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Columna publicada el 26-06-2001
Gregorio Morán, con un amigo, quiso hacer el Camino de Santiago, y quedó hasta donde es sabido. Sobre su dura experiencia escribió un libro que expresivamente titula “Nunca llegaré (no sólo “no llegué”) a Santiago”, cuya portada nos muestra al muy laico peregrino con una cara que es un poema. Ya en Pamplona comprenderá que ha cometido un grave error: “no nos consuela nada que los dos curas y una empleada se admiren de nuestra voluntad por hacer la Ruta Jacobea. Incluso se me atraganta la bilis cuando uno de los sacerdotes añora nuestra libertad para poder hacerlo. (...) Me arrepiento de no haberle dicho lo que pensaba, y posiblemente hice bien. No habría entendido nada y se habría escandalizado de que alguien le dijera que se engañaba a sí mismo, o era un cínico, o ambas cosas”.
El viaje tuvo su belleza: “Después de unas horas de marcha no había a nuestro alrededor más que fábricas y talleres y algún descampado con basura”. También hallazgos notables, como este cartel ante un minifundio navarro: “Zepo en la tierra si lo pisas te arranca la pierna”. Y encuentros novelescos: “Llegamos (...) derrengados y helados hasta las ingles. Tras mucho insistir, al timbre y a las voces aparece un conserje que nos mira con una sonrisa de superioridad y nos espeta (...). “Vagos”. Sin mochila y en otro estado le habría dado sin piedad una patada en los cojones. Lo repitió dos veces. “¡Vagos! ¡Vagos!” y añadió como colofón: “¡son las ocho!”.
Con tantas emociones, el autor persiste en su dura marcha, y el lector agradece ese tesón casi heroico, pues le proporciona bastantes carcajadas, levemente culpables porque es bien visible que el caminante no busca en absoluto hacer gracia. Morán, que ha escrito varios libros interesantes de historia reciente, es un descreído, no le sobra humor ni ánimo aventurero, y su sensibilidad choca con la tradicional del camino. Sólo en León se da por vencido, y tomando el autobús, deja a un lado Santiago y termina en Finisterre.
Real como la vida misma. Y uno se pregunta entonces cómo pueden estar entre sus mejores recuerdos los viajes a pie que ha hecho, desde Huelva a Asturias, u otros sitios. Alguno de esos viajes, que canta en su memoria, lo hizo por Menorca con una muy buena amiga, pero los demás fueron en solitario, como es lo propio y correcto. A uno le parecen casi gloriosos momentos, como una bajada por el valle de las Batuecas bajo la lluvia y en profunda soledad, o la subida, también lluviosa y entre bosques, a un volcán de las Hurdes; la trepa por un “canal” de la garganta del Cares bajo la impresión de que un accidente significaría no ser encontrado en bastantes días, o alguna marcha de casi cincuenta kilómetros por una vía romana bajo el sol del verano extremeño. ¡Ah, placeres idos por culpa de una vulgar operación de hernia discal!. Las mismas cosas, ya se ve, son sentidas de muy diverso modo por unas u otras personas.
Hace doce años quise formar en el Ateneo de Madrid un grupo de caminantes solitarios, y sacar una revista en que contaran sus experiencias, junto con entrevistas largas a personajes poco importantes, pero interesantes por alguna razón. Sin embargo la afición resultó menos que escasa. La idea merece la pena, de todas formas, y se la brindo a quien o quienes tengan espíritu emprendedor. Ya hablaré, también, de senderos y calzadas romanas.

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