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Creía yo que el señor Carballeira O´Flanaghan contestaría a don Francesc Bofarull y Bofarull, pero se ha adelantado Xan o Brétemas (seudónimo, me dice mi confidente de Betanzos, de un prestigioso intelectual nacionalista). La réplica, no lo oculto, me ha desasosegado: empieza uno a no saber a qué carta quedarse. Y me dicen que otro tanto sucede a las honradas bases del BNG. ¡Ojalá tan apasionadas diatribas sean para bien, como remover violentamente azúcar en un vaso de agua, que al pronto se enturbia el líquido elemento, para quedar luego igual de transparente y más gustoso! Pero ahí va la respuesta de Brétemas, y que cada cual juzgue según su conciencia:
«¡Diosss!... si lo hay. ¡Cuesta horrores contenerse! ¡Princeton, Pompeu Fabra, fábricas de ignaros y bergantes, la evidencia misma! El tal Carballeira ni menciona mi iniciativa de reconstruir científicamente y oficializar el idioma suevo, como si fuera una insignificancia, una idea que a cualquiera se le ocurre… ¡Y en cambio se ensaña calumniosamente con nuestro llorado rey Miro! ¡Sí, llorado y recordado, por mucho que le pese, don Carballeira! ¡Le acusa usted, canalla, de crímenes que no cometió! ¿O es un crimen, señor cantamañanas, perder en buena lid frente a enemigos superiores en número como los godos, mandados por un tipejo tan mediocre, cruel y marrullero como Leovigildo? Miro intervino en las disputas entre Leovigildo y Hermenegildo porque cuando eres débil has de cultivar el "divide y vencerás". Esto lo sabe un barrendero, pero lo ignora un señor de Princeton ¡Tócache o nabo!
Miro explotó las querellas internas de los godos con el evidente propósito de aniquilarlos, de erradicar aquella plaga. ¡Usted mismo reconoce que tal era su deber! Y lo hizo derrochando inteligencia, cien veces más que la de un lambón como usted. Le salió mal a Miro, aceptémoslo, a veces pasa, ¿qué le ocurrió a Napoleón en Waterloo, a Aníbal en Zama, a Al-Násir en las Navas de Tolosa, o a Rojo en el Ebro? ¿Desdicen esas derrotas –causadas por la mala fortuna o las malas artes del contrario– de sus nobles aspiraciones o de su genio militar? Que Miro era un genio lo demuestra su amplia y aguda visión en defensa de los legítimos intereses del pueblo gallego. Con un poco más de suerte, habría extendido Galicia quien sabe si por toda la península, alumbrando una era de progreso y prosperidad. ¡Y hoy, entiéndalo bien, la historia nos depara una nueva oportunidad! ¡Y no podemos dejar que se esfume, sería una inmensa responsabilidad ante nuestro pueblo! Sí, don Carballeira, soy mirista, y a mucha honra, como buen gallego nacionalista y antiespañol, esto es, enemigo de los opresores.
Pero sospecho que, pese a sus extravíos, usted mantiene viva en su corazón la llama nacionalista, y a ella apelo ahora: dígame, Carballeira, ¿no le hace a usted maldecir y desesperarse el espectáculo de mil quinientos años de esclavitud y genocidio sufridos por los gallegos? ¿O es usted de esos miserables que, encima, se ríen? Usted ha hecho una propuesta con mal argumento, pero en el fondo correcta: el Día de la Patria Gallega debe trasladarse al aniversario de la derrota de Miro. La miopía de algunos galleguistas de antaño –tienen otros méritos, ya lo sé -- les llevó a proclamar como tal día el de Santiago…¡Carallo, el apóstol de la unidad española, el matamoros, el del "cierra España! ¡Jódete y baila, con la ideílla!
¡Y para una cosa sensata que usted expone, viene una donicela catalana a soltar basura y comparar a nuestro Miro con su Casanova! ¡El héroe catalán por excelencia, dice el tío, y presume además de científico! Sépalo usted, señor (?) Bofarull: ¡no hay comparación posible! Su Casanova, hoy lo sabemos todos, ¡fue un flojo o algo peor! Durante el sitio de Barcelona sólo pensó en rendirse, traicionando al valeroso pueblo barcelonés, y luego de un corto exilio volvió y prosperó en aquella Cataluña masacrada y arruinada por el feroz Estado español. ¡Un botifler, como ustedes los llaman, señor Bofarull! ¡Un botifler, el héroe catalán por excelencia! ¡Sigan ustedes, sigan, como una recua de asnos, llevando flores a su estatua año tras año! ¡Lo primero que tenían ustedes que hacer, si les quedara un poco de decencia, es volar esa estatua y estar dos años seguidos dándose de tortas a ustedes mismos, por idiotas!
¿Y sabe usted quién mandaba a los barceloneses en aquella gloriosa ocasión? ¡Pues claro que lo sabe, pero disimula! Los mandaba Antonio de Villarroel, un gallego, ¡un descendiente del mismo Miro a quien maltrata usted desaforadamente! ¿Qué le parece? Ustedes, por un torpe chovinismo –que es una exageración insana y anticientífica del sano nacionalismo antiespañol–, han borrado al verdadero héroe que mandó a los valientes catalanes, cuando podrían haberlo convertido en símbolo de la hermandad galaico-catalana frente al Estado español. ¡Una estatua tendrían que erigirle a Villarroel, y peregrinar en desagravio a ella cada año! ¡Qué digo, cada año! ¡Cada mes, y aun, si me apuran, cada semana! Así demostrarían sensatez y verdadera fraternidad entre los pueblos catalán y gallego. Pero con estos tiquismiquis y falsificaciones de la historia, ¿adónde vamos a llegar? Usted lo ha dicho, señor Bofarull: ¡Juntos, pero no revueltos! ¡Y menos cuentos infantiles, por favor, que ya somos mayorcitos!»

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