, poseedor de una gran cabeza, bien estructurada y repleta de conocimientos, lo ha conseguido. Y con brillantez.
 
Es posible que su trabajo se haya visto beneficiado por el hecho de que la vocación internacional de Aznar pivote sobre unos principios y coordenadas bien asentados. El anterior jefe del Ejecutivo tiene a España por una nación abierta, occidental y europea. He aquí la base de la política exterior que desplegó, los elementos que le sirvieron de guía, y que diferencian a su Administración de otras anteriores, para no hablar de la que le sucedió, tras el 14-M...
 
Es posible que Aznar tenga algunas obsesiones, pero todas ellas son –al menos las que yo conozco– muy saludables. Así, es de los que piensan que un país con un índice elevado de corrupción pública no puede ser tomado en serio en la arena internacional. Que un país con una economía renqueante, protegida y cerrada tendrá una posición marginal en los negocios y en la política mundiales. Que un país sin señas de identidad propias (en el caso de España, están relacionadas con su condición de nación europea, mediterránea y atlántica) no podrá aportar nada positivo al entorno global. Que un país sin ganas ni medios para hacer valer sus intereses no será tenido en cuenta ni por los grandes ni por los chicos del planeta.
 
Para José María Aznar –y aquí encontramos un clarísimo y abismal contraste con su sucesor en La Moncloa–, un país que aspire a ser algo en el plano internacional, que aspire a contar y a ser respetado, necesita tener credibilidad; y para conseguirla debe hacer gala de seriedad, esto es, ha de aceptar las responsabilidades que le correspondan, estar a las duras y a las maduras, ser solidario y cumplir con los compromisos adquiridos. En este punto, conviene recordar, por ejemplo, cómo conseguimos ingresar en el euro –y que los socialistas no daban un duro de los antiguos por ello...
 
La política de Aznar giró claramente en torno a unos ejes muy determinados: Europa, el Magreb, Iberoamérica y Estados Unidos. Habrá quien diga que es algo que imponen nuestra posición geoestratégica y nuestra histórica, pero lo meritorio de Aznar fue que dio un nuevo contenido a las políticas regionales, que, por otro lado, siempre –y esto es también muy importante– integró y puso al servicio de unos valores y objetivos globales. Muñoz Alonso da cuenta de qué se hizo en cada una de estas áreas, así como de las razones que se esgrimieron y de las consecuencias que se derivaron.
 
A la hora de conseguir el respeto de aquellos países con los que nuestras relaciones no siempre son cordiales, como Marruecos, Aznar se guió por el siguiente principio: hay que ser firmes en la defensa de las posiciones propias. Y para que tal firmeza sea creíble es preciso ser fuertes, en el más amplio sentido de la palabra. Así las cosas, resulta de gran ayuda contar con aliados buenos y comprensivos. Así las cosas –y dejando al margen la cuestión del dinamismo económico, sin el cual no se puede comprender la ambición exterior de esta etapa de nuestra historia–, nada mejor para ser fuertes en Europa que ser un buen aliado de Norteamérica. Y, mutatis mutandis, no hay como ser alguien en Europa para que te tengan en cuenta en Norteamérica.
 
José María Aznar nunca ha creído en eso de hacer de Europa una alternativa a América. Es demasiado realista sobre lo que se puede esperar de los europeos en muchos ámbitos. Por otro lado, como él mismo repite sin cesar, no se puede entender ni explicar España sin América; como no se puede entender España sin Europa. Muñoz Alonso denomina "nuevo atlantismo" la postura del ex presidente. Cabría igualmente hablar de su "nuevo europeísmo". Al fin y al cabo, se trata de las dos caras de la misma moneda.
 
Durante la etapa Aznar se trató de integrar clara y decididamente a Iberoamérica en el ámbito atlántico. A diferencia de la diplomacia socialista de Rodríguez Zapatero, volcada en salvar la cara a la Cuba castrista, una de las últimas dictaduras comunistas hereditarias que quedan en el planeta, los Gobiernos de Aznar tuvieron como eje de actuación el fortalecimiento democrático e institucional de toda la región.
 
Nada más patético que ver a nuestro actual Gobierno colocar plácidamente a España entre Micronesia y Guinea Conakry en las Naciones Unidas. Yo siempre cuento que en mi despacho tengo dos fotos: la de Aznar en las Azores, entre Bush, el presidente del país más importante del mundo, y Blair, el premier de la democracia liberal más antigua del mundo, y una de Rodríguez Zapatero con Chávez, el dictador de Venezuela, y Castro. Tengo que decir que esta última es un montaje: y es que Castro ni siquiera se ha dignado posar con nuestro presidente, a pesar de lo mucho que se le ha implorado para ello.
 
Es imposible en este corto espacio hacer justicia a la obra de Muñoz Alonso. Pero quien quiera comprender de verdad qué se hizo, y por qué, en los ocho años de Gobierno Aznar, y qué lugar llegó a ocupar entonces nuestro país, tiene en España en primer plano una lectura obligada.
 
 
ALEJANDRO MUÑOZ ALONSO: ESPAÑA EN PRIMER PLANO. OCHO AÑOS DE  POLÍTICA EXTERIOR (1996-2004). Gota a Gota (Madrid), 2007, 552 páginas.

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