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Columna publicada el 06-10-2005
La habitual desmemoria nos lleva a desconcertarnos y creer inédito lo que ahora contemplamos. Pero en realidad los intentos secesionistas no son nada nuevo en nuestra historia. En 1923 los separatistas vascos, catalanes y gallegos formaron una alianza declarando su propósito de recurrir a la lucha armada. Las historias suelen pasar por alto el hecho porque el golpe de Primo de Rivera cortó sus propósitos, pero la amenaza era muy real, y podía haberse desarrollado en concomitancia con la ola de terrorismo anarquista, la crisis de Marruecos y su utilización demagógica por las izquierdas, y la frívola ineptitud de los gobiernos de la época.
En los años 30 los separatismos vasco y catalán resurgieron, trataron de explotar el desconcierto al llegar la República, y en verano del 34 intentaron desestabilizar al gobierno legítimo de centro derecha. En octubre, Companys se lanzó a la guerra civil al lado del PSOE. Y durante la guerra ambos nacionalismos aprovecharon el desorden revolucionario para avanzar de golpe hacia la secesión, traicionando de paso a sus aliados del Frente Popular. Es curiosa, sobre todo, la postura del PNV, que, de tener relación inicialmente con una conjura militar antirrepublicana, pasó a apoyar a la ultraizquierda y a sabotear eficazmente a las derechas que querían frenar el proceso revolucionario. Esa actitud, en principio extraña y suicida, proviene de la peculiar concepción heredada de Sabino Arana: “Tanto nosotros podemos esperar más de cerca nuestro triunfo, cuanto España se encuentre más postrada y arruinada”.
La conducta del PNV nos explica tanto el tenaz esfuerzo de socavamiento de la unidad española como la colaboración de casi todas las izquierdas en ese esfuerzo. Lo expresó alguna vez Julián Marías en relación con el PSOE (pero es extensible al resto): “tienen una visión negativa de la historia de España”. Visión negativa unida a una especie de iluminismo que les hacía creer que ellas estaban llamadas a enmendar radicalmente la trayectoria, pretendidamente nefasta, del país. Este mesianismo les hizo elegir como enemigo principal a quienes deseaban una evolución apoyada en el pasado y no destructiva de las raíces históricas. Contra ese enemigo valía la alianza con los separatistas y con cualesquiera otras fuerzas. En 1917 el PSOE pactó con los secesionistas, los republicanos y los anarquistas para derribar violentamente al régimen liberal de la Restauración. Tanto él como los republicanos “comprendían” muy bien al terrorismo ácrata. En el 34 volvemos a verlos juntos a todos, más los comunistas, contra el gobierno democrático. Y durante la guerra volvieron a estar unidos (aunque asesinándose y traicionándose entre sí) contra el “enemigo principal”, al que identificaban con “la vieja España”, que unos querían desmembrar, otros “regenerar” a su gusto, y los terceros y más poderosos transformar en régimen soviético. Hecho repleto de significación: era normal el grito “Viva Rusia”, o “Viva la República”, o “Viva Euskadi”, pero se considerara subversivo gritar “Viva España”.
En 1998, centenario simbólico del “Desastre” y del despegue de los secesionismos vasco y catalán, los separatistas de Galicia, Vascongadas y Cataluña invocaron la mencionada alianza de 1923 y proclamaron su decisión de imponer lo que llamarían una “Segunda Transición”. Por el momento la izquierda estuvo al margen, pero en las últimas elecciones vascas el PSOE, el PNV, los comunistas y los terroristas marcharon juntos para aislar al PP. Y hoy vuelven a formar frente para esa segunda transición desde la democracia a la balcanización y la demagogia. Su táctica no ha variado: el descrédito, el insulto y el ataque sistemáticos a cuanto signifique o haya significado España en el pasado; la identificación –hecha por totalitarios– de la idea de España con la de atraso y dictadura; la vaga invocación de unas Españas “diferentes”, aunque no ciertamente mejores ni más democráticas.

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