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La paradoja kuwaití

El famoso emirato tiene una muy compleja relación con la modernidad democrática.

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Kuwait City | Flickr/ Khaleel Haidar

David Pollock, director del muy elogiable Proyecto Fikra del Washington Institute, nos llama la atención en este paper sobre el paradójico caso kuwaití, yo diría que bastante desconocido. Y es que el famoso emirato tiene una muy compleja relación con la modernidad democrática.

Así, resalta Pollock, el Parlamento kuwaití es uno de los más abiertos, activos y empoderadosde la región, pero eso no se traduce en que sea un poderoso elemento transformador sino que, por el contrario, con frecuencia es un lastre o un freno para las fuerzas del cambio. Éstas, por lo demás, son muy heterogéneas, lo que les impide prevalecer, aunque por otro lado se las apañan para contener a los partidarios de una monarquía más autoritaria y a los islamistas; estos últimos, por su parte, no parecen demasiado incómodos nadando en las aguas de la ambigüedad y el oportunismo porque, en una sociedad bastante conservadora, no necesitan mostrar un perfil abiertamente radical para hacer avanzar su agenda. Si lo hicieran, de hecho, tendrían todas las de perder, asegura Pollock.

Y es que los kuwaitíes, abrumadora minoría en su propio país –tres cuartas partes de los 4,5 millones de habitantes del emirato son trabajadores extranjeros, a los que hay que añadir unos 100.000 beduinos locales a los que se les niega la ciudadanía–, puede que estén todo el rato quejándose de cómo funcionan las cosas, pero parecen tener clarísimo que lo último que quieren es abrir la caja de Pandora de la revolución, sea del signo que sea: los estragos de la Primavera Árabe en lugares como Egipto, Siria o Libia han dejado formidable huella y conseguido que sean legión los partidarios del statu quo o, mejor, del más-vale-lo-malo-conocido.

En este panorama de inestabilidad soft, muy controlada, la vida política es para muchos una vía de escape y para casi todos un elemento con un tremendo potencial perturbador, lo que provoca que uno de los países más democráticos, o mejor, menos autoritarios de la región sea también uno de los menos dinámicos en este ámbito, al punto de que 1) es el Poder el que tiene que andar con cuidado cuando quiere introducir reformas aperturistas para que no se le eche encima buena parte de los representantes de la ciudadanía; 2) las mujeres y la sustancial (25%) minoría chií apuestan más por el despotismo ilustrado de la casta gobernante que por la completa democratización, pues temen un escenario en que la tiranía de la mayoría arramblara con sus demandas. Es por esto que la única diputada kuwaití no milita en las filas opositoras, precisamente.

Así las cosas, y con la mira puesta en Washington, a la hora de las recomendaciones Pollock aconseja que se deje a los kuwaitíes que gestionen sus propios asuntos y que no se fuerce en el emirato el advenimiento de primavera alguna, no vaya a degenerar en un nuevo invierno tremebundo en un aliado de extraordinaria importancia económica y geoestratégica.

© Revista El Medio

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