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Réplica al Anti Moa

Breve historia de un no debate

Stanley Payne escribió estas sensatas frases (cursivas mías): "El asunto principal aquí no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Esto no puede predicarse de ningún historiador y, por lo que a mí respecta, discrepo en varias de sus tesis. Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española anquilosada, desde hace mucho tiempo, por angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política dominante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen de Moa deben enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales".

Es lo que podía y debía esperarse en cualquier país con un ambiente intelectual medianamente serio. Cuando publiqué Los orígenes de la guerra civil daba por hecha una polémica agria, pero atenida a los datos y argumentos. Obviamente, no conocía nuestra universidad ni al gremio de los historiadores-funcionarios progres, con frecuente vocación de comisarios políticos. En el prólogo a El iluminado de la Moncloa, resumía: "El debate no solo ha sido rechazado, sino sustituido por auténticas andanadas de insultos personales y exigencias de aplicar la censura a mis libros, negándoseme el derecho de réplica en numerosos medios de masas y silenciándose la convocatoria a mis conferencias en lugares como Barcelona". Por no hablar del alud de injurias y amenazas a través de Internet. No solo en El País y en la SER, se me ha censurado incluso en La Razón, donde dejé de escribir por ello. Me han enviado correos sobre libreros izquierdistas que desaconsejan mis libros a los clientes, y otros que han recibido amenazas por exponer títulos de César Vidal y míos en el escaparate. Diversos profesores han avisado a sus alumnos contra la lectura de mis trabajos, no digamos contra su cita en cualquier examen. El historiador Ferrán Gallego recibió "advertencias" por haber aceptado debatir conmigo en un centro universitario de Barcelona; debate boicoteado por la prensa, que ni lo anunció ni escribió una sola línea al respecto.

Y aun podía quedar tranquilo con eso. Pero las autoridades socialistas han llegado a enviar policías a intimidar a los organizadores de alguna de mis conferencias; en la universidad dirigida por Peces Barba sufrí el intento de agresión de unos energúmenos protegidos de hecho por el rector; El Periódico de Cataluña ha propuesto la cárcel para César Vidal y para mí. Truhanes como Carrillo o Alfonso Guerra han lanzado provocaciones con todos los rasgos de la incitación al asesinato.

El profesor Payne constataba algunas de esas reacciones, tan lamentablemente significativas: "Lo que plantea inquietantes cuestiones sobre la situación de la actual democracia española son las persistentes exigencias de que Moa sea silenciado o ignorado. Reclamar tal censura demuestra la estrechez mental de los sectores dominantes de la historiografía española, así como que carecen de todo interés por establecer el menor diálogo o debate, cosas que resultan verdaderamente asombrosas al cabo de cerca de treinta años de democracia". Y denunciaba el empeño oficial y extraoficial por "eliminar su obra mediante una suerte de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o de la Unión Soviética que de la España democrática"; o el empleo sistemático de "observaciones ad hominem aparentemente sensacionalistas, aunque completamente irrelevantes, sobre su antigua militancia en una organización revolucionaria marxista-leninista en los años setenta".

Tal furia inquisitorial ha tenido rasgos realmente cómicos, como cuando esos historiadores (más o menos) perdían todo sentido del ridículo y posaban de intelectuales egregios que, claro, no iban a rebajarse a discutir con un advenedizo. Hubo alguna rara excepción, el señor Moradiellos, de la que ya hablaré. A otros muchos he tenido que bajarlos un poco de su pedestal de barro, rebatiendo sus declaraciones o artículos en que, generalmente sin citarme, me descalificaban. Así durante seis años.

En estas seguíamos cuando, de pronto, sale a la palestra el catedrático Alberto Reig Tapia dedicándome amablemente un libro de 500 páginas, donde me hace compartir la gloria con César Vidal, Jiménez Losantos, Alonso de los Ríos, José María Marco, Aznar y bastantes más. No he contestado a anteriores diatribas del señor Reig, en parte por su emocionalidad algo pueril, en parte porque se ve que el hombre sufre mucho con estas cosas (así empezaba uno de sus interminables artículos: "Qué pesadez. Qué empacho. Abre uno el correo electrónico por las mañanas e, inevitablemente, se encuentra con el célebre corrido: Estas son... las mañanitas, que cantaba... el rey don Pío... Qué hartazón"); y, sobre todo, porque me fatigaba buscar los argumentos de Reig, perdidos entre la exuberante jungla de su prosa. Él tiene la envidiable facultad de emplear veinte o más páginas, a base de divagaciones, mezcla arbitraria de temas y digresiones gratuitas, para decir lo que otros menos dotados concretaríamos en un par de párrafos.

Y no es que a nuestro buen catedrático le preocupen mucho mis tesis, pues aclara desde el principio que no merecen la pena, aunque no pueda evitar darles vueltas obsesivamente (sin haberlas entendido mucho, me temo, y eso que procuro escribir con sencillez). Su loable propósito consiste más bien en hundirme en la miseria, que diría un castizo. Vamos, que quiere vender libros utilizando mi nombre. Está en su derecho y no me parece mal, conste. El mencionado señor Moradiellos ya hizo lo mismo, y solo me molestó que lo hiciera con engaño, pues su libro no trataba lo anunciado en su faja publicitaria. Este pequeño fraude no puede achacarse al amigo Reig, que, como digo, sí trata abundantemente mis "mentiras"; derrochando farfolla y retorcimiento, eso sí. Por eso me han aconsejado algunos no prestarle atención, pero voy a hacerlo, aunque con mayor brevedad, por tres buenas razones.

En primer lugar sería una grave descortesía pasar en silencio un trabajo tan notable por su extensión, o menospreciar el esfuerzo de su autor. Un esfuerzo que debe haber sido realmente arduo, pues ha precisado la generosa ayuda de una amplia nomenclatura de colegas progres, como hace constar en los agradecimientos: Joan Maria Thomàs "cuyos argumentos para que aceptara escribir este ensayo fueron mucho más convincentes que los míos para rechazarlo", Julio Aróstegui, Paul Aubert, Arcángel Bedmar, Maryse Bertrand de Muñoz, Walter Bernecker, Gabriel Cardona, Jean-Michel Desvois, Antonio Elorza, Francisco Espinosa (este, por cierto, un energúmeno estalinista, de los más empeñados en conseguir la prohibición de mis libros), Ian Gibson, José Luis de la Granja, Enrique Guerrero, José Manuel López de Abiada, Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Francisco Moreno Gómez, Paul Preston (que prologa el libro, para darle más fuste), Julián Santamaría y last but not least, Ángel Viñas". Mencionados todos ellos en compañía de sus flamantes títulos de catedráticos y profesores en universidades alemanas, francesas, suizas o británicas, además de españolas. Muy carpetovetónico.

Se echan de menos algunas firmas, como Santos Juliá, quizá partidarias de continuar como hasta ahora, para no dar publicidad al hereje. En todo caso la lista permite entender que nuestro buen Reig actúa como punta de lanza del gremio de historiadores progres, segunda buena razón para contestarles.

Pero sobre todo me incita a la réplica la oportunidad de discutir algunas cuestiones importantes sobre la misión de la historiografía y su situación actual, por más que Reig y los suyos las traten con decepcionante tosquedad.

Y perdonen que haya tenido que hablar tanto de mí. En adelante iremos a las cuestiones mismas, en cuanto el personalismo extremado del gremio lo permita.

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