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Manifestación 4-J

Negociar con los asesinos es colaborar con ellos

La manifestación del sábado ha rebasado todas las expectativas, no sólo por el número de asistentes, probablemente en torno al millón, sino por la ausencia de kale boroka y de las rojas banderas del totalitarismo y de la estúpida bandera “republicana”: esas violencias y esas banderas anticonstitucionales con las que tan a gusto ha estado siempre el de las “ansias infinitas de paz”, el violento presidente que ha extendido por toda España el clima de vulneración de la ley mediante hechos consumados y kale borroka impuestos en las Vascongadas por los terroristas y sus cómplices separatistas. Sería cuestión de recordar constantemente, a él y a los suyos, y sobre todo a la gente común, estas diferencias de talante, tan fundamentales, que separan a los demócratas de los demagogos, a quienes defienden la convivencia en libertad de quienes sólo la explotan.
 
Días antes me habían enviado por internet un par de consignas que no vi reflejadas en la manifestación: “Negociar con asesinos es colaborar con ellos”, y “A la ETA no le gusta la manifestación; al gobierno tampoco. ¿Qué tendrán en común?” Las dos muy ajustadas a la realidad, aunque la segunda un poco difícil de cantar a coro. Hace unos días, en el debate de Isabel San Sebastián, en Telemadrid, tuve ocasión de exponer algo del nudo de la cuestión. Para algunas personas negociar con los asesinos puede ser la forma de terminar con el problema. Empecemos por recordar que todos los gobiernos desde la Transición han negociado. Para hacerlo han engañado desvergonzadamente a los ciudadanos, a quienes negaban tal cosa, mientras los propios terroristas aparecían más veraces que los representantes democráticos cuando informaban, según su conveniencia, de esos turbios negocios. Todos esos “diálogos” han tenido el mismo resultado infalible: el fortalecimiento de los pistoleros. Y sin embargo se han reiniciado una y otra vez, porque la capacidad humana de persistir en la estupidez más evidente parece infinita. Sólo con Aznar y Mayor Oreja, a partir de cierto momento, cambió sistemáticamente la orientación, y con los mejores resultados: por primera vez en tantos años hemos visto a la ETA realmente acorralada.
 
Y ahora contemplamos, atónitos, cómo el de las ansias infinitas ha echado por tierra lo conseguido antes. En las Vascongadas los etarras y simpatizantes empapelan los muros con consignas triunfalistas: se sienten muy cerca de la victoria, la victoria de la tiranía. Gotzone Mora y otros vascos, tan dignos y valerosos, tan merecedores de todo el apoyo posible, y a quienes tanto tenemos que agradecer todos, me han comentado su profunda angustia ante la desactivación de los mecanismos de resistencia al terrorismo y al separatismo, construidos trabajosamente en estos años: tal ha sido la obra del actual y violento presidente y sus paniaguados. Superando a Ibarreche, el tío de la sonrisilla se ha convertido en el principal cómplice político de los eufóricos etarras.
 
Pero al margen de esta ya larga experiencia de treinta años, la cuestión es más fundamental. Negociar con los asesinos sólo puede hacerse a costa de los principios más elementales del estado de derecho. Significa legalizar el asesinato como una forma de hacer política, de conseguir objetivos políticos. En esto se resume la política del actual gobierno. Pero si hubiéramos de creer su intolerable demagogia, resultaría que él y la ETA son quienes buscan la paz, y quienes defendemos los principios de la democracia y la unidad de España deseamos eternizar el “conflicto”. Con cinismo inaudito, el gobierno actual pretende –y al parecer convence incluso a Savater- que sólo negociará el abandono de las armas por la ETA… cuando antes de tratar siquiera tal idiotez está concediendo graciosamente a los del tiro en la nuca gran parte de lo que éstos quieren: la legalización (que, entre otras cosas, significa entregar a los pistoleros información sobre el censo de los ciudadanos vascos), la liquidación del Pacto Antiterrorista, una política de colusión con el separatismo y de aislamiento de los demócratas, el ataque continuo a las víctimas directas, la desarticulación de los aludidos mecanismos de resistencia a la tiranía separatista… Eso, como aperitivo de la “paz”.
 
Y otra cuestión, necesitada de otro análisis, pero conectada con ésta. Los analistas políticos han pasado por alto las declaraciones del cacique andalusí Manuel Chaves en su última visita a su amigo Mohamed VI. Dijo el andalusí que iba a hablar de “todas las cuestiones”, puesto que “ninguna era tabú” dentro de las espléndidas relaciones entabladas desde el 14-M por los gobiernos de Madrid y Rabat, cada vez más parecido el primero al segundo. El mensaje no lo entiende quien no quiere: ya están negociando, o al menos tanteando bajo cuerda y a espaldas de los ciudadanos, algo más que la entrega de los saharauis: la de Ceuta y Melilla. En su momento esto sería presentado como una “cesión de derechos” a favor de la paz como dice el obispo Uriarte, discípulo del orate Sabino Arana. Y como un triunfo de la alianza de civilizaciones, es decir, de dictadores. ¡Ojo a este nuevo frente, por el momento soterrado! Pero ahora mismo concentrémonos en denunciar lo más inmediato: negociar con los asesinos es colaborar con ellos.

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