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Mares de injusticia y de pobreza

El hombre tiende a tropezar dos (y muchas más) veces en la misma piedra, pero habría que detallar mejor lo que ocurre en España con estos personajes que ven un pecado en el mercado y la democracia

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En muchos países existen mares de injusticia y de pobreza, lo ha descubierto hace poco un profundo a la par que sonriente pensador y estadista español. De ahí, concluye sabiamente, el terrorismo y otros males.
 
Sobre esas injusticias y miserias hay varias teorías. Una de ellas achaca sus causas a la riqueza de algunos otros países, los países democráticos. Como enseñaba Lenin, y no sólo él, esos países son imperialistas y se dedican a explotar a los demás, privándolas de sus riquezas. Esa teoría ha tenido variantes, y hace años se puso de moda la del comercio saqueador, el intercambio desigual sostenido por los países democráticos con la aviesa intención de mantener en la ruina a los demás, pues esa ruina sería la condición de su prosperidad. Esa teoría defiende, en líneas generales, el aludido pensador patrio, con algunos pequeños matices. Lenin creía que tan triste panorama se arreglaría por medio de violentas revoluciones populares o proletarias, mientras que, según aquél, bastaría que las democracias menguaran en codicia, dialogasen con los líderes de esos países y civilizaciones, mostrando hacia ellos la comprensión que merecen, y les ayudasen con abundantes dineros. Así se acabarían la injusticia y la pobreza, y con ellas el terrorismo y otras violencias. Pues los países occidentales deben entender que, en definitiva, son ellos quienes las ocasionan.
 
Otra teoría sostiene que la riqueza de los ricos no se apoya en la miseria de los pobres o en injusticias por el estilo, sino en unas economías complejas regidas en gran parte por las normas del mercado y en regímenes democráticos respetuosos con una serie de derechos básicos de las personas. Así, los países pobres lo son fundamentalmente porque no cumplen ninguna de esas condiciones: ni funciona en ellos el mercado ni disfrutan de regímenes de libertades (algunas dictaduras pueden mantener un buen desarrollo económico si respetan algunos derechos como la propiedad y la vida de sus súbditos. El desarrollo presiona, a su vez, hacia la democratización). Casi sin excepción esas sociedades están dominadas por oligarquías corrompidas y brutales. Son ante todo estas tiranías las que explotan a sus súbditos y frenan el desarrollo.
 
En la primera teoría, el funcionamiento político y económico de los países del “mar de injusticia” no cuenta o queda como un factor secundario. Por eso sus sostenedores exigen más y más “ayuda”, la condonación de la deuda (olvidando que procede de préstamos, por lo general en buena condiciones, pero malgastados por las oligarquías), y remedios por el estilo. Para los partidarios de la segunda teoría, las ayudas se perderán en una alta proporción en los bolsillos de las cleptocracias locales, y quienes insisten en ellas despreciando esta realidad actúan, en definitiva, como aliados objetivos de las tiranías (si no son grupos pagados directamente por ellas, como a veces ocurre). De ningún modo ayudan a los pueblos empobrecidos. Al contrario, colaboran con quienes los arruinan.
 
¿Qué teoría resulta más razonable? Quizá nos ayude a verlo la experiencia histórica. Hasta la última guerra mundial la mayoría de estos países eran colonias (casi toda África y buena parte de Asia) o semicolonias (como China, Irán, Latinoamérica, etc.) de los países europeos más ricos o de Usa. Se decía que los últimos dependían económicamente de la explotación de esas colonias o semicolonias, y, por lo tanto, la emancipación de ellas acarrearía la ruina de las metrópolis. Pero en las dos décadas posteriores a dicha guerra Europa perdió casi todas sus colonias, y sin embargo creció económicamente a un ritmo nunca antes visto. Por venir a nuestro caso, España perdió en los años 50-60 las pocas colonias que le quedaban, y su economía se disparó, literalmente, hacia arriba. De ahí no se induce que las colonias frenasen el progreso de las metrópolis, pero sí que tenían poco que ver con su prosperidad.
 
Por otra parte y dejando aparte a los países caídos directamente bajo dictaduras comunistas, como la inmensa China, o Corea y Vietnam del norte, la mayoría de los demás, optó por soluciones socialistas. Así la India, países del Oriente próximo y de África. En un alarde de adaptación a las circunstancias particulares proliferaron los “socialismos africanos”, el “socialismo árabe” y otras variantes. Hispanoamérica sufrió el contagio igualmente. Todos optaban por el “antiimperialismo”, cuya traducción real es “antidemocratismo”. No obraron así espontáneamente, sino bajo la influencia de los doctrinarios marxistas y paramarxistas que copaban buena parte de las universidades europeas donde se (mal) educaron las élites coloniales.
 
El balance no ha podido ser más penoso: tiranías, corrupción y disparates económicos. Algunos países como Camboya, Etiopía, Angola, Mozambique, etc. resultaron especialmente desgraciados con sus prácticas de “socialismo real”. Pocas cosas expresan mejor la bancarrota de esas teorías que la patética acusación a Usa de causar las miserias de Cuba por no querer comerciar con el régimen del déspota. ¿No quedábamos en que el comercio “imperialista” saqueaba a los países menos ricos (cuando Castro llegó al poder Cuba no era un país pobre, en conjunto)? ¿Acaso desean volver al empobrecedor “intercambio desigual”?
 
¿Por qué esa persistencia en la estupidez por parte de gente como nuestro pensador de la sonrisa? Esa es otra cuestión. El hombre tiende a tropezar dos (y muchas más) veces en la misma piedra, pero habría que detallar mejor lo que ocurre en España con estos personajes que ven un pecado en el mercado y la democracia.

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