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Divagación sobre la no existencia de Dios

La interminable polémica sobre la existencia de Dios parece tener mucho de bizantina. Decimos que algo existe cuando podemos situarlo en el tiempo y el espacio. Por lo tanto, la no existencia de Dios está clara, tanto para creyentes como para no creyentes. Pero lo está de distinta manera. Para el creyente, Dios trasciende el tiempo y el espacio, y por tanto no existe al modo como existen las demás cosas, aunque se manifieste en ellas. El descreído, en cambio, excluye de sus consideraciones lo no existente, opina que nada puede trascender el tiempo y el espacio. Por lo tanto, atribuye a la idea de Dios el mismo valor que a la de los fantasmas, y explica la persistencia de la religión como un producto del desvalimiento —causado por la ignorancia— que padece el ser humano. Pero la ciencia, al superar esa ignorancia, terminará por superar también los fantasmas religiosos.

No obstante, sería extraño que la religión encontrara su causa en la ignorancia, y el ateísmo en la ciencia, porque tanto la creencia como su contrario han existido siempre, en mayor o menor grado. Si no, la Biblia no condenaría al segundo. La eclosión de la ciencia solo ha dado una nueva dimensión al viejo problema. El ateo corriente parte de una fe: la de que lo existente se explica por sí mismo, cosa que la ciencia no ha justificado nunca. Cualquier encadenamiento de razones aboca siempre a principios indemostrables, y las mismas matemáticas, el reflejo más abstracto del funcionamiento del mundo, remiten a proposiciones cuya verdad es indemostrable. Probablemente, la religiosidad nace de esta sensación, no eliminada por el método científico: la de que el mundo y su razón de ser tienen un fundamento distinto de su propia existencia, y una profundidad inasequible a nuestra mente. Es la emoción abrumadora ante el misterio, aludida por Paul Diel, y que puedo más o menos percibirla, aunque no transmitirla, debido a mi incapacidad, hija de mi espíritu algo trivial, para sentirla adecuadamente.

Una emoción no justifica una creencia, y menos una teoría, desde luego, pero algo me hace desconfiar del ateísmo, aparte de su fe contradictoria en el método científico: el comunismo, el nazismo y otras aberraciones de nuestro tiempo se han alzado precisamente sobre esa fe en la ciencia. Según Chesterton, cuando un hombre deja de creer en Dios, pasa a creer en cualquier cosa. Vista la experiencia, algo de verdad debe de haber en el aserto.