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El PNV contra la Iglesia

El increíble Anasagasti acusa a Rouco de prohibir las banderas republicanas y las ikurriñas durante la visita del Papa. Acusación desprestigiadora para el episcopado, muy probablemente falsa, y que en todo caso tendría que demostrar el político, si no quiere pasar por bocazas o algo peor. ¿Qué necesidad había de prohibiciones? La primera bandera, añorada ahora por el católico sabiniano, es también un símbolo de la persecución más feroz que haya sufrido la Iglesia católica. Y las concentraciones en torno al Papa fueron pacíficas en espíritu y en hechos, mientras que la bandera de la II República ha ondeado en manifestaciones violentas y antidemocráticas. No desentonaría en una recepción a Fidel Castro –tan del gusto, también, del católico PNV--, pero, ¿a quién se le ocurriría llevarla ante el Papa, a no ser para provocar?

En cuanto a la ikurriña, es demasiado enarbolada por la ETA y sus secuaces para pasar hoy por símbolo de paz y tolerancia. Anasagasti debiera meditar sobre esas identificaciones, quizá injustas, pero que nacen inevitablemente del crimen y la opresión reinantes en Vascongadas por obra del nacionalismo. Algo así empieza a pasar con el vascuence, noble idioma que mucha gente tiende a asociar con la imposición y al fanatismo. Decía Julián Marías que en los años 30 llegó a sentir cierta repulsión por un idioma de tan grandiosa tradición cultural como el alemán, a causa de su uso y abuso por el nazismo. Reflexionen los anasagastis, si todavía son capaces.

La multitudinaria acogida al Papa revela que el espíritu cristiano sigue en nuestra sociedad más vivo de lo que algunos quisieran. No creo que eso sea malo. Muchos no creyentes nos sentimos cristianos en un sentido cultural, por así decir, y reconocemos que la tradición y la historia de España están muy profundamente vinculadas al catolicismo. Y aunque hoy no sea aceptable la influencia política que en otros tiempos tuvo la Iglesia, destruir esos vínculos sería romper con una parte esencial de nuestro pasado y cegar una fuente permanente de cultura.

La precariedad intelectual de nuestra izquierda ha elaborado durante el siglo XIX y buena parte del XX, una sola idea común y clara, aunque necia: la causa de la libertad exigía la erradicación de la Iglesia. Pero el concepto de libertad en boca de las izquierdas hispanas es, como mínimo, discutible. En la II República, y durante la guerra civil, el conflicto alcanzó su culminación. Desde luego, la Iglesia no simpatizaba con la república ni con la democracia, pero mostró en todo momento moderación y acatamiento al nuevo régimen. Fueron las izquierdas las que, con una política insensata de agresiones permanentes, se enajenaron la buena disposición de gran parte del país, crearon un problema inexistente en principio, lo exacerbaron y lo llevaron hasta la guerra.

Hay quienes no han aprendido la lección e insisten, aún hoy, en hostigar gratuitamente los sentimientos religiosos mayoritarios en la población. Uno podría asombrarse de que Anasagasti o Arzallus caigan en lo mismo, si no recordara que durante la guerra el PNV cooperó moral y políticamente con quienes estaban erradicando a sangre y fuego, literalmente, a la Iglesia de España.